¿Por qué seguimos celebrando la noche de San Juan?
La fecha no es casual. En torno
al 21 de junio tiene lugar el solsticio de verano, cuando la luz alcanza su
plenitud en el hemisferio norte. Desde ese instante los días comienzan a
menguar.
El
cristianismo incorporó esa fecha a su calendario al celebrar la natividad de
san Juan Bautista el 24 de junio, seis meses antes de la Navidad. En el
Evangelio de Juan, el Bautista afirma: “Conviene
que él crezca y que yo disminuya”.
San Agustín interpretó estas
palabras en clave cósmica: Juan nace cuando la luz empieza a decrecer; Cristo,
cuando los días vuelven a crecer.
La significación cristiana de la
fecha no borró antiguas celebraciones estacionales ligadas a la luz, el fuego y
la renovación de la naturaleza. Su huella puede rastrearse incluso en algunos
motetes polifónicos del siglo XIII dedicados a san Juan Bautista, donde
aparecen referencias a hogueras y fiestas comunitarias.
El liturgista parisino Jean
Beleth describía ya en el siglo XII los fuegos de la víspera, mientras diversos
sínodos condenaban supersticiones asociadas a esa misma noche.
Fuego y agua: la materia del rito
El fuego ocupó durante
generaciones el centro de la fiesta. En torno a la hoguera se reunían familias
y comunidades para afrontar la incertidumbre del año que comenzaba. Quemar y
saltar las llamas significaba dejar atrás el mal.
Por
eso los fuegos solsticiales han perdurado con tanta intensidad.
En
los Pirineos, estas fiestas, reconocidas por la UNESCO como Patrimonio Cultural
Inmaterial de la Humanidad, conservan una imagen poderosa: la llama desciende
desde la montaña hasta el corazón de la comunidad.
En Alicante, las Hogueras de San
Juan transforman esa herencia en una de las grandes fiestas del fuego del
Mediterráneo.
El agua constituye el otro gran
símbolo de la noche, ya que podía sanar, proteger y renovar. Tampoco resulta
casual que estas creencias quedaran vinculadas a Juan el Bautista, que bautizó
a Cristo en el río Jordán y convirtió el agua en uno de los grandes símbolos de
purificación del cristianismo.
Numerosas
tradiciones atribuyeron a la madrugada de San Juan virtudes curativas,
capacidad para favorecer la fertilidad o alejar el mal.
En algunas zonas gallegas pervive
el llamado rito de las nueve olas: las mujeres que deseaban concebir recibían
sobre el cuerpo nueve embates del agua en la playa, convencidas de que este
rito favorecía la maternidad.
Hierbas, curanderas y saber
doméstico
Ningún aspecto refleja mejor la
unión entre naturaleza y creencia que las hierbas. Se pensaba que determinadas
plantas alcanzaban en esa madrugada su máxima eficacia. La hora de la recolección
resultaba decisiva: debían cortarse antes de la salida del sol o permanecer
toda la noche al sereno.
La
verbena, la artemisa, la ruda, el romero, el hinojo, el saúco, el malvavisco y
el nogal aparecen en distintas tradiciones como plantas protectoras. Entre
todas ellas destaca el hipérico, conocido precisamente como hierba de San Juan.
Sus flores amarillas evocan el
sol, mientras que el tono rojizo que desprenden al ser presionadas favorece la
asociación simbólica con la sangre del Bautista.
En la Edad Media se atribuyó al
hipérico la capacidad para combatir maleficios y enfermedades. Por este motivo
recibió el nombre de fuga daemonum, “huida
de los demonios” y se colgaba en puertas, ventanas y establos como medida
de amparo frente a fuerzas consideradas malignas.
En este contexto adquieren
especial relevancia las curanderas y las ensalmadoras. Su saber reunía
experiencia práctica, conocimiento de plantas, fórmulas religiosas y
calendarios rituales. San Juan era una fecha privilegiada para que estas
mujeres actuaran en beneficio de la comunidad.
Amor, brujería y literatura de la
noche
Junto a la salud y la
preservación del hogar, el amor también era protagonista.
Las llamadas “suertes de San Juan”, pequeños rituales
de adivinación muy populares en la Europa tradicional, ocupaban un lugar
destacado entre las prácticas de esa noche. Una clara de huevo vertida en un vaso de agua podía formar al
amanecer figuras interpretadas como presagios del porvenir.
También se podían colocar papeles
con nombres bajo la almohada para intentar descubrir la identidad del futuro
enamorado. Las velas, espejos o recipientes de agua permitían formular
preguntas sobre el destino sentimental.
Junto a estas prácticas existía
una magia más activa. Los filtros amorosos, los nudos y los amarres pretendían
atraer a la persona deseada, recuperar una relación perdida o favorecer una unión.
La vinculación de la noche de San
Juan con la brujería era evidente. Se creía que a medianoche lo oculto podía
manifestarse con mayor facilidad y determinadas acciones adquirían una eficacia
extraordinaria.
A finales de la Edad Media,
tratados como el Malleus Maleficarum, el más influyente manual europeo de
persecución de la brujería, reforzaron la identificación entre determinadas
prácticas populares y la figura de la bruja. Sin embargo, muchas de las
acciones asociadas a la noche de San Juan pertenecían al ámbito de la
religiosidad popular, la medicina doméstica y las creencias transmitidas dentro
de las comunidades rurales.
La
literatura conservó con especial intensidad esta tradición.
En el romancero, la mañana de San
Juan aparece como un momento propicio para la irrupción de lo extraordinario.
Shakespeare transformó ese imaginario en hadas, bosques encantados y filtros
amorosos en El sueño de una noche de verano. En ambos casos, la fecha funciona
como un umbral narrativo: durante San Juan, el orden cotidiano parece perder
consistencia y lo imposible se vuelve verosímil.
Una noche que todavía cambia
La
vitalidad de esta fiesta sigue manifestándose a nivel mundial.
Conviven
celebraciones tan diversas como el Midsommar escandinavo, centrado en la celebración
del solsticio, con las fiestas juninas de Brasil, que han trasladado al otro
lado del Atlántico buena parte del imaginario sanjuanero.
Las
tradiciones eslavas de Iván Kupala, equivalente oriental de la noche de San
Juan, conservan uno de los símbolos más bellos de esta celebración.
Según la leyenda, la flor del
helecho brota una sola vez al año y concede riqueza o sabiduría a quien
consigue encontrarla. Pero los helechos no florecen; precisamente por eso la
historia resulta tan poderosa. La flor inexistente expresa la promesa más profunda
de San Juan: la búsqueda de aquello que se sabe casi inalcanzable.
Cada 23 de junio creemos celebrar la llegada del
verano. Sin embargo, bajo las hogueras, los baños nocturnos, las hierbas y los
deseos sigue latiendo la convicción de que existen momentos privilegiados del
calendario, capaces de poner en contacto el mundo visible con aquello que
escapa a nuestra comprensión.
Quizá por eso la noche de San Juan continúa siendo
una de las grandes noches simbólicas en todo el mundo.
Anna Peirats
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