Mercados energéticos mundiales
Desde febrero de este año, la guerra de Estados Unidos-Israel contra Irán está descalabrando los mercados energéticos mundiales. Los ataques a las infraestructuras petroleras de los países del golfo Pérsico y la imposibilidad de paso de buques cisterna y butaneros por el estrecho de Ormuz está repercutiendo en la oferta de los hidrocarburos y sus derivados (y, por tanto, en sus precios).
Esta crisis afecta no solo a los
combustibles: también a los fertilizantes, algo que amenaza a la campaña
agrícola mundial de esta temporada, y a las materias primas para la producción
de plásticos, indispensables para las economías del sudeste asiático.
En marzo, la Agencia
Internacional de la Energía, liberó 400 millones de barriles de sus reservas
estratégicas (un tercio del total), en un intento de contener los efectos
negativos sobre la economía mundial de lo que ha llamado “la mayor disrupción de suministro petrolero de la historia”.
Pero los expertos más optimistas
confían en que el mercado energético acabe ajustándose, como pasó en 2022 tras
la invasión rusa a Ucrania, sin provocar una recesión global. No obstante, esta
vez Ormuz está cerrado y eso constriñe la oferta petrolera y marca la gran
diferencia con respecto a 2022.
Sumando tensión geoeconómica al
mercado energético, Emiratos Árabes Unidos (EAU) se ha descolgado de la
Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), el cartel creado en
1960 por los países productores para ganar control sobre el petróleo. La salida
de EAU ocurre en un momento en el que los países del Golfo deberían cooperar,
pues son víctima de ataques a sus infraestructuras y no hay posibilidad de paso
vía Ormuz para sus exportaciones.
A medida que se acerca el verano
aumenta la demanda de hidrocarburos y uno de los sectores más afectados por la
menor oferta y los precios más altos es el de la aviación civil. En el caso de
Europa, ya se están produciendo recargos y cancelaciones en los vuelos de
algunas de sus aerolíneas. Al cerrarse Ormuz, ha quedado patente la dependencia
europea del queroseno de los países del Golfo: antes del inicio de la guerra, a
finales de febrero de 2026, importaba de allí unos 375 000 barriles diarios
netos.
Dado que el queroseno representa
entre el 20 % y el 40 % de los costes operativos totales de las aerolíneas, el
encarecimiento del combustible las obliga a ajustar su programación: reducir
frecuencias, cancelar las rutas con menores márgenes de ganancias, concentrar
operaciones y proteger los trayectos más rentables.
Si volar se hace más caro, el
modo de viajar de los turistas cambia: reservas más tempranas, estancias más
reducidas, fechas de viaje adaptadas a los precios de temporada, viajes a
destinos más cercanos, menos gastos de viaje o, incluso, simplemente quedarse
en casa.
Una característica del mercado petrolero
que ha salido a la luz con la crisis del Estrecho es la desconexión que hay
entre el petróleo físico y la especulación financiera.
En los mercados de materias
primas el petróleo se negocia a futuro: un compromiso para una entrega teórica
en una fecha futura. Estas operaciones permiten a los productores y los
compradores cubrirse del riesgo de volatilidad en los precios y atraen a
inversores financieros que aportan liquidez al mercado. La cuestión es que, la
mayoría de las veces, solo una pequeña fracción de lo negociado acaba en
entrega real.
En cambio, el precio del petróleo
que llega y se transforma en las refinerías depende de cuestiones como las
calidades del crudo, las primas geográficas y las valoraciones diarias de dos
agencias independientes que establecen los precios de referencia para el
petróleo físico y sus productos refinados.
Para los consumidores finales,
los cambios se hacen visibles más temprano o más tarde, según el sentido de la
variación en los precios. Cuando aumentan, ese incremento se traslada
rápidamente al precio final de la gasolina y el diésel para evitar la caída de
los márgenes de beneficio. Por contra, cuando el petróleo baja el descenso
suele ser mucho más lento. Los economistas llaman a esto el efecto “cohetes y plumas” (rockets and
feathers): los precios suben como cohetes y bajan como plumas.
Los precios de los combustibles
reflejan el coste del petróleo pero también incorporan el precio de la
incertidumbre. Esta crisis ocurre en un momento geoeconómico caótico en el que
la globalización y el libre comercio han perdido peso. Por tanto, quizás la
gran lección a aprender es que la seguridad energética es crucial para la
estabilidad económica y la seguridad nacional de los países.
Elba Astorga
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario