Así se utilizó a las mujeres como piezas de intercambio político en Navarra a finales del Medievo.
Como sociedad, tendemos a creer
que en el pasado la violencia estaba más extendida que hoy en día, resultado de
las pulsiones de gentes rudas e ignorantes, incapaces de actuar de otro modo.
Pero interpretarlo así nos impide comprender un aspecto fundamental: la
violencia no era irracional. Al igual que ocurre en la actualidad, respondía
con frecuencia a unas estrategias concretas.
En la Edad Media, la guerra era
un arte complejo en donde se llegó a utilizar la violencia contra las mujeres
como instrumento de agresión hacia los hombres. Durante los siglos medievales,
la honra de la mujer marcaba el valor del hombre y de su grupo familiar.
Atacarlas a ellas, y en particular a su virginidad, significaba atacarlos a
ellos.
Visto así, la masculinidad
descansaba en el control del grupo familiar al que uno pertenecía.
Nuestra investigación ha
analizado cómo, en medio de la guerra civil que destruyó el reino de Navarra al
final de la Edad Media (1450 a 1521), los dos bandos en conflicto, conocidos
como agramonteses y beaumonteses, utilizaron a las mujeres nobles como
instrumentos de ataque y consolidación del linaje.
El
conflicto nace de la guerra sucesoria que se entabló, tras la muerte de Blanca
de Navarra, entre Juan II de Aragón, su esposo, y el príncipe Carlos de Viana,
su hijo.
Los
beaumonteses, con el conde de Lerín a la cabeza, defendían la legitimidad del
príncipe, mientras que los agramonteses obedecían a Juan de Aragón. Con el
estallido de la guerra, la nobleza se alineó con cada uno de los bandos en
función de sus intereses, fidelidades y, especialmente, de los rencores
enquistados entre familias desde hacía generaciones
Un documento detallado
La fuente principal de este
estudio es un texto que relata casos de estas violencias contra las mujeres,
escasos en la documentación del periodo. Esto hace que su hallazgo sea
excepcional.
Se trata de un memorial de
agravios redactado hacia 1456, en el que se reúnen 87 acusaciones hacia el
bando beaumontés y sus líderes, los ya mencionados príncipe de Viana y conde de
Lerín. La intención de este texto era justificar el desheredamiento de Carlos
(heredero al trono de Navarra) y legitimar la sucesión de la casa de Foix (en
la persona de la infanta Leonor, hermana de Juan II, y de su marido, Gastón de
Foix).
Dentro de esas 87 acusaciones se
incluyen ocho agravios hacia mujeres nobles, relacionados siempre con la
pérdida de la honra femenina.
Algunas
de estas denuncias describen intentos de agresión sexual, como la acontecida a
la princesa Inés de Cleves, esposa del príncipe de Viana.
En
este caso, el conde de Lerín y sus secuaces trataron de provocar el adulterio
de la princesa con propuestas deshonestas constantes y, al fallar estas,
llegaron incluso al intento de agresión sexual y, más tarde, a su
envenenamiento.
El objetivo que perseguían los de
Beaumont era casar a una mujer de su propio clan con el príncipe, para lo que
necesitaban deshacerse de Inés de Cleves.
También,
y sobre todo, se incluyen matrimonios forzosos promovidos por los beaumonteses
para ampliar su red de alianzas y debilitar a los agramonteses. Lo hacían
uniendo a las mujeres, por ejemplo, con un linaje inferior, algo que repercutía
directamente en el grupo familiar al que ellas pertenecían.
Las acusaciones insisten en la
coacción (“por fuerza”) ejercida para
imponer enlaces, romper acuerdos previos o desheredar a quienes se negaban a
aceptar matrimonios con miembros –a menudo bastardos– del linaje Beaumont.
La honra femenina como patrimonio
Como se ve, las mujeres quedaban
reducidas a piezas de intercambio político. Sin embargo, formalmente las
víctimas directas eran los varones, que veían vulnerado su derecho a concertar
los matrimonios de sus hijas.
En una sociedad en la que la
honra de la familia descansaba en la sexualidad y el comportamiento de sus
mujeres, garantizar la virginidad, la legitimidad de la descendencia y la
adecuación de los matrimonios era esencial para preservar patrimonio y
prestigio. Siguiendo esta lógica, atacar la honra de una mujer implicaba dañar
al conjunto del linaje. Por ello, la coacción matrimonial, las amenazas y las
agresiones sexuales fueron utilizadas como armas políticas.
Lejos de ser un fenómeno puntual,
nuestro estudio muestra el empleo sistemático de estas estrategias. Esta forma
de entender la honra y su defensa dejó una huella profunda en la cultura
política y social de los siglos siguientes que llega incluso hasta el momento
actual.
Del Medievo en adelante
Si
en la Edad Media la violencia contra las mujeres podía ser un recurso de
guerra, en la Edad Moderna su control cotidiano pasó a sostener todo un orden
social.
La mujer quedó relegada al
espacio privado, en donde se la enseñó a guardar su honra y la del grupo
familiar al que pertenecía, a través de todo un conjunto de normas. En algunos
casos, dichas normas se expresaron a través de conocidos manuales de conducta
como La perfecta casada (1583) de fray Luis de León, texto que ha servido de
guía para las mujeres españolas hasta fechas recientes.
Entre ambos momentos no hay una
ruptura total, sino la transformación de una misma lógica: la que convierte a
las mujeres en garantes del honor ajeno.
Íñigo
Mugueta Moreno
Alicia Inés Montero Málaga
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