La crisis del queroseno amenaza al verano europeo: por qué España está mejor preparada.
A principios de este año, el
verano de 2026 prometía batir todos los registros históricos de visitantes para
España. La patronal de líneas aéreas, ALA, tiene programados unos 260 millones
de asientos, un 5,7 % más que en 2025, y Aena preveía, antes del inicio de la
guerra en Oriente Medio, un incremento del 1,3 % de pasajeros hasta los 326
millones.
Pero el cierre efectivo del
estrecho de Ormuz desde el pasado 28 de febrero ha desencadenado lo que la
Agencia Internacional de la Energía ha calificado como “la mayor disrupción de suministro petrolero de la historia”.
No obstante, mientras Lufthansa
cancela 20 000 vuelos y Bruselas busca activar un plan de emergencia, las
aerolíneas españolas parecieran mantener su programación. La explicación no
está en los contratos de suministro ni en las reservas estratégicas: está, en
parte, en una carambola industrial decidida hace tres lustros y en una
logística doméstica diseñada hace décadas.
La anomalía española: una
inversión de hace quince años
España consumió 7,74 millones de
toneladas de queroseno en 2025, según la Corporación de Reservas Estrategicas
de Productos Petrolíferos (CORES), un récord histórico. El 78 % de ese
combustible se produce en refinerías españolas lo suficientemente avanzadas
para poder incrementar el rendimiento del crudo cuando las señales de precio lo
justifican.
Esa flexibilidad operativa es
resultado, en parte, de dos inversiones industriales ejecutadas hace tres
lustros, cuando España importaba 13 millones de toneladas anuales de diésel y
queroseno. En 2010 Cepsa (hoy Moeve), amplió y mejoró su planta de La Rábida
(Huelva) y en 2011 Repsol hizo lo propio en su planta de Cartagena.
El objetivo de esos proyectos era
el mismo: ajustar el binomio oferta-demanda de destilados medios –diésel y queroseno–
del mercado español. La paradoja es que aquellas decisiones se tomaron pensando
en asegurar el suministro de diésel y no en una crisis de queroseno por el
cierre de Ormuz quince años después.
La carambola molecular
Para entender por qué España
resiste hay que mirar dentro de una refinería. El petróleo se separa en una
torre de destilación atmosférica por temperaturas: el queroseno (base del Jet
A-1, el combustible estándar para los aviones de turbinas), más ligero, y el
gasóleo, más pesado, son dos fracciones de destilados medios vecinos de piso. Y
aquí está la clave: los límites entre ambos no son inamovibles.
Los técnicos de refinería pueden
mover los puntos de corte para estirar la fracción de queroseno, robando
moléculas que normalmente irían al depósito de un camión. Aunque existen
restricciones físicas: un queroseno con demasiadas moléculas pesadas podría
cristalizar a 10 000 metros, donde la temperatura cae por debajo de los -40ºC,
y la seguridad aérea es el primer árbitro del juego. Pero, dentro de esos
márgenes, hay flexibilidad operativa real. Siempre que se disponga de materia
prima: petróleo.
No obstante, esa flexibilidad no
es uniforme. En una refinería compleja se pueden romper las moléculas pesadas
para fabricar destilados medios extra a partir de fracciones que, de otro modo,
serían menos valiosas. La planta de hidrógeno se convierte así en el factor
limitante: sin hidrógeno suficiente para esa transformación y para los
hidrotratamientos posteriores, la flexibilidad operativa se acaba.
Y hay un competidor industrial
silencioso para esa misma fracción del barril: la fabricación de alquilbenceno
lineal, materia prima de los detergentes biodegradables y en la que España es
potencia mundial, también utiliza moléculas que de otro modo irían al queroseno.
Cuando las aerolíneas pujan por el combustible, los detergentes también pujan.
Hay que destacar que para la
optimización de la producción de refinerías se utilizan modelos de programación
lineal que integran miles de variables: los crudos disponibles, las
especificaciones de cada unidad y las señales del mercado.
Reabrir Ormuz no resolverá el
problema
Antes del conflicto, el golfo
Pérsico exportaba 400 000 barriles diarios de jet fuel –un 20 % del comercio
mundial– y, además, suministraba el crudo que refinan los grandes exportadores
asiáticos. Al cerrarse Ormuz, la doble dependencia europea se activó en
simultáneo (la del crudo y la de sus derivados ya refinados): Europa importaba
470 000 barriles diarios netos de queroseno, de los que hasta 375 000 procedían
del Golfo.
Y aquí hay una idea que no se ha
recogido bien: aunque Ormuz se reabriera mañana, la recuperación no sería ni
rápida ni completa: los daños militares a las refinerías clave han provocado
una pérdida estructural de oferta global de queroseno de 200 000 barriles
diarios en 2026, con un pico de 500 000 en el segundo trimestre.
El cuello de botella no es el
estrecho, sino la capacidad industrial destruida.
Crisis en los cielos de Europa
Casi dos meses después del inicio
de la guerra entre Estados Unidos-Israel e Irán, las aerolíneas europeas viven
su peor momento desde la pandemia: cancelaciones masivas, el precio del
queroseno se ha duplicado y hay una advertencia del comisario europeo de
Energía: el continente avanza “muy
rápidamente” hacia una crisis de suministro que podría obligar a cancelar
vuelos masivamente antes de que termine el verano.
En este contexto, la fotografía
española desentona. Por ahora, Iberia, Vueling y Air Europa no han anunciado
recortes y solo Volotea ha reducido sus vuelos (menos de un 1 %). Exolum –la
empresa logística que mueve la mayor parte de los productos desde las
refinerías– declara que la actividad de queroseno en marzo supera la del año
pasado, mientras las petroleras españolas señalan que sus refinerías están
operando al máximo.
No obstante, hay una distinción
crucial que hacer: seguridad de suministro no es lo mismo que inmunidad al
precio. Las aerolíneas españolas compran su combustible a precio de mercado,
que hoy está un 80 % por encima de los niveles de febrero. Que la refinería sea
española no abarata el billete, lo que hace es garantizar que el avión puede
despegar. Escasez y precio son dos problemas distintos que exigen soluciones
diferentes.
La paradoja regulatoria y el
talón de Aquiles
Hay un factor regulatorio europeo
que conviene conectar con la actual crisis energética. El Reglamento ReFuelEU
Aviation, vigente desde enero de 2025, obliga a los operadores comerciales a
repostar al menos el 90 % del combustible que necesitan en el aeropuerto europeo
de salida para impedir el tankering –cargar deliberadamente más o menos
combustible del necesario– como práctica de optimización de costes. Pero el
mismo reglamento permite excepciones cuando hay restricciones de disponibilidad
en destino.
Bruselas estudia activar entre
sus Estados miembros un mecanismo de reparto de queroseno, el plan
AccelerateEU. Si se pone en práctica, la capacidad productiva de España dejaría
de ser un activo nacional para convertirse en un recurso compartido y la
ventaja comparativa se diluiría por la vía de la solidaridad europea.
Jordi Hereu, ministro de
Industria y Turismo, ha resumido en una frase el talón de Aquiles español: “Podemos llenar los aviones en Málaga,
Barcelona o Madrid, pero también vivimos de que en Heathrow o Hannover puedan
llenar los aviones de queroseno”. España puede garantizar el combustible en
sus aeropuertos en los vuelos de vuelta, pero no que los de ida salgan de los
aeropuertos de origen de sus turistas (alemanes, franceses, británicos).
Una soberanía escrita en la
industria
La crisis del queroseno es un
recordatorio de que tener capacidad industrial de refino e infraestructura
logística doméstica son activos de seguridad nacional. No bastan los contratos
de suministro ni las reservas estratégicas si el sistema depende
estructuralmente de una cadena de valor que empieza y termina fuera de las
fronteras.
En los últimos años, Europa ha
cerrado o reconvertido sus refinerías en nombre de la eficiencia y la
transición ecológica, subcontratando implícitamente el refino a Oriente Medio y
Asia. El diseño fue racional para tiempos de paz y oferta abundante, pero en
tiempos de incertidumbre geopolítica ha resultado ser frágil. Y España, que
conservó y modernizó sus refinerías, tiene hoy uno de los sistemas más resilientes
del continente.
La crisis de Ormuz es un aviso
sobre en qué arena se jugará la siguiente ronda de seguridad energética. Esta
vez la respuesta no está en los mercados sino en las plantas industriales y en
los oleoductos.
Enrique Parra Iglesias

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