No hay vivienda asequible, porque las administraciones lo impiden
Este experto pone el acento en la
falta de vivienda asequible como consecuencia de 18 años de desinversión
estructural, del intervencionismo político y de la pérdida de confianza de la inversión
privada.
Estamos
en un momento objetivamente ideal para promover vivienda destinada a venta o
alquiler.
Existe
una fuerte sobredemanda como consecuencia de una falta de planificación y de
oferta en los últimos 15 años.
¿Por
qué entonces el sector está parado, absolutamente parado, en vivienda
asequible?
Porque se ha creado un entorno
desincentivador, castigador y contrario a la iniciativa de creación de nuevas
viviendas y a la permanencia del parque de vivienda protegida en arrendamiento.
El daño es doble: no solo se
impide la construcción y reposición del millón y medio de viviendas no
construidas desde 2008 —casi 18 años de ausencia de vivienda protegida—, sino
que también se deteriora la cartera existente, que previsiblemente acabará
saliendo del mercado.
Daño por todos los frentes.
Así,
pueden observarse grandes proyectos inmobiliarios en España, pero orientados a
naves industriales, sectores turísticos o alojamientos con servicios fuera del
ámbito estricto de la vivienda.
Son,
sin embargo, muy poco representativos los destinados a vivienda asequible.
¿Por
qué?
Porque las administraciones, las
políticas y los responsables políticos han convertido el terreno de juego en un
espacio inestable, con claro perjuicio para el conjunto de la sociedad.
Si no hay construcción de
vivienda privada asequible para arrendamiento con participación del sector
privado, no existe estrategia viable de vivienda. Si se castiga, no se escucha
y se dificulta la iniciativa privada en la construcción de vivienda —con la
magnitud de inversión que se requiere en este momento—, no habrá más que
discursos y promesas políticas, mientras el mercado seguirá bloqueado y el
problema se agravará.
Desconfianza e inseguridad
jurídica
¿Qué ocurriría si, en lugar de
penalizar a los bancos con subidas de impuestos y discursos demagógicos, se
hubiera buscado hace ocho años un acuerdo de colaboración de país?.
¿Y si se hubiera promovido su implicación en
un 0,5% o un 1% de su balance en el desarrollo de vivienda asequible, junto con
planes cuatrienales y facilidades de crédito?
Probablemente,
la situación hoy sería radicalmente distinta.
¿Dónde
van esos impuestos recaudados con tanta publicidad?
No
se sabe.
En reducción del déficit, no. En
vivienda, tampoco. En el pago de compromisos con el ELA, tampoco. Quizás estén,
dentro de los presupuestos de los últimos tres años, en paradero desconocido.
Cuando
una comunidad autónoma plantea alterar planes de vivienda en alquiler o
restringirlos —incumpliendo acuerdos, normas y la confianza generada—, ningún
inversor querrá comprometerse a largo plazo con una administración que no
garantiza estabilidad.
Nadie firma contratos a 20, 30 o
40 años bajo inseguridad jurídica.
Cuando la Administración rompe la
confianza en los contratos, altera pactos o incumple la normativa, la
consecuencia lógica es la retirada de la inversión: dejar de construir o vender
activos y abandonar el mercado del alquiler asequible. El resultado es claro:
menos vivienda disponible y mayor tensión en el mercado.
Intervencionismo y efectos en el
mercado
Cuando los responsables
autonómicos tratan de modificar los planes cuatrienales de vivienda o de
limitar actualizaciones de rentas incluso con efectos retroactivos, parece
evidente que no comprenden el valor real del dinero en el tiempo. Sin embargo,
sí defienden la actualización de sus salarios conforme al IPC cada año.
Existe, por tanto, un
entendimiento selectivo: cuando el perjuicio recae en terceros, se acepta;
cuando afecta al propio bolsillo, se rechaza.
Esa incoherencia debilita la
credibilidad del sistema.
El resultado de este
intervencionismo es previsible: menor inversión en vivienda, reducción de la
oferta y deterioro del mercado. En Galicia, por ejemplo, determinadas
modificaciones han reducido los precios de viviendas de protección en alquiler
hasta niveles de 250 euros mensuales para pisos de dos habitaciones con
trastero y garaje, mientras se concedían ayudas de hasta el 40% para
rehabilitación de vivienda libre con alquileres limitados a 700 euros.
Este
tipo de decisiones, adoptadas sin consenso con el sector, generan inseguridad
jurídica, rompen la coherencia normativa y erosionan la confianza en las
instituciones.
El mensaje que se transmite al
inversor es claro: “sálvese quien pueda”.
Consecuencias estructurales
La consecuencia directa de estas
políticas es conocida: menor oferta de vivienda, especialmente en alquiler
asequible, y una mayor dificultad de acceso para quienes aún no disponen de
vivienda.
El resultado final es un mercado
tensionado, donde se beneficia a quienes ya tienen contrato, pero se perjudica
a quienes buscan acceso a una vivienda o movilidad laboral.
La experiencia internacional
demuestra que la intervención inestable en el mercado de vivienda reduce la
oferta disponible. Y sin oferta, no hay movilidad laboral, ni emancipación, ni
equilibrio social.
Conclusión
Las políticas actuales parecen
orientadas más a generar impacto mediático que a resolver el problema
estructural de la vivienda. Frente a ello, los informes del Banco de España, la
CECA o los planes europeos coinciden en la necesidad de aumentar la oferta y
facilitar la inversión.
Cerrar la viabilidad del mercado
de alquiler o de la vivienda de protección oficial sin alternativa real solo
puede responder a dos escenarios: desconocimiento técnico o cálculo político.
En ambos casos, el resultado es el mismo: el deterioro del acceso a la
vivienda.
El Estado y las comunidades
autónomas no pueden, por sí solos, asumir la política de vivienda sin la
colaboración del sector privado. El déficit de oferta es estructural y solo se
resolverá con más construcción, no con menos.
Sin viviendas, no hay paraíso.
Severino
Fernández
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