El embuste es el caballo de Atila del pensamiento
Dice Monterrubio en este magnífico artículo, donde sostiene que la esfera pública se ha transformado en un reality show, que dos personajes nefastos invaden con sus proclamas la rutina cotidiana: el mentiroso y el propagador de chorradas.
Del
primero se presume, quizás con optimismo, que no ignora la verdad, pero la
retuerce, disimula, oculta o elimina en función de sus intereses.
El
otro, ni la conoce ni le interesa en
absoluto.
El
discurso del Poder adopta cada vez más la forma de un galope de Gish perpetuo.
Los embustes se suceden a una velocidad tal que es imposible desmentirlos. Es
el caballo de Atila del pensamiento. Por donde pasa no vuelve a crecer la
hierba de la reflexión. Y con ella se marchitan el diálogo y la tolerancia.
No dar respiro al cerebro es una
modalidad sibilina y sumamente eficaz de censura. En ese ecosistema hostil, «¿qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?»
(Lorca: Oda a Walt Whitman).
Hay
coyunturas históricas en las que la irresponsabilidad no tiene excusa. Hoy el
discurso del odio, la irracionalidad y la violencia está lejos de ser
patrimonio de demagogos ultramontanos y gamberros de las redes sociales
amparados en el anonimato.
Prolifera,
como una floración de nenúfares malignos, desde las gentes de la calle hasta
los charlatanes radiotelevisivos con licencia especial para insultar. Son las
funestas secuelas de blanquear y dar esplendor a los usos y costumbres de
tribus poco respetuosas con las reglas democráticas, por decirlo suavemente.
Se
normalizan las expresiones, gestos y conductas del trumpismo cañí de modo que
ya no escandalizan a nadie. Cuando a todas horas y en todas partes oímos
utilizar un léxico y una sintaxis que harían sonrojar a la niña de El
exorcista, es que vamos sin frenos hacia el precipicio.
Consolarse
pensando que, con el tiempo, las aguas volverán a su cauce es de una ingenuidad
alarmante. El último verso del poema de Philipp Larkin MCMXIV dice «never such innocence again».
En este primer cuarto del siglo
XXI, con la vista puesta en los años treinta y cuarenta del anterior, el
consejo se torna perentorio. La realidad no se va a evaporar porque nos
neguemos a verla por demasiado dura e incómoda.
Dar
carta de naturaleza a la zafiedad, el mal gusto, el lenguaje soez y la
incultura arrogante en todos los foros, de la prensa al Parlamento, tiene
graves consecuencias.
La
banalización de la barbarie atenta contra la dignidad humana y es letal para la
convivencia.
Significantes
que estuvieron un día repletos de vida han sido vaciados y rellenados con
eslóganes de garrafón. Así, si la libertad consiste en ser dueño de sí mismo,
difícilmente se aplicará el término a veletas movidas por el capricho de unos
vientos de los que no saben ni el nombre.
En las experiencias existenciales
predominan las interpretaciones, las suposiciones y los espejismos. Lo fáctico
y lo ficticio generan un entramado de múltiples dimensiones por las cuales se
cuela y desaparece lo real.
Dos
personajes nefastos invaden con sus proclamas la rutina cotidiana: el mentiroso
y el propagador de chorradas.
Del
primero se presume, quizás con optimismo, que no ignora la verdad, pero la
retuerce, disimula, oculta o elimina en función de sus intereses.
El
otro no tiene el más leve contacto con ella; ni la conoce ni le interesa en
absoluto. El discurso del Poder adopta cada vez más la forma de un galope de
Gish perpetuo.
Los
embustes se suceden a una velocidad tal que es imposible desmentirlos.
Es el caballo de Atila del
pensamiento. Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba de la reflexión. Y con
ella se marchitan el diálogo y la tolerancia.
Las
situaciones vitales que exigen una toma de postura ética son más numerosas de
lo que nos gusta creer. Esto conlleva una cuota de responsabilidad que muchos
se niegan a asumir.
Cuando
el vivir colectivo está contaminado por la irracionalidad y sujeto a una lluvia
ácida de bilis, la sociedad corre peligro de naufragar en una profunda crisis
moral. El recurso profuso y continuado a las emociones más convulsas, las bajas
pasiones, las pulsiones violentas y la inquina como motores de la conducta
social acarrea una caída en el fango y una marcha hacia la disolución de la
conciencia. «El mundo es ético solo en la
medida y porque nosotros lo vivimos» (Negri: Spinoza subversivo).
El ser humano es el agente único
que puede introducir en él la moral. El acto ético es constructivo,
propositivo, trabaja a favor de la vida. Vehicula una alternativa a la
destrucción, la esterilidad y la muerte. Es una verdad rebelada, que no
revelada.
La
esfera pública se ha transformado en un reality show donde argumentos,
propuestas y programas no tienen la menor importancia. El criterio propio y el
juicio autónomo dormitan en el depósito de los objetos perdidos ni encontrados
ni buscados.
Se
sigue la corriente, el sujeto se abona a lo que más suena, a lo que está en
candelero. La era del individualismo a ultranza es la de la necesidad
compulsiva de reconocerse en grupos anónimos y amorfos, cimentados muchas veces
en la aversión al otro.
El miedo a la insignificancia, a
quedar al margen, a no estar en el cortejo de los triunfadores, fomenta la
adhesión a convicciones nefastas.
La
ideología posmocapitalista abomina de la Modernidad, lo cual explica su empeño
en achacarle todos los males habidos y por haber, reales o imaginarios.
Pero
lo que les molesta de ella se resume en tres palabras: libertad, igualdad,
fraternidad.
Porque
cuando dejan de ser inscripciones mohosas en las fachadas de edificios
oficiales y vuelven a la tierra nutricia, la mente de los hombres, son ideas
cargadas de futuro.
En
cambio, el Tinglado prefiere el presente continuo, y para mantener ese tiempo
verbal único echará mano, si es preciso, de las más siniestras sombras del
pasado o las más distópicas profecías del porvenir.
De ahí su interés en una cultura
degradada y provinciana o, mejor aún, en sucedáneos envilecidos y risibles.
Antonio
Monterrubio

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