Del oro romano a los recursos críticos: la nueva fiebre de los metales.
La Historia Natural de Plinio el Viejo es, para muchos, la primera enciclopedia de la historia, y la obra de referencia sobre “la naturaleza de todas las cosas”, como él mismo decía, al menos hasta el Renacimiento, aunque el texto le deba más a la tradición literaria que a la observación y la investigación.
Los
años no pasan en balde para textos como este. Plinio no es uno de los clásicos
más leídos, pero de los 37 libros que componen esta vastísima obra, con más de
20 000 referencias y más de 400 autores citados, hay uno de ellos que parece
haber recuperado actualidad en estos últimos años.
Es
el libro XXXIII, dedicado en buena medida al oro y la plata.
En él, el autor le dio al oro un
valor especial como símbolo de la codicia y el poder, y que, en nuestro tiempo,
vuelve a ser una pieza central de la geopolítica.
La
dominación del orbis terrarum (“la
totalidad del mundo conocido”) es una constante en la retórica romana:
suponía la capacidad del imperio para “alcanzar
los límites del mundo”.
Para Plinio, era el afán romano
por hacerse con el preciado metal lo que los llevó a “bajar a las entrañas de la tierra”. El escritor, que en sus textos
se preguntaba hasta dónde penetraría la codicia humana , interpretaba la
expansión de la minería como una consecuencia de la avaricia y de la búsqueda
de riqueza.
El poeta Virgilio escribió que
era el hambre de oro (auri sacra fames) lo que convertía este metal en un motor
político y moralmente corrosivo. En aquella época, el valor de este metal
precioso se debía a su gran resistencia al fuego y a la corrosión, y a su
capacidad de mantener su peso y calidad, lo que lo hacía muy cotizado para la
acuñación de moneda.
El regreso a una geopolítica
colonial por los recursos
Para
los romanos, conseguir oro constituyó también un incentivo para conquistar
territorios.
Lo fue en el noroeste hispano:
tan solo en las romanas Asturia, Gallaecia y Lusitania se producían anualmente
20 000 libras de peso en oro, aproximadamente unas 6,5 toneladas métricas.
También se obtenía en otras regiones, como la provincia romana de la Dacia
Trajana (actual Rumanía), convirtiéndose en un metal estratégico para el
Imperio.
Dos
mil años más tarde, el oro conserva su papel de “valor refugio”.
No
porque su precio permanezca estable –es en condiciones extremas del mercado, de
hecho, cuando se mantiene más estable–, sino porque es líquido (o sea, se puede
convertir fácil y rápidamente en dinero en efectivo) y no depende de la solvencia
de un emisor concreto.
Esta
condición brinda tranquilidad a los mercados mundiales, lo que hace que aumente
su demanda en tiempos de inestabilidad política y económica.
No
obstante, recientes conflictos armados, como la invasión rusa a Ucrania, el
conflicto en Oriente Medio y la crisis energética global, han derivado en que
los bancos centrales de las grandes potencias, como Estados Unidos o China,
hayan intensificado la compra de oro como una estrategia ante los grandes
vaivenes de las economías y la inestabilidad geopolítica.
Se trata de una forma de liberar
activos y reforzar la búsqueda de diversificación, liquidez y protección frente
a riesgos financieros y tensiones geopolíticas.
Esta
situación ha llevado a una gran subida del precio de este metal, hasta superar
en el primer trimestre de 2026 los 4 500 dólares por onza.
Un incremento vertiginoso,
similar al que se vivió en enero de 1980 como resultado de la segunda crisis
del petróleo y la revolución iraní, y que supuso una subida interanual nominal
cercana al 140 % (más de lo que subió el precio del petróleo en ese mismo
periodo).
Pero,
a diferencia de entonces, ahora la subida del oro ha derivado en una demanda a
corto plazo entre los pequeños ahorradores, que buscan aprovechar el alza.
Esta estrategia podría poner en
riesgo la condición del metal como “valor
refugio”, pues las compras y ventas rápidas contribuyen a una mayor
volatilidad y lo convierten en un activo sujeto a movimientos especulativos.
Javier
Fernández Lozano
Enrique
Ferrari

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