¿Vale lo que cuesta?: lo que no se ve tras el precio de una taza de café.
“¿Me pone un café?”. Una de las acciones más cotidianas de nuestra vida se ha encarecido notablemente en los últimos años y, aunque muchos consumidores perciben esta subida, pocos se preguntan qué hay detrás del precio de una taza.
El café es uno de los productos
agrícolas más globalizados del mundo y su precio depende de una cadena que va
del cafetal a la cafetería (o a nuestra cafetera). Por eso, cuando pagamos una
taza no solo pagamos el café que bebemos.
¿Robusta o arábica?
Empecemos
por subrayar que no todo el café es igual. En el mercado global predominan dos
grandes variedades: arábica y robusta.
El
arábica, más valorado por su perfil aromático, domina los segmentos de mayor
calidad.
El
robusta, más económico, se utiliza sobre todo en mezclas comerciales, expreso y
café soluble.
A ello se suma la diferencia
entre el café convencional (el del “café
con leche en vaso”) y el de especialidad en el que origen, trazabilidad y
calidad sensorial justifican precios superiores.
Tampoco el aumento de precios les
afecta del mismo modo. Desde 2021, buena parte del aumento internacional de
precios ha estado vinculado precisamente a fenómenos climáticos adversos que
han reducido la oferta de café, especialmente el arábica.
Sin embargo, el clima no lo
explica todo: el precio responde también a qué interpretan los mercados
internacionales que puede ocurrir en los próximos meses.
El café en los mercados financieros
Como otras materias primas, el
café también cotiza en mercados internacionales mediante contratos de futuros.
Es decir, no solo se negocia el café disponible hoy, sino las expectativas
sobre oferta, costes y riesgos futuros. De hecho, en 2026 las perspectivas de
una cosecha brasileña más abundante han moderado las cotizaciones de los
futuros a la baja. Sin embargo, ese ajuste no se traslada de inmediato al
consumidor (y no siempre llega a hacerlo).
Otro factor clave ha sido el
aumento de los costes agrícolas, agravado por tensiones geopolíticas y el
encarecimiento de fertilizantes. La Organización Internacional del Café
advierte de que esta situación afecta especialmente a los pequeños productores,
que tienen márgenes muy reducidos.
De la mata a la mesa
A
todo esto se suma el componente logístico.
El
café se produce principalmente en América Latina, África y Asia, pero se
consume mayoritariamente en Europa y Estados Unidos.
La
pandemia, el encarecimiento energético y los cuellos de botella han disparado
los costes de transporte. Además, la cadena de valor del café no termina en el
tostador, ni en el supermercado.
En las últimas dos décadas, una
parte creciente del valor económico del sector cafetero se ha desplazado hacia
“la experiencia de consumo”,
transformando esta bebida cotidiana en un producto cultural, social y
aspiracional.
A nivel global han proliferado
las cafeterías especializadas, impulsando un modelo de negocio en el que el
consumidor no paga por el café sino por el entorno y la experiencia sensorial.
Este modelo es la evolución natural de la revolución en el consumo de café que
supuso la aparición y crecimiento de cadenas de cafeterías como Starbucks,
Costa Coffee o Tim Hortons.
Paralelamente,
el sector ha vivido un fenómeno aparentemente opuesto, pero igualmente
transformador: la industrialización de la experiencia del café en el hogar.
Grandes compañías como Nestlé han
transformado el consumo de café mediante el desarrollo de cápsulas monodosis de
uso doméstico.
En ambos modelos, una parte
creciente del valor económico se desplaza desde el grano hacia la facilidad de
acceso, la tecnología, la marca y la experiencia. Es así como el café atraviesa
una larga cadena antes de llegar a la taza, y cada eslabón añade costes,
transforma el producto y captura parte del margen económico.
Sin grano no hay café
Hay
una realidad que conviene no perder de vista: que el precio internacional del
café suba no implica necesariamente mayores beneficios para sus productores.
Mientras que las grandes empresas
pueden diversificar sus riesgos, negociar precios a gran escala y aplicar
instrumentos financieros para protegerse de las fluctuaciones en los precios,
los mayores riesgos siguen recayendo sobre la base de la cadena de valor
cafetera.
Millones de pequeños caficultores
–muchos en economías en desarrollo con fragilidad institucional, baja
productividad y limitada capacidad de negociación– afrontan la incertidumbre
climática, la volatilidad de precios y un incremento constante en los costes,
con escasos márgenes financieros.
La
asimetría es evidente: quienes más dependen del café suelen ser quienes menos
herramientas tienen para protegerse.
En este contexto han cobrado
fuerza las cooperativas, asociaciones de productores y esquemas de comercio
justo que buscan reducir la intermediación, mejorar el poder negociador de los
agricultores y favorecer una distribución más equilibrada del valor generado.
Porque, aunque una cafetería de
especialidad o una cápsula premium expliquen parte del precio final, conviene
recordar que sin productores, sin cafetales y sin granos, simplemente no hay
café.
Emma
Juaneda Ayensa
Ingrit Moya Burgos

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