Los jueces y las ganas de matar
Que se corrompan los partidos, que los sindicatos mayoritarios pacten con la patronal, que nos enjaulen la libertad, vale, pero que no nos roben la risa. El día en que nos roben la risa, nos darán ganas de matar.
Se llama María Vanesa Díez la
jueza que presidió el tribunal de instancia de Valladolid que condenó a la
revista El Jueves por nombrar Gilipollas del Año a Polonia Castellanos,
presidenta de Abogados Cristianos. Estos jueces nuestros nos están haciendo la
vida imposible.
Primero nos arrebataron la
ilusión de regeneración política aplastando a golpe de lawfare la germinación
de Podemos, mientras a los delincuentes fascistas les aplicaban el lawlove con
togas y a lo loco.
Poco a poco (no son muy rápidos),
fueron comprendiendo las inmensas posibilidades que les brindaba la Ley mordaza
para abortar también la movilización social, y empezaron a meter en la trena a
los amigos de Chanquete por entonar el No nos moverán.
Una vez desilusionados y
desmovilizados, ahora nos quieren arrebatar la risa.
Vivimos en un país en el que
circunspectos diputados y senadores vocean sin pudor que el presidente elegido
democráticamente es un golpista, un hijo de puta, que su esposa es un señoro
disfrazado, y a nuestros jueces les parece bien.
Pero
distinguir a Polonia Castellanos como Gilipollas del Año es digno de condena
judicial.
Quizá
es que la jueza, celosa, aspira a que la nombren a Gilipollas del Siglo.
Lo
digo presuntamente, claro.
No me vayan a condenar a cadena
perpetua en la silla eléctrica, con lo cara que está la luz.
En este último barómetro de abril
de 2026, las pornotogas muy cortas solo parecen inquietar a un 0,6% de los
ciudadanos. Si esto es verdad, pobre Quevedo y pobres españoles
La
ciencia, la cultura y el sentido del humor son desde siempre los mayores
enemigos del totalitarismo. Sobre todo del religioso o meapilas, que es el que
encarnan Polonia Castellanos y sus acólitos.
Su
fe viene de fétido, de feudal, de feroz, de felpudo.
Son
la Inquisición.
Y serían solo una anécdota
pintoresca de la vieja España si no contaran con la complicidad de una
judicatura de mayoría inquisidora que admite a trámite sus delirantes y
fascistas acusaciones.
Lo de los jueces españoles viene
de largos siglos. Aun hoy son vigentes y hasta millenials aquellos feroces
versos del soneto de Francisco de Quevedo dedicados A un juez mercadería:
No sabes escuchar ruegos baratos,
y solo quien te da te quita
dudas;
no te gobiernan textos, sino
tratos.
Pues que de intento y de interés
no mudas,
o lávate las manos con Pilatos,
o, con la bolsa, ahórcate con
Judas.
Es
curioso que, en las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas, la
preocupación por la corrupción judicial y sus togadas anomalías sea ignorada o
solo planteada muy genéricamente.
A lo mejor me falla la memoria,
pero creo que nuestro poder togado solo fue objeto noticiable por el CIS justo
antes de que la sentencia de la Gürtel acabara con el gobierno de Mariano Rajoy
y facilitara al mefistofélico Pedro Sánchez alcanzar la presidencia.
Entonces,
junio de 2018, en solo un mes, los españoles preocupados por las imperfecciones
de nuestra administración de justicia pasaron del 2,9 al 6,8%.
Qué casualidad que cuando la
justicia acecha a nuestras derechas, crezca la animadversión contra la
justicia.
La corrupción no está en nuestra
clase política ni en nuestros empresarios (que también). La corrupción solo es
posible bajo el amparo de los jueces
En este último barómetro de abril
de 2026, las pornotogas muy cortas solo parecen inquietar a un 0,6% de los
ciudadanos. Si esto es verdad, pobre Quevedo y pobres españoles.
La corrupción política solo es
posible con la complicidad de la corrupción judicial, que prolonga casos de la
derecha hasta que están casi olvidados (12 años de la Púnica sin sentencia, 10
años de las Eólicas en Castilla y León, 17 de varias tramas de la Gürtel, el
caso Montoro de compra de un Gobierno en el limbo mediático y judicial, la
Kitchen cuando Jorge Fernández Díaz, por viejo, ya no puede ser encarcelado….),
y acelera estupideces contra la izquierda como el bebé de Irene Montero, las
Granadinas de Pablo Iglesias, o el enriquecimiento desproporcionado de Begoña
Gómez, cobrando 17.000 euros por dos años de trabajo, según los informes de la
UCO.
La
tía se llevó 23 euros por día.
Es
la corrupta más torpe que yo he conocido.
Seguro que se llevaba los dinerales
desde Ferraz en bolsas plástico, monedas de céntimo.
La
corrupción no está en nuestra clase política ni en nuestros empresarios (que
también).
La
corrupción solo es posible bajo el amparo de los jueces.
Me encantaría que fuera público
también el patrimonio de nuestros jueces. En el Tribunal Supremo, cobran
125.000 euros brutos al año. No es demasiado. Hasta me parece poco.
Los
grandes cargos de la judicatura están sometidos al portal de transparencia.
Pero el juez Peinado (el de Begoña Gómez) tiene un chalet de lujo en las
afueras de la localidad abulense de La Adrada. La finca posee licencia solo
como almacén, pero allí se eleva un chalet de dos plantas con gran parcela y
piscina.
Por
tanto, su valor catastral como almacén debe de ser una verdadera mierda.
¿Cómo
declara el desmelenado juez Peinado ese chalet?
¿Por
cuánto, si como almacén no vale nada?
Son aquellas pequeñas cosas, que
diría Joan Manuel Serrat. Pero no dejan de ser triquiñuelas que permiten cobrar
ilegalmente por lo legal y que no conste en tu patrimonio.
Pero
lo que más me preocupa es que los jueces ya me arrebaten la risa. “Quítame el pan, el aire, / la luz, la
primavera, / pero tu risa nunca / porque me moriría”, escribía Neruda.
Yo
solo quiero hacer reír.
Escribo
para hacer reír, aunque la realidad suene a tristeza.
Y la condena contra El Jueves me
parece no un atentado contra la libertad de expresión, sino contra la risa.
El
arma más feroz e implacable que conservamos los igualitarios y pacifistas es la
risa, ya que con la justicia y con la falsa democracia no contamos.
Que
se corrompan los partidos, que los sindicatos mayoritarios pacten con la
patronal, que nos enjaulen la libertad, vale, pero que no nos roben la risa.
El día en que nos roben la risa,
nos darán ganas de matar.
Aníbal
Malvar

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