La literatura recupera la historia de los pueblos ocultos bajo los embalses franquistas.
La crisis climática está poniendo en tensión la gestión del agua en España, ya sea por el carácter torrencial de las lluvias o por los periodos prolongados de sequía.
En este contexto, las presas
franquistas se han reivindicado como un legado inestimable del régimen que
hemos de conservar y expandir. Se destaca que dichas presas nos protegen frente
a las riadas y que aseguran que ni una gota de agua se pierda en el océano. Sin
embargo, la belleza de estas grandes masas de agua oculta la historia de los
pueblos que vivían en esos valles antes de su inundación.
Paco ‘El Rana’
Muchas personas quizá recuerden
hoy uno de los apodos que recibió el dictador Francisco Franco: Paco “El Rana”. Este mote popular era
consecuencia de la imagen pública que el régimen quiso ofrecer del dictador.
Las apariciones de Franco en el NO-DO inaugurando infraestructuras hidráulicas
se contaban por centenares. Tantas como el número de presas que se construyeron
durante su gobierno.
Desde la aprobación en 1941 del
Plan General de Obras Públicas hasta el final de la dictadura se construyeron
un total de 382 presas. Estas obras aumentaron la capacidad de almacenamiento
de los embalses españoles desde los 4 000 hectómetros cúbicos hasta los 37 000
en la década de los setenta.
El furor hidráulico que
caracterizó el régimen franquista llegó a convertir a España en el país con más
presas del mundo. El régimen no solo pretendía resolver la necesidad de agua en
las ciudades y los campos. El agua se convirtió en el elemento a través del
cual modernizar la estructura productiva del país.
Sin embargo, esta idea no se la
inventó Franco.
El sueño regeneracionista
Los regeneracionistas fueron un
grupo heterogéneo de intelectuales que surgió tras la pérdida de las últimas
posesiones coloniales españolas. Este grupo defendía que el futuro del país
pasaba por el pleno aprovechamiento de los recursos hídricos nacionales. Su
diagnóstico identificaba la sequía del interior peninsular como el mal que
lastraba el desarrollo del país. Solamente mediante la corrección de los
desequilibrios hídricos que aquejaban el territorio nacional podría España
modernizarse.
Defendían represar las aguas de
los ríos para distribuirlas justamente y ampliar las zonas de cultivo a través
de la irrigación. Desde 1880, las ideas regeneracionistas fueron ganando
adeptos hasta convertirse en política de estado durante la dictadura de Primo
de Rivera y, más tarde, con la República.
Sin embargo, fue la dictadura
franquista la que realizó los sueños del regeneracionismo hidráulico gracias a
la energía y el capital que España recibió de los Estados Unidos a partir de
1953. Subvirtieron, no obstante, el impulso antioligárquico que definía el espíritu
regeneracionista.
La historia oculta de las presas
franquistas
El NO-DO celebró la carrera
hidráulica como una intervención providencial del Estado para traer la
abundancia a los españoles. Sin embargo, las presas y los embalses esconden una
historia oculta.
Su construcción suponía la
inundación de pueblos que vivían de los recursos procedentes de los ríos y los
valles fluviales. Estas comunidades intentaron resistir la inundación,
arriesgando en muchas ocasiones sus vidas. Las promesas de reubicación en
pueblos de nueva planta no paliaban el dolor de abandonar sus hogares.
Y es que los embalses no solo
destruían la arquitectura de los pueblos. También arrasaban con los medios de
subsistencia de las comunidades que los habitaban. Los campesinos se veían
forzados a convertirse en trabajadores industriales de las empresas encargadas
de la construcción de las presas. Muchos otros de los obreros eran prisioneros
políticos que realizaban trabajos forzados para “expiar sus pecados” durante la Guerra Civil.
Reconstruir estas historias
constituye un reto. En los archivos oficiales de la dictadura no hay rastro de
la resistencia y el dolor que supuso la política hidráulica franquista, aunque
algunos antropólogos recabaron los testimonios de estos primeros refugiados
ambientales.
Sin embargo, la narrativa abre
una ventana a la realidad existencial de los pueblos inundados por el
franquismo, especialmente la novela testimonial de la década de los 50 y los
60. El control férreo de los medios de comunicación por parte del Estado
franquista motivó a los novelistas de estas décadas a levantar acta de la
realidad en la literatura.
Dentro de este campo, podemos
considerar algunas novelas claves sobre pueblos inundados. Central eléctrica
(1956) de Jesús López Pacheco muestra el dolor de los campesinos forzados a
trabajar en la infraestructura que destruiría su propio pueblo. En el volumen
de relatos El río (1963), Ana María Matute recupera la vida y las costumbres en
Mansilla de la Sierra antes de la construcción del embalse que lo inundaría. El
pantano (1967) de Santiago Lorén retrata la resistencia de una comunidad
campesina a que sus muertos, enterrados en el cementerio de la antigua villa,
queden sepultados bajo las aguas del embalse.
Muerto Franco, la urgencia por
testimoniar de las tropelías del régimen desapareció. Sin embargo, se hacía
necesario reconstruir la memoria de las comunidades olvidadas bajo las aguas de
los pantanos. En esta nueva corriente memorialista, encontramos otro grupo de
novelas, más contemporáneas.
Camino de sirga (1988), de Jesús
Moncada, es la novela que mejor retrata la dependencia de estas comunidades del
río, en este caso el Ebro. La obra pretende preservar la memoria de la
comunidad perdida con la inundación del pueblo. Para ello elabora un retrato
coral donde la historia del lugar se construye sobre los recuerdos personales
de todos sus habitantes. Distintas formas de mirar el agua (2015), de Julio
Llamazares, aborda las diversas perspectivas que las diferentes generaciones de
una misma familia tienen sobre el impacto del embalse del Porma sobre su
antiguo pueblo.
Historias para la España vacía
En La España vacía, Sergio del
Molino identificaba dos representaciones extremas del mundo rural que servían
para ocultar su realidad. Por un lado, los imaginarios bucólicos que lo
presentaban como un armónico espacio de liberación de las tensiones urbanas.
Por el otro, los imaginarios tremendistas, que lo presentaban como un reducto
ajeno a la civilización y amenazante. El libro defendía que el problema de la
España rural era la ausencia de relatos en los que reconocerse.
No obstante, las novelas sobre
pueblos inundados mencionadas también constituyen relatos en los que la España
vacía puede reconocerse. En ellas se esclarece una de las múltiples causas del
masivo éxodo rural durante la segunda mitad del franquismo: los campesinos que
se vieron obligados a abandonar sus pueblos emigraron en muchos casos a las
ciudades cercanas. Los embalses franquistas son, por tanto, una de las fuerzas
que vaciaron el campo en la España de los 60.
Sin embargo, estas novelas no
solo narran el trauma de la inundación y exilio. También cuentan las
resistencias que ejercieron estos campesinos. En Central Eléctrica los nuevos
obreros prenden fuego a los barracones de los ingenieros hidráulicos. En Camino
de Sirga, los vecinos se coordinan para conseguir un mejor trato por la
expropiación de sus casas. En Pantano, luchan por la protección de sus muertos.
Lejos de presentar la
despoblación rural como un destino aciago, estas novelas permiten a los
habitantes de la España vacía conectar con la historia de sus resistencias
pasadas.
Diego
Zorita Arroyo
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