Que la mentira política quede impune es una anomalía democrática grave.
El día, lejano al parecer, en que el pueblo, todos sin exclusión, entendamos que la mentira en general y en especial en política es imperdonable, y como consecuencia de ella, retiremos nuestra confianza y apoyo a quienes nos mienten con un descaro absoluto y arrogancia al hacerlo, entonces, y sólo entonces, seremos un pueblo serio, responsable y ecuánime.
Mientras
tanto, chapotearemos en la ciénaga de la estulticia.
Si
la mentira no le pasa factura a quien la comete, y los ciudadanos dejamos que
eso pase, estamos abriendo una puerta muy peligrosa a un mundo cada vez más
hostil, más deshumanizado y más injusto.
Porque
la mentira persigue fines que siempre tiene que ver con desprestigiar a algo o
a alguien para denigrarlo. Manipular la opinión de las personas para que tomen
partido por algo o alguien.
Ser
un cínico es el cenit de la perfección en la mentira.
Porque,
al delito impúdico de la mentira – aunque algunos afirmen que mentir no es
ilegal -- hay que añadirle la insolencia
y la arrogancia. Una persona cínica es aquella que actúa con falsedad y además
con absoluta desvergüenza y descaro extremo. No lo digo yo, lo dice la
definición del diccionario de la RAE.
El cínico, además de todo esto,
utiliza el desprecio como una constante para expresar burla e incluso hace
esfuerzos para que se le note por medio del sarcasmo y la ironía, utilizando
ambas en lo que él considera “humor”.
El
cínico es tan pérfido, tan taimado y artero, que es tremendamente peligroso. No
solamente porque, al faltar a la verdad, causa males de toda índole. Sino
también, porque puede causar un mal todavía mayor, como el de hacernos dudar de
nuestra propia certeza.
El cínico miente con un aplomo y
una flema que puede hacer dudar hasta al propio Papa de Roma de la existencia
de dios. Ante un cínico hay que tener una convicción y una certeza absoluta
para no caer en el abismo de la duda ¡Cuidado con ellos! Claro que el cínico
nos puede engañar, pero su mentira sólo vale para una vez. En la siguiente, a
menos que se sea un lerdo babeante – que también abundan -- ya no cuela.
No
todos los mentirosos son cínicos: hasta para eso hay que “valer”. Al mentiroso “normal”
se le descubre con facilidad: no tiene el cuajo y la frialdad del profesional
experimentado, es más zafio y descuidado.
El
mentiroso “normal” se recrea en
explicaciones redundantes que nadie le pide, metiéndose en “charcos” de los que luego no pueden
salir ni en directo, ni en “diferido”.
Abunda en detalles sin
importancia repitiéndolos constantemente con el objeto de desviar la atención
hacia otro lado, es el famoso “Y tú más”
El mentiroso “normal” suele afirmar cosas que son de fácil comprobación, por lo
que su mentira tiene poco recorrido. Por poner un ejemplo: cuando el “cadáver político” de Toni Cantó afirmó
en Twitter que <<"La mayor
parte de las denuncias por violencia de género son falsas y que las comisarías
estaban llenas de denuncias falsas”>> O quizá sirviera también de
ejemplo el eurodiputado de VOX, Hermann Tertsch, asegurando que <<”El abuelo de Pablo Iglesias participó
durante la Guerra del 36 en la caza de civiles inocentes en la retaguardia
madrileña,”>> por lo que fue condenado a una multa de 12.000 € por
vulnerar el derecho al honor. Este último podría tener la eximente de que,
supuestamente, viera todo eso del abuelo de Iglesias en un brote de “Delirium tremens”. Ya conocen al
personaje.
Cínicos los ha habido siempre, por haberlos
los ha habido hasta en la Biblia, y el primero fue Caín que tras matar a su
hermano, y ante la pregunta de su dios, dijo aquello de << "¿Acaso soy yo el guardián de mi
hermano?">> Pero no quisiera yo remontarme tan lejos: volvamos a
nuestros días, que haberlos, haylos, y de todos los colores y condiciones.
Hay cínicos que afirman que jamás
dormirían tranquilos si tuvieran que gobernar con ciertos fulanos “perroflauteros”. O aquellos que juraban
que había armas de destrucción con impuestos añadidos. Alguno que afirmó que
estaba perfectamente informado y localizado, mientras la riada se llevaba a sus
conciudadanos. También había otros que acusaban a fiscales generales con
argumentos espurios basados en que tenían “el
pelo blanco”. Pero de todos los conocidos, el mayor cínico de todos ellos,
es un tipo que nadie sabe quién es, aunque todo el mundo lo conoce, excepto,
claro está, el Poder Judicial: un tal M.
Rajoy.
NO LO SHÉ, NO ME CONSHTA, LO
DESHCONOZCO.
La
actitud de M. Rajoy no sería la que es si estuviera ante un tribunal normal:
ecuánime, imparcial y objetivo. Pero el gallego “shisheante” juega en casa y además con los árbitros comprados.
Se
sabe impune porque el “entrenador-
instructor” anterior, llamémosle García Castellón – lo sacó en la lista de
convocados y ahora está solamente de testigo en el banquillo. Es decir, que
asiste al partido desde la banda – entiéndase “banda” como el lateral del campo y no como organización criminal
con ánimo de lucro.
No
es la primera vez que un “entrenador-
instructor” mete un gol desde medio campo, pero este en especial, es un
experto, es más, no sabe jugar de otra manera. Menos mal que ya no está en
activo.
M.
Rajoy tiene facetas añadidas a ese
cinismo que todavía lo hacen más peligroso, una de ellas es esa expresión en la
cara de pasmarote, de despistado atolondrado, de ensimismado simplón. Ese
semblante de alelado no deja de ser una impostura para parecer indefenso,
desamparado y perdido.
Pretende con ello dar ese efecto de sorpresa ¿Y qué hago yo aquí? Es
una técnica muy ladina y que M. Rajoy domina a la perfección y que además le ha
dado mucho juego. Aunque yo no descartaría que, de tanto usarla, el “personaje” haya sustituido a la “persona”.
M.
Rajoy es ya perro viejo, lleva en la política desde los años 70 del siglo
pasado. Procedía de Unión Nacional Española (UNE) un partido fundado en 1975 por el exministro de Franco, Gonzalo
Fernández de la Mora, un defensor a ultranza de la figura política del
dictador, un tecnócrata del régimen franquista y firme defensor del inmovilismo.
Un
partido cuya ideología era el catolicismo, el franquismo y el tradicionalismo y
que su posición política era marcadamente de extrema derecha. Después se afilió
a la Alianza Popular de Manuel Fraga, un falangista de la vieja guardia,
destacado exministro de Franco de infausta memoria, y que al final refundió a
toda la extrema derecha en lo que dura hasta hoy que es el Partido Popular,
también conocido hoy en día como la O.C.Á.L (Organización Criminal con Ánimo de
Lucro).
Una
trayectoria brillante en la mejor escuela posible. Una escuela cuyo lema en
latín es <<” Mendacium non est
illicitum”>> lo que en román paladín es <<”Mentir no es ilegal”>> .
M.
Rajoy ha sido de todo, bueno de todo no, especifiquemos. No ha sido “sincero” nunca, es más no sabe ni el
significado de esa palabra. Otra cosa que no es, es ser “demócrata”.
Tampoco
sabe su significado porque nunca le ha interesado esa palabra. Al fin y al cabo
alguien que cree en el franquismo no puede ser demócrata.
Fue parlamentario gallego
con AP en el 81, fue Director General de
Relaciones Institucionales de la Xunta, presidente de la Diputación de
Pontevedra y Vicepresidente de la Xunta de Galicia entre 1986 y 1987. Después
pasó a ser diputado en el Congreso de los Diputados durante diez legislaturas
de 1986 a 2018, cuando lo echaron. En ese mismo periodo fue Miembro del Comité
Ejecutivo Nacional del Partido Popular. Fue Vicesecretario General del Partido
Popular: 1990 – 2003. Secretario General del Partido Popular: 2003 – 2004.
Termina de Presidente Nacional del Partido Popular: 2004 – 2018. Eso en cuanto
a cargos en el partido nacional en Madrid.
Pero lo cargos no terminan ahí,
también los ocupa en el gobierno de España, con “Mr. Ánsar”. Es nombrado Ministro de Administraciones Públicas: 1996
- 1999. Ministro de Educación y Cultura: 1999 – 2000 Ministro del Interior: 2001
– 2002. Ministro Portavoz del Gobierno: 2002 – 2003. Ministro de la Presidencia: 2002 – 2003.
Vicepresidente Primero del Gobierno: 2000 – 2003 y finalmente Presidente del
Gobierno: 2011 - 2018 (X, XI y XII legislaturas, esta última incompleta por la
moción de censura) Ya ven, 43 años en política de los cuales 37 con cargos
públicos, o lo que se ha dado en llamar ”A
la sopa boba”.
MENTIR NO ES ILEGAL
Que
la mentira política quede impune es una anomalía democrática grave. Que desde
la dirección de un partido político se afirme que “mentir no es ilegal” da pie a pensar cuál es la catadura moral y
ética de todos sus integrantes y por añadidura de sus votantes, que son los que
lo sustentan en el poder.
Admitir como argumento y excusa
que los adversarios mienten y como ciudadano seguir apoyando a los propios, que
también mienten, es una incongruencia absurda, porque los que perdemos siempre
somos los mismos: nosotros, los ciudadanos, y no ellos, los políticos.
La
mentira se ha instaurado de tal forma en el poder político que se admite con
normalidad e incluso es tolerada. Nos
mienten con tal descaro que resulta obsceno escucharlos. Pero hay gente, gente
corriente, ciudadanos, a los que la mentira no les hace mella porque prefiere
transigir con ella mientras sea la propia.
Saben
que les mienten, pero aceptan que lo hagan mientras que critican las mentiras
de los adversarios políticos. ¿Recuerdan aquel refrán? ” Quédeme yo tuerto si mi enemigo se queda ciego”.
Pues algo de eso hay. Es
patético, pero es así.
El
día, lejano al parecer, en que el pueblo, todos sin exclusión, entendamos que
la mentira en general y en especial en política es imperdonable, y como
consecuencia de ella, retiremos nuestra confianza y apoyo a quienes nos mienten
con un descaro absoluto y arrogancia al hacerlo, entonces, y sólo entonces,
seremos un pueblo serio, responsable y ecuánime.
Mientras
tanto, chapotearemos en la ciénaga de la estulticia.
Si
la mentira no le pasa factura a quien la comete, y los ciudadanos dejamos que
eso pase, estamos abriendo una puerta muy peligrosa a un mundo cada vez más
hostil, más deshumanizado y más injusto.
Porque
la mentira persigue fines que siempre tiene que ver con desprestigiar a algo o
a alguien para denigrarlo.
Manipular
la opinión de las personas para que tomen partido por algo o alguien.
Y
por último engañar a la opinión pública dándoles esperanza y prometiéndoles la
luna, para luego hacer todo lo contrario.
Si
queremos ser una democracia sería, ecuánime e igualitaria. Si queremos ser
respetados y respetables. Tenemos que cambiar el “chip”.
La
mentira tiene que ser desdeñada y desdeñable. MENTIR SI TIENE QUE SER ILEGAL.
No sólo eso, tiene que ser punible y condenable con graves sanciones.
A
quien se le demuestre que miente, bien sea en la vida civil o en la política,
hay que hacerle pagar por su delito, y además debe ser ejemplarizante.
Ahora
eso es imposible porque uno de los poderes del Estado está absolutamente
corrompido
¿Se
puede impartir justicia contra los mentirosos cuando es la justicia la que los
ampara?
Eso sólo depende de nosotros. A
llegado la hora de elegir.
Fernando
Rodríguez Calleja
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