El mundo no siempre fue así: por qué se cuenta la historia desde la guerra y se invisibiliza la paz.
Hay algo profundamente errado en la manera en que contamos la historia.
No porque falten datos, archivos
o interpretaciones, sino porque hemos aceptado sin demasiadas preguntas una
premisa tan antigua como cómoda: que la violencia es el principio organizador
del pasado humano. Las guerras, los imperios y las conquistas ocupan el centro
del relato; la paz aparece, cuando aparece, como un vacío entre catástrofes o
como una aspiración moral sin densidad histórica.
Este
hábito intelectual no es inocente.
Al
convertir la violencia en norma y la paz en excepción, la historiografía ha
contribuido a naturalizar el mundo tal como es: armado, jerárquico y
profundamente desigual.
Hemos
aprendido a pensar que la historia avanza a golpe de cañón y que todo lo demás
-la convivencia, la negociación, la resistencia civil, la noviolencia-
pertenece al reino de lo secundario, lo ingenuo o lo utópico.
El resultado es una narrativa tan
poderosa como empobrecedora.
Paz en positivo
¿Y si el problema no fuera que la
paz ha sido rara, sino que no hemos sabido verla?
La
paz no es la ausencia de guerra.
Esa
definición negativa ha sido uno de los mayores fracasos conceptuales de las
ciencias sociales.
La
paz es una realidad histórica positiva: se construye, se disputa, se impone y
se defiende. Tiene actores, prácticas, conflictos internos y costes materiales.
Ha sido, de hecho, una de las
tareas más complejas y persistentes de las sociedades humanas. Pero como no
produce desfiles militares ni monumentos ecuestres, rara vez se la considera
digna de ser narrada.
La
historia tradicional se ha contado desde el punto de vista de quienes tenían
ejércitos, Estados y archivos.
No
es extraño, entonces, que la guerra domine el relato.
La
violencia deja huellas visibles, documentos oficiales, fechas memorables.
La
paz social, en cambio, suele dejar rastros dispersos: acuerdos informales,
normas compartidas, resistencias silenciosas, prácticas de cuidado, conflictos
contenidos. Para verlos, hay que cambiar de lente. Y ese cambio implica una
decisión epistemológica.
Conflicto sin exterminio
Pensar
la historia desde la paz significa, ante todo, abandonar la idea de que el
conflicto solo es inteligible cuando se convierte en violencia. Las sociedades
han vivido siempre atravesadas por antagonismos -de clase, de género, de raza,
de religión-, pero no siempre los han resuelto mediante la destrucción.
La paz histórica no es consenso
ni armonía: es conflicto gestionado sin exterminio. Es tensión sostenida sin
colapso. Es lucha sin aniquilación del otro.
Aquí
entra en juego un concepto sistemáticamente despreciado por la historiografía dominante:
la noviolencia o la paz por medios pacíficos.
No
como moralina, no como gesto piadoso, sino como práctica histórica concreta.
La
noviolencia ha sido una herramienta recurrente de los débiles frente a los
fuertes, de los subalternos frente a los poderosos (y sus imperios), de quienes
no podían permitirse el lujo de una guerra total.
Ha sido una tecnología social del
conflicto, a menudo más eficaz que la violencia armada, precisamente porque
desestabiliza sus lógicas.
Sin
embargo, la noviolencia ha sido tratada como anomalía o excepción, cuando en
realidad forma parte estructural de la historia social.
Desde
las resistencias campesinas hasta los movimientos obreros, desde las luchas
anticoloniales hasta los derechos civiles, desde el feminismo hasta las
movilizaciones contemporáneas contra el autoritarismo, la noviolencia ha
permitido ampliar derechos, transformar Estados y erosionar sistemas de
dominación.
Que no siempre haya triunfado no
la hace menos histórica. La guerra tampoco triunfa siempre y nadie la expulsa
del canon.
Una
historia social de la paz obliga también a replantear quiénes son los sujetos
históricos relevantes.
No
son, principalmente, los Estados ni las élites militares.
Son
las comunidades, los movimientos sociales, las redes transnacionales, los
sindicatos, las iglesias disidentes, los estudiantes, las mujeres, los pueblos
neocolonizados.
Son actores que rara vez aparecen
en los manuales como productores de orden, pero que han sido fundamentales para
sostener formas de convivencia en contextos de violencia estructural.
Muchas paces
Además,
no existe una sola paz.
La
historia muestra una pluralidad incómoda.
Hay
paces idealizadas, que funcionan como horizonte crítico frente a la barbarie.
Hay
paces institucionales, encarnadas en Estados, leyes y acuerdos internacionales,
en muchas ocasiones, orquestadas por los “poderosos”
o los “señores de la guerra”.
Y
hay paces precarias, ambiguas, sostenidas por equilibrios de fuerza y amenazas
latentes.
Estas
formas no se suceden limpiamente ni se excluyen entre sí: coexisten, se
superponen y se contradicen.
Reducir la paz a una sola
definición es una forma de negarla.
Todo
esto tiene consecuencias políticas. Escribir la historia desde la paz implica
cuestionar el imperialismo, el militarismo y el capitalismo autoritario como
estructuras históricas productoras de violencia.
La
guerra no es un accidente del sistema, no es natural: es uno de sus mecanismos
de funcionamiento de un sistema.
Por
eso, las luchas por la paz han estado casi siempre ligadas a luchas contra la
explotación, el colonialismo y la desigualdad.
Separar la paz de estas
dimensiones es vaciarla de contenido.
No
es casual que las prácticas de paz hayan sido invisibilizadas. Reconocerlas
supone admitir que la violencia no es inevitable, que no siempre ha sido
necesaria, que no es el único camino posible.
Supone,
en definitiva, desmontar el fatalismo histórico que nos dice que “el mundo siempre ha sido así” y que, por
tanto, no puede ser de otro modo.
Ese fatalismo ha sido uno de los
mayores aliados del poder.
Escribir
la historia desde la paz no significa negar la violencia ni idealizar el
pasado.
Significa
ampliar el campo de lo pensable.
Significa
aceptar que la humanidad no solo ha sabido organizar la destrucción, sino
también -y con enorme esfuerzo- limitarla, contenerla y, a veces, superarla.
Recuperar
esa historia no garantiza un futuro distinto.
Pero sin ella, el futuro queda
condenado a repetir, una y otra vez, la misma vieja narrativa de guerra.
Mario López Martínez
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