¿Había grafiteros en la Edad Media?
El término italiano graffiti pulula en el imaginario colectivo asociado a la Historia del Arte contemporáneo. Artistas como Jean-Michel Basquiat (1960-1988), Keath Haring (1958-1990), Shepard Fairy (OBEY) y, más recientemente, el ya no tan anónimo Banksy han contribuido ampliamente a la popularidad de esta forma de expresión artística.
Sin embargo, el grafiti no se
trata de un fenómeno reciente en el tiempo ni sus técnicas se limitan al uso de
un spray.
Antes del aerosol
El origen del grafiti se remonta
a los periodos más remotos de la humanidad y los soportes y métodos empleados
desde entonces han sido de lo más variado. Los pigmentos naturales, las tintas,
los carboncillos y los instrumentos metálicos fueron las herramientas más
utilizadas.
Los
hombres del Paleolítico grababan en los muros de las cuevas figuras humanas y
animales.
Incluso
usaban como stencil (parecido a una plantilla) sus propias manos aplicando los
pigmentos alrededor de ellas.
Los
antiguos egipcios dejaron muestra de su sentido del humor sobre templos y
tumbas de época faraónica también en forma de grabado. Las paredes de la ciudad
romana de Pompeya fueron el soporte de pintadas de carácter político y de
mensajes sexuales demasiado explícitos.
Y, aunque podríamos seguir enumerando
casos a lo largo de la historia, nos detendremos en la Edad Media.
Los casi mil años que duró este
periodo nos han dado ejemplos de todo tipo que demuestran que el grafiti
formaba parte de la cotidianidad de la población. Castillos, monasterios, cuevas
o necrópolis conservan numerosos testimonios de ello.
Será por cruces
La
cruz fue uno de los motivos más grafiteados durante la Edad Media. Como emblema
de la fe cristiana, es lógico que abunde en los espacios religiosos. Sin
embargo, dependiendo de donde fuese colocada, tenía un propósito u otro.
Por
ejemplo, en los muros exteriores de la iglesia de Santa María en Quitanilla de
las Viñas (Burgos) se trazaron más de una veintena de cruces para santificar y
señalar los enterramientos que se realizaron a su alrededor.
También
se grabaron en muchas piezas litúrgicas, sobre todo en los altares. En la
religión cristiana el altar y la cruz son dos elementos relacionados con el
sacrificio de Jesús. Pero, además, en el caso de los pequeños altares
portátiles cumplía una función práctica. Para que fuera más sencillo oficiar la
misa en cualquier parte, la cruz grabada sustituía a la cruz física que siempre
debía colocarse cuando este sacramento era celebrado. De esta manera solo era
necesario trasladar el altar.
Esta es la solución que
utilizaron en el ara de la ermita de las santas Centola y Elena de Siero
(Valdelateja) que se conserva en el Museo de Burgos.
Monjes atrevidos
Casi nunca sabemos quieres fueron
los autores de los grafiti pero, a veces, hay indicios que nos permiten
intuirlo. De hecho, en algunas iglesias eran los propios monjes los que los
realizaban, ya que se encuentran en lugares a los que solo ellos podían
acceder.
Esto es lo que ocurrió en las
paredes del coro de la iglesia de Santiago de Peñalba (Peñalba de Santiago,
León), que fueron cubiertas con una gran variedad de grafiti incisos. Entre
ellos, llaman la atención dos leones con las cabezas vueltas hacia su lomo y la
lengua fuera, una escena de caza y varias figuras humanas vestidas como los
obispos de las miniaturas de la época.
En
otras ocasiones, grafiteaban sobre superficies mucho más difíciles de alcanzar.
Por ejemplo, sobre uno de los arcos del interior de la iglesia del monasterio
de San Miguel de Escalada (León) se escribieron los nombres de dos monjes:
Monioni y Fructuoso.
Es muy posible que lo hicieran
cuando la iglesia estaba en construcción, antes de que las piedras fueran
colocadas en su lugar, aunque también pudieron subirse a uno de los andamios de
la obra y hacerlo desde allí arriba.
Más vale prevenir
Los peligros y los miedos eran
frecuentes entre el mundo medieval. Algunos objetos eran utilizados como
amuletos y talismanes; incluso solía enterrarse a los difuntos con ellos.
Esta necesidad de protección
llevó también a grafitear símbolos mágicos sobre las arquitecturas, utilizando
formas universales como las estrellas de cinco puntas o los nudos de Salomón.
Las entradas eran un lugar idóneo
para colocarlos, ya que protegían a quienes las atravesaban. Una prueba de ello
se encuentra en las dovelas de una de las puertas de la iglesia de San Pedro de
Tejada (Burgos), sobre las que se grabaron dos grandes nudos de Salomón. En
este caso funcionarían como elementos protectores exclusivamente para los
monjes, ya que ese era un acceso reservado para la comunidad religiosa.
A
diferencia de la estigmatización actual, el grafiti medieval nunca fue
entendido como un acto vandálico o marginal, sino una conducta habitual de la
población.
Se
practicaba con total libertad sobre construcciones civiles, religiosas y
objetos sagrados.
Muchos años antes de que TAKI 183
escribiera su nombre en las calles de Nueva York, algunos monjes ya taggeaban
los suyos en las piedras buscando permanecer en el tiempo.
Al final, nada nuevo bajo el sol.
Vanessa
Jimeno Guerra

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