La curiosidad no envejece y la ciencia no debería ignorarlo
En Una historia verdadera (David Lynch, 1999), Alvin Straight atraviesa más de quinientos kilómetros subido a un viejo cortacésped para reconciliarse con su hermano enfermo. La imagen resulta casi absurda al principio. Un hombre anciano, con movilidad reducida y la vista deteriorada avanza lentamente por carreteras infinitas mientras el mundo entero parece moverse a otra velocidad.
Lynch convierte esa lentitud en
una forma de conocimiento. A cada parada, Alvin habla poco y escucha mucho.
Cuando lo hace, sus palabras tienen el peso de los años. En ellas, la guerra,
la familia, la culpa y la pérdida encuentran su lugar. Sencillamente, ha vivido
mucho.
Ahí se revela una de las grandes
cegueras de nuestra época, en la que confundimos rapidez con inteligencia y
juventud con capacidad de aprender. Mientras la sociedad celebra la velocidad,
las personas mayores siguen caminando con algo mucho más difícil de adquirir:
la perspectiva.
Leonard Cohen escribió en su
canción Anthem que “there is a crack in
everything, that’s how the light gets in” –en todo existe una fractura, así
es cómo penetra la luz–. La vejez también está llena de grietas y, sin embargo,
a menudo olvidamos que es en esta etapa donde más vivencias y sabiduría se
acumulan.
La edad, lejos de restar valor,
se convierte en uno de los lugares donde el conocimiento adquiere más
sustancia. ¿Por qué seguimos entonces construyendo buena parte de nuestras
actividades culturales, educativas y científicas como si la curiosidad tuviera
fecha de caducidad?
Aprendizaje durante toda la vida
El envejecimiento poblacional es
uno de los grandes fenómenos estructurales del siglo XXI. La Organización
Mundial de la Salud estima que, para 2050, más de una quinta parte de la
población mundial superará los 60 años.
Sin embargo, esta nueva realidad
convive todavía con una interpretación de la vejez asociada a la dependencia,
el deterioro y la pasividad. Bajo el término edadismo se agrupan los
estereotipos, prejuicios y prácticas discriminatorias basadas en la edad. Estas
representaciones no solo afectan a la percepción social de este colectivo;
condicionan también las oportunidades que se les ofrecen para participar en la
cultura, el aprendizaje o la generación de saberes.
En este contexto, el paradigma
del lifelong learning –aprendizaje durante toda la vida– adquiere una
relevancia especial al postular que la formación no pertenece a una etapa
concreta de la vida, sino que debe acompañarnos siempre. Garantizar
oportunidades formativas en todas las edades no solo refuerza la autonomía y
favorece la inclusión social, sino que ayuda a mantener viva la actividad
intelectual.
¿Dónde queda la ciencia para
mayores?
Durante décadas, la comunicación
pública de la ciencia ha invertido enormes esfuerzos en escolares, jóvenes y
familias. Museos, festivales y talleres científicos se diseñan mayoritariamente
para ellos. Mientras tanto, las personas mayores apenas aparecen como público
prioritario de estas actividades, a pesar de ser uno de los colectivos con
mayor tiempo y disposición al diálogo.
Precisamente por su carácter de
aprendizaje no formal, la divulgación científica podría ocupar un lugar central
en la vida cultural de la población mayor, con espacios para actualizar
conocimientos, sostener la curiosidad y fortalecer el vínculo con la
ciudadanía.
Ahora bien, cuando la ciencia se
dirige a las generaciones de mayores, suele arrastrar una forma de
infantilización sutil que pasa desapercibida. El término elderspeak define ese
lenguaje excesivamente simplificado, sobreexplicativo o paternalista que se
utiliza con las personas mayores, incluso de forma inconsciente. Se manifiesta
en gestos cotidianos, como bajar la voz innecesariamente, abusar de
diminutivos, explicar obviedades o asumir limitaciones cognitivas que no
existen. Este tipo de habla deteriora la autoestima y empobrece la calidad de
la comunicación.
Este fenómeno pone de manifiesto
un error de fondo: hacer accesible el conocimiento no significa simplificarlo
hasta vaciarlo de sentido. Significa construir lo que la teoría de la
comunicación denomina horizontalidad comunicativa, una relación basada en la
reciprocidad, el respeto y el reconocimiento mutuo.
Y es aquí donde la paradoja se
hace evidente. Pocos grupos sociales han acumulado tanta memoria del cambio
como las actuales generaciones mayores. Han visto cómo la ciencia alargaba la
vida con antibióticos, cómo la televisión transformaba los salones, cómo el ser
humano llegaba a la Luna, cómo internet comprimía el mundo y cómo la
inteligencia artificial empieza ahora a reescribirlo.
En una época dominada por
pantallas, algoritmos y flujos constantes de datos, el colectivo de personas
mayores está en una posición privilegiada para recordarnos que conocer no
consiste únicamente en coleccionar información, sino en otorgarle sentido.
La Tercera Ciencia: práctica e
investigación
La Tercera Ciencia, un proyecto
de las universidades de Murcia y Valencia, lanza una propuesta singular. No
solo divulga ciencia con personas mayores; investiga cómo se relacionan con
ella. Es, a la vez, práctica e investigación.
La iniciativa reunió a 150
personas de 65 años en dos macroeventos celebrados en Murcia y Valencia, donde
convivieron cuatro monólogos científicos centrados en neurociencia,
envejecimiento saludable, sueño y alimentación, junto a cuestionarios
secuenciales y once grupos focales simultáneos. El diseño metodológico combinó
herramientas cuantitativas y cualitativas para observar no solo cuánto
comprendían, sino cómo interpretaban, relacionaban y daban sentido a lo
escuchado.
Los resultados son reveladores
porque cuestionan numerosos prejuicios. Lejos de confirmar los estereotipos,
muestran altos niveles de interés por la ciencia, una fuerte percepción de
utilidad práctica y una clara demanda de actividades específicamente pensadas
para ellos.
Las personas mayores valoran
especialmente la cercanía, la posibilidad de intervenir y el lenguaje claro,
pero no simplista. No quieren ser espectadores. Quieren ser interlocutores. Y
eso cambia todo.
Porque, como explica la teoría de
la apropiación social del conocimiento, la ciudadanía no incorpora la ciencia
únicamente recibiendo información, sino integrándola en su experiencia,
reinterpretándola y poniéndola en diálogo con su vida cotidiana.
Lo que sabe el tiempo
En el poema Ítaca, Konstantínos
Cavafis aconsejaba desear un camino largo, lleno de aventuras, conocimientos y
descubrimientos. El viaje importa más que la llegada. Es quizá la vejez el
tramo del camino desde el que mejor se entiende el paisaje.
Hoy vivimos rodeados de
información, pero escasos de contexto. Obtenemos más datos y comprendemos menos
relaciones. Consumimos titulares como quien bebe agua salada y descubre que,
cuanto más bebe, más sed siente.
Tal vez por eso la ciencia necesita algo que la
población mayor puede ofrecer con especial claridad. Ese conocimiento que no
aparece en los manuales, pero que permite distinguir lo importante de lo
urgente, lo nuevo de lo superficial y lo complejo de lo simplemente complicado.
Alvin
Straight tampoco emprendió su viaje solo para llegar, sino para recorrerlo con
todo lo que la vida le había enseñado.
Ahí reside también el verdadero
valor de la vejez: no en seguir acumulando respuestas, sino en saber qué
preguntas importan y en aportar esa mirada imprescindible a una conversación
científica que necesita de su experiencia para entender mejor el mundo que
intenta explicar.
Delfina
Roca Marín
Soledat Rubio Candel

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