El sustanciero ¿mito o realidad?
El ingenioso oficio que fue esencial para sobrevivir en la posguerra: hoy muchos españoles ni conocen su existencia
El clima de posguerra español
transformó la vida doméstica, las relaciones vecinales y la organización económica
de miles de familias que dependían de recursos mínimos para garantizar un plato
caliente. Incluso la cultura, con la aparición de refranes típicos de la
posguerra que hoy ya hemos olvidado. En ese contexto emergieron actividades que
respondían a la escasez crónica de alimentos y al acceso limitado a productos
básicos.
Entre
esos oficios típicos de la posguerra, la figura que protagonizó la tarea de la
que hablamos en este reportaje logró adaptarse a las limitaciones materiales de
la época y ofreció un servicio ligado de manera directa a la supervivencia en
la posguerra.
Sus
recorridos, sus tarifas y su método de trabajo quedaron registrados en
testimonios orales, notas de prensa y en la literatura costumbrista.
¿Cuál es el oficio que fue básico
para sobrevivir en la posguerra y pocos conocen hoy?
La reconstrucción económica tras
la posguerra abrió espacio a actividades marginales que aportaban un ligero
alivio alimentario. Entre ellas surgió el sustanciero, cuya labor consistía en
alquilar un hueso de jamón o de vaca para introducirlo durante unos minutos en
la olla de familias que no podían adquirir carne.
Este procedimiento se cobraba por
tiempo, generalmente a una peseta cada cuarto de hora, en un mercado informal
que reflejaba tanto la precariedad como la capacidad de adaptación de la
población.
El hueso pendía de una cuerda
para facilitar su manejo y, al finalizar el tiempo acordado, se retiraba, se
secaba y volvía al zurrón para reutilizarse tantas veces como fuese posible.
Las referencias orales sitúan su
presencia en zonas rurales y urbanas del norte peninsular (País Vasco, Navarra
y Castilla) aunque existen menciones dispersas que lo ubican en distintas
provincias del país. La posguerra propició su expansión debido al descenso
drástico en el consumo de proteína animal.
¿Cómo operaba el sustanciero en
un país marcado por la escasez?
Este oficio funcionaba con reglas
sencillas: pregón, negociación rápida y una intervención mínima en la cocina
ajena. La llamada era directa:
«¡Sustancia! ¿Quién quiere
sustancia para el puchero? ¡Traigo un hueso riquísimo!»
Este anuncio buscaba a quienes
cocinaban con agua, verduras y algún tubérculo, intentando dar un matiz más
profundo al caldo. La transacción se hacía sin intermediarios y el tiempo se
medía con un reloj que el sustanciero siempre llevaba consigo.
Aunque el hueso estaba casi
agotado por el uso continuado, seguía otorgando un leve toque salino y un aroma
que muchas familias consideraban suficiente para mejorar sus platos.
No se trataba de un oficio equiparable
al botijero o al mielero, que sí disponían de mercancía propia para vender. En
el caso del sustanciero, el servicio se basaba únicamente en el préstamo
temporal del objeto.
Se ha señalado que una peseta de
la posguerra no era una cantidad menor, por lo que dedicarla al hervor de un
hueso sin apenas restos generaba cierto escepticismo, aunque la necesidad lo
justificaba plenamente.
Raíces literarias y menciones
históricas del sustanciero en la posguerra.
El sustanciero no nació en la
posguerra, aunque fue entonces cuando alcanzó mayor notoriedad. Textos de
épocas anteriores ya recogían prácticas similares.
Francisco de Quevedo, en
‘Historia de la Vida del Buscón’ (1626), mencionó un procedimiento parecido, lo
que indica que la idea de extraer sabor de huesos casi agotados tiene una larga
tradición. Quevedo describió cómo un personaje hacía oscilar un hueso dentro
del agua hasta producir lo que solo dejaba «sospechas»
de sustancia.
En el siglo XX, el escritor Julio
Camba publicó en ‘ABC’ un artículo donde relató el funcionamiento de este
oficio en plena posguerra. Su testimonio detallaba el proceso, los diálogos y
el ambiente de precariedad.
Camba explicaba cómo el
sustanciero medía el tiempo con precisión, reclamaba el pago exacto y seguía su
ruta por otros hogares. El hueso actuaba como herramienta comercial y símbolo
de una economía basada en el aprovechamiento extremo.
Así, con el tiempo, el
sustanciero desapareció al mejorar las condiciones económicas, pero dejó un
rastro cultural perceptible en refranes y relatos.
Expresiones
como ‘A la olla de enero, ponle buen
sustanciero’ muestran su integración en la memoria gastronómica.
También se recuerda que en muchos
hogares se practicaba una variante doméstica: conservar el hueso propio tras la
matanza y utilizarlo repetidamente en caldos caseros hasta agotarlo.
Alejo
Lucarás

Comentarios
Publicar un comentario