Cuando la sospecha se vuelve costumbre: anatomía de la desconfianza social.
Todos
hemos notado que el ambiente ha cambiado en la calle y en la sociedad durante
las últimas décadas.
No es tan común que los niños
vayan solos al colegio –ni que todo el vecindario esté pendiente de su
recorrido–, que la gente se relacione de forma cercana con quienes habitan su
mismo edificio o que hablemos de forma cándida con un desconocido. De forma
orgánica parecemos estar más a la defensiva.
El
siglo XXI comenzó con una llamada de atención del sociólogo Zygmunt Bauman: las
relaciones interpersonales se han vuelto líquidas. Eso significa que nos cuesta
comprometernos, conservar nuestros vínculos personales o ser plenamente
generosos en ellos.
Y además, en 2026, el mundo
parece haberse vuelto más ideológico y polarizado (al estilo de los
totalitarismos del siglo XX). En el ámbito social, e incluso familiar, la
premisa es, en numerosas ocasiones, la “desconfianza”.
El tránsito del escepticismo a la
sospecha horizontal
Tradicionalmente,
la teoría social distinguía entre la confianza institucional y la
interpersonal. La primera se quiebra cuando percibimos que las estructuras de
poder actúan sin integridad, permitiendo que la corrupción permee las esferas
públicas.
Por ejemplo, en Europa vivimos
una realidad que peligrosamente se aproxima a ese rechazo a las instituciones,
pero todavía estamos lejos de la desconfianza que pueden provocar algunos
regímenes autoritarios que basan sus interacciones con los ciudadanos en un intercambio
de intereses por necesidades (como se ve, por ejemplo, en el Brasil de la
dictadura retratado en la película El agente secreto).
Sin embargo, el fenómeno
contemporáneo más alarmante es que este recelo se haya desplazado hacia el
plano horizontal. La dinámica social ha hecho que la desconfianza exceda hoy el
ámbito político (cuyo máximo exponente es la dinámica de partidos) y mediático
(la prevalencia de las fake news) para recaer directamente sobre el “otro”, que aparece como amenaza latente.
Este
deterioro de la disposición a cooperar con desconocidos, o a interpretar al
discrepante con buena fe, dificulta los vínculos sociales básicos, la amistad
cívica y, en definitiva, la cohesión social.
Varios análisis e investigaciones
han documentado precisamente cómo la “vida
en la mentira” y la delación obligatoria destruyen la psique colectiva.
En la actualidad, aunque en la
mayoría de los países de Occidente no vivimos bajo sistemas totalitarios, la
polarización afectiva genera una dinámica de vigilancia en la que el odio y el
miedo predominan sobre el reconocimiento mutuo.
La simplificación algorítmica y
el refugio en el grupo
La desconfianza social es un
fenómeno cultural y afectivo alimentado por las redes sociales. La
investigación sociológica reciente indica que la identidad grupal y los afectos
partidistas distorsionan nuestra percepción de los hechos. Los algoritmos de
recomendación refuerzan la pertenencia al grupo propio y favorecen la
circulación de contenidos engañosos que validan nuestros sesgos y prejuicios.
Desde una perspectiva
psicológica, la desconfianza primero y la polarización extrema después se
apoyan en narrativas binarias nosotros/ellos que simplifican la complejidad
social. Esta clasificación de las personas nos previene ante quien no comparte
nuestras etiquetas, un fenómeno que ha penetrado incluso en el ámbito familiar,
donde las diferencias obligan al silencio o rompen vínculos primarios.
La trampa de la ingenuidad y el
valor de la vulnerabilidad
Por otro lado, cuando sustituimos
la pregunta sobre la identidad (“¿quién
eres?”) por la pregunta del bando (“¿de
qué lado estás?”), la vida común se empobrece drásticamente. El otro queda
“cosificado”, lo encajonamos en
derecha o izquierda, conservador o progresista, ecologista o maltratador,
pacifista o beligerante.
Confiar es una forma de reconocer
al otro como persona y no como un mero portador de intereses o etiquetas. No
conviene, sin embargo, confundir confianza con ingenuidad. Confiar requiere
pensar, analizar y contrastar las ideas con la realidad. Usar la razón es ser
capaz de distinguir.
Es cierto también que la
confianza interpersonal implica correr riesgos y aceptar una dosis de
vulnerabilidad; es decir, exponerse a que el otro no responda según nuestras
expectativas. Sin embargo, esta exposición es necesaria para el crecimiento
personal, pues la soledad radical es incompatible con la condición humana.
Propuestas para una recomposición
ética
El proceso de la desconfianza
interpersonal no es irreversible, aunque las soluciones no son de índole
técnica, sino profundamente éticas. La recomposición del tejido social debe
abordarse, al menos, desde tres lugares complementarios:
·
Las
instituciones: es necesario contar con reglas estables, rendición de cuentas y
una efectiva separación de poderes que garanticen el funcionamiento predecible
del sistema.
·
El
entorno cultural: debemos ir hacia un modelo que priorice la libertad de
expresión y de conciencia evitando que la sospecha sea la norma de juicio
previa a cualquier diálogo.
·
La educación:
esta es la vía más eficaz y, a menudo, la más descuidada. Se trata de formar
personas con disposición a colaborar siendo ellas mismas confiables, es decir,
con virtudes. Educar en la virtud significa enseñar a gobernar una reacción
impulsiva, a no tomar por absoluta la primera impresión y a sostener
conversaciones exigentes sin que degeneren en enemistad.
Así,
podremos comprender que nadie tiene la verdad absoluta, pero que todos podemos
compartir “verdades” que son
universales.
La
virtud educa los sentimientos, confirmando que una vida buena es posible a
través del respeto y la justicia.
Reconocer al otro como “otro yo” es base de la confianza y la
amistad cívica.
Consuelo
Martínez-Priego
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