El fútbol desmiente el individualismo


 Durante estas semanas nos hemos permitido olvidar, por unas horas, que el planeta sigue ardiendo, que las guerras continúan abiertas y que la desigualdad no entiende de calendarios deportivos.

A cambio, hemos aceptado esa ficción maravillosa según la cual once futbolistas son capaces de representar las virtudes, los defectos y las contradicciones de cincuenta millones de personas.

Es falso, pero nos funciona.

Quizá porque el fútbol sigue siendo el último idioma universal capaz de hacer gritar exactamente por el mismo motivo a un pescador senegalés, una enfermera coreana, un taxista mexicano o una estudiante de Barcelona. ¡Goooool! Tiene algo de milagro, pero también de propaganda política.

Las finales de los Mundiales no deciden solo un campeón. También deciden un relato. Y los relatos importan mucho más de lo que estamos dispuestos a admitir.

En la final de anoche también había dos maneras de entender el éxito. Dos formas de explicar el mundo. No tanto porque España y Argentina sean países esencialmente distintos, sino porque a su alrededor se han construido imaginarios que van mucho más allá del fútbol.

Esta lectura resulta especialmente sugerente frente a la Argentina que hoy representa políticamente Javier Milei. Su proyecto del sálvese quien pueda convierte al individuo en propietario absoluto de sí mismo y presenta al Estado, los servicios públicos y la justicia social como obstáculos sospechosos, casi enemigos de la libertad.

La promesa es conocida: si cada uno persigue con suficiente intensidad su propio beneficio, una mano invisible acabará organizando el partido.

El problema es que el fútbol funciona exactamente al revés.

El fútbol sabe algo que el ultraliberalismo prefiere olvidar: toda libertad necesita una estructura colectiva que la haga posible.

Ningún extremo supera a su marcador sin un lateral que le abra el espacio.

Ningún delantero marca sin que alguien recupere antes el balón.

Ningún genio levanta una Copa del Mundo rodeado de once emprendedores obsesionados exclusivamente con su propio éxito.

La selección argentina es, paradójicamente, la mejor refutación del discurso político de su presidente. Para llegar a una final hay que cooperar, cubrir al compañero, sacrificar protagonismo, correr para que otro pueda brillar. El fútbol sigue demostrando que nadie gana nunca solo. Por eso el problema no es Argentina. Ni mucho menos los argentinos.

El problema es el relato que algunos sectores han construido a su alrededor: el de un país obligado a demostrar constantemente que es más duro, más vivo, más canchero y más masculino que los demás.

Durante los últimos años, una parte especialmente ruidosa del ecosistema mediático argentino —comentaristas, streamers, influencers y fabricantes profesionales de polémicas— ha descubierto que el insulto genera más clics que el análisis.

Que gritar y faltar al respeto vende.

Que ridiculizar al rival produce millones de visualizaciones.

Las redes sociales han convertido la vieja fanfarronería de bar en un modelo de negocio.

No es un fenómeno exclusivamente argentino, pero allí ha encontrado una enorme capacidad de amplificación. El algoritmo premia la provocación, la exageración y el conflicto. El análisis necesita tiempo; el insulto solo necesita diez segundos.

Detrás de todo ello sobrevive una cultura mucho más antigua: la del macho violento y pendenciero.

No toda Argentina, por supuesto, sino un determinado relato futbolístico que convierte la agresividad en autenticidad, la intimidación en carácter y la prepotencia en prueba de hombría.

Es la voz que confunde competir con humillar.

Que protesta cualquier decisión arbitral como si la patria hubiera sido invadida.

Que considera sospechoso cualquier gesto de respeto, de fragilidad o de cuidado.

El fútbol se convierte así en una sucursal del patriarcado, con botas de tacos de aluminio y comentaristas exaltados que interpretan la cortesía como una debilidad, la cooperación como una falta de carácter y la violencia como una forma legítima de liderazgo.

Sería tentador concluir que la victoria de España representa automáticamente el triunfo del bien común sobre el individualismo, de la inteligencia compartida sobre la testosterona de taberna, del pase sobre el codazo.

Pero el fútbol no reparte certificados de superioridad moral.

Una selección puede jugar colectivamente mientras su federación sigue reproduciendo privilegios, abusos y estructuras profundamente patriarcales. España conoce demasiado bien esa contradicción.

Sin embargo, hay algo en su fútbol que merece la pena observar.

No porque sea más bonito ni moralmente superior, sino porque, aunque algunos lo consideren aburrido, sugiere una idea muy poderosa: que la excelencia individual no necesita imponerse mediante la violencia; que se puede competir sin convertir al rival en un enemigo; que la juventud, el mestizaje y la cooperación también pueden construir autoridad.

España conoce demasiado bien sus propias sombras, aquellas que los mayores todavía recuerdan bajo el nombre de «la furia».

España convive cada día con la desigualdad, el racismo, el machismo, la corrupción y unas estructuras de poder opacas.

No existe ninguna superioridad moral por el simple hecho de tocar mejor el balón y ganar.

Pero esta selección recuerda una idea que el mercado lleva décadas intentando hacernos olvidar: nadie llega muy lejos sin una red invisible que lo sostenga.

Es una metáfora incómoda en un tiempo obsesionado con los gurús tecnológicos, los emprendedores heroicos y los multimillonarios que explican su éxito como si lo hubieran construido completamente solos, mientras sueñan con marcharse, también solos, a vivir a Andorra (para no pagar impuestos) o a Marte (para huir del resto de los seres humanos).

El fútbol explica exactamente lo contrario.

Ningún gran jugador existe sin una escuela, un club, un barrio, una familia, unos amigos, unos entrenadores, unos fisioterapeutas, unos compañeros y una estructura colectiva que lo haya hecho crecer.

La genialidad es visible; la comunidad que la sostiene, casi nunca.

Al final, este Mundial ha demostrado que una cooperativa con botas suele derrotar a una colección de individualidades brillantes, aunque entre ellas se encuentre el mejor futbolista de la historia. Aquí aparece otra imagen cargada de simbolismo.

Lamine Yamal todavía está empezando a escribir su historia y no puede aún competir con Messi ni ocupar su trono.

Lo que fascina de él no es solo el talento, sino la naturalidad con la que entiende que el fútbol es una conversación colectiva permanente.

Desborda cuando toca, pero, sobre todo, aprende a asociarse, a trabajar para el colectivo, a comprender que su talento solo crece cuando lo pone al servicio del equipo.

También resulta muy significativo que la cara del nuevo fútbol español sea un chico hijo de una sociedad mestiza y migrante. Su presencia, igual que la de Nico Williams, cuestiona aquella vieja idea de una España definida por la pureza, la genealogía o la exclusión.

La España que ha ganado este Mundial es diversa y plural, llena de nombres, apellidos, acentos y orígenes distintos que desmienten la vieja fantasía de las identidades puras. Cuesta imaginar una fotografía más rica y fiel de la España del primer cuarto del siglo XXI.

Mientras algunos siguen discutiendo la «prioridad nacional» o quién tiene derecho a sentirse parte de un país, el fútbol responde con una evidencia casi poética: el fútbol pertenece a quien lo cuida, lo construye y lo comparte.

No a quien grita más fuerte.

No a quien golpea más.

No a quien insulta mejor.

La final de anoche, en el fondo, enfrentaba dos maneras de entender el éxito.

Una sigue creyendo que el mundo pertenece al héroe que grita, intimida e impone su voluntad sobre los demás. La otra —la que esta vez acabó ganando con todo merecimiento— parece sospechar que las grandes transformaciones siempre empiezan cuando alguien levanta la cabeza y decide pasar el balón.

El fútbol nunca habla solo de fútbol. El fútbol es siempre política porque habla de cómo nos relacionamos, de quién consideramos merecedor del éxito, de cómo entendemos al rival y de qué idea tenemos de la libertad. Cada equipo acaba expresando, consciente o inconscientemente, una determinada manera de habitar el mundo.

El debate no es si el mundo pertenece al más fuerte, al que más insulta o al que más golpea. La pregunta es si todavía creemos que el sálvese quien pueda es una forma inteligente de organizar una sociedad. Quizá ese sea el significado más profundo de esta final.

No se trata únicamente de decidir quién levanta una copa, sino de preguntarnos qué clase de victorias queremos celebrar. Una victoria donde el talento no necesite destruir al compañero y rival para existir.

Donde la libertad no signifique abandono.

Donde competir no equivalga a violentar.

Donde ser hombre no consista en golpear más y más fuerte.

Donde una camiseta no sea una excusa para odiar a quien tienes delante.

Dentro de unos años casi nadie recordará el minuto exacto del gol de Ferran Torres que decidió este Mundial. El resultado quedará reducido a una estadística. El fútbol tiene una extraordinaria facilidad para devorar su propio pasado y una nueva Copa del Mundo ocupará toda la atención.

Eso sí, en un tiempo en que nos han convencido de que los héroes individuales existen y siempre ganan, recordaremos que anoche el fútbol, como siempre, sigue insistiendo en una idea mucho más poderosa y revolucionaria. Detrás de cualquier victoria siempre hay un nosotros, se llame familia, equipo o Estado.

Si para ganar un Mundial necesitamos organizarnos, cuidarnos, confiar los unos en los otros y respetar al rival… ¿por qué seguimos aceptando que la sociedad funcione como un inmenso sálvese quien pueda?

Pere Ortín

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