¿A quién le interesa el Papa en Catalunya?
Antes de la llegada de León XIV los medios catalanes no hablaron de teología, ni de Gaudí, ni siquiera del papa como tal. Todo el debate giraba alrededor de qué lengua usaría el pontífice para bendecir la Torre de Jesucrist.
Un detalle litúrgico que acabaría
generando unos días de ‘revival’
procesista.
El 6
de junio, León XIV aterrizó en Madrid. Pasó tres días en la capital —la misa en
Cibeles, el Bernabéu, los voluntarios en IFEMA, y un largo, unánime y
cuestionable aplauso en el Congreso de los Diputados— antes de volar a
Barcelona la tarde del 9.
Lo
recibieron los dos máximos representantes del poder catalán: el president
Salvador Illa y el presidente del Parlament, Josep Rull, dos hombres que se
declaran públicamente creyentes practicantes en una ciudad donde, según los
últimos datos del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, menos de uno de
cada ocho vecinos pisaría de manera regular una iglesia.
Casualidades de la representación
democrática.
El
bloque de ateos y agnósticos en el área metropolitana suma ya el 42,5% de la
población adulta, cifra que triplica el porcentaje de católicos practicantes.
Es decir: el Papa viajó a una
ciudad que ya no es la suya. Aunque la ciudad lleve décadas sin decírselo a
nadie en voz alta, y aunque el interés por la visita desbordara con mucho ese
13% que pisaría una iglesia por convicción durante el día del Señor.
Porque
el Papa, desde Francisco y ahora con Robert Prevost —León XIV—, ha ido
acumulando una base de simpatizantes que no figura en ninguna estadística de
práctica religiosa: una izquierda laica, y en algunos casos explícitamente
atea, que ve en los mensajes del pontificado un contrapunto útil a las figuras
dominantes del momento, Trump y Netanyahu.
Al contrario, curiosamente, de la
derecha extrema española, que ve con recelo los mensajes humanistas de la
Iglesia católica, incapaces de reflejar a pies juntillas los postulados
ultraconservadores del Opus Dei, tan predominantes en los tiempos —no tan
remotos— en que la doctrina cristiano-apostólico-romana era Ley.
León
XIV, en todo caso, llegó a Barcelona después de haberse dado un baño de
multitudes en la capital.
Lo
hizo con una agenda que incluía una visita a Montserrat, lugar fetiche de la
mística en toda su gama de colores: la cristiana, por supuesto —allí se halla
La Moreneta—, pero también la de las comunidades que se reúnen para avistar
ovnis, o la de las conspiraciones nazis que llevaron al mismísimo Himmler a
adentrarse en la montaña en busca del Santo Grial.
Pero
esa es otra historia.
El motivo principal de la visita
a Barcelona era la consagración de la Sagrada Família, una vez alcanzada su
altura máxima con la instalación de la Torre de Jesucrist, que la convierte en
el templo católico más alto del mundo.
Cómo el Vaticano se convirtió en
cuestión nacional
Durante
días, los medios catalanes no hablaron de teología, ni de Gaudí, ni siquiera
del papa como tal. Todo el debate giraba alrededor de qué lengua usaría el
pontífice para bendecir la nueva Torre de Jesucrist.
El problema comenzó cuando la
Santa Sede publicó el misal oficial: el Papa diría algunas palabras en catalán,
pero la bendición de la torre —el momento más mediático, el que todas las
cámaras del mundo transmitirían— estaba prevista íntegramente en castellano. Un
detalle litúrgico que acabaría generando unos días de revival procesista.
Junts
envió una carta al president Illa exigiendo «todas las gestiones necesarias» ante la Conferencia Episcopal
Española, el cardenal y arzobispo de Barcelona Joan Josep Omella y el Vaticano.
Junqueras escribió directamente a Omella, que había presidido la Conferencia
Episcopal entre 2020 y 2024.
Los
obispos de Girona y Lleida se pronunciaron en favor del catalán, el Govern
activó el Departament de Justícia, y Puigdemont llamó a recibir al Papa con
esteladas y silbidos ante «el renacimiento
del catolicismo franquista».
Un renacimiento que, dicho sea de
paso, parecía aparecer y desaparecer según la cuestión de que se tratara: por
ejemplo, cuando tocaba votar en el Congreso junto a la extrema derecha católica
y franquista para tumbar la Ley de vivienda.
Y
aunque la mayor parte de la instrumentalización de la cuestión catalana fue
obra de esos actores, la cuestión de la lengua despertó un consenso más amplio
—Vox aparte— en la sociedad catalana.
Se recordaba, día sí y día
también, que Antoni Gaudí, cuya obra magna sería bendecida por la máxima
institución eclesiástica, fue detenido en 1924 durante la dictadura de Primo de
Rivera por negarse a responder a los guardias en castellano, y pasó una noche
en prisión antes de ser liberado.
El propio
Papa, sobrevolando España camino de Madrid, había cerrado el asunto con algo de
humor: «De momento solo sé decir bon dia».
Que
todo aquello movilizara en cascada obispos, diputados, consellers, entidades
sociales y al mismísimo president en el plazo de 48 horas dice algo sobre la
política catalana y su autoestima: que Catalunya es una nación orgullosa, y que
a menudo se mueve frenéticamente por cosas que, en el fondo, no le interesan
demasiado.
Un fenómeno tan paranormal como
la vida de los ángeles.
El templo de todos, el templo de
nadie
La Sagrada Família es el
monumento más visitado de España: tres millones y medio de personas pagan
felizmente entrada cada año, una dicha que no comparte todo barcelonés, y menos
aún los vecinos del barrio que lleva su nombre, que llevan décadas sin poder
pasear por la zona con normalidad ni vivir sin el sonido de las grúas, que no
han parado en ciento cuarenta años.
El
templo se proyectó en 1881 sobre terrenos del entonces término de Sant Martí,
cuando a su alrededor todo era campo.
Era el momento en que el
capitalismo industrial catalán necesitaba monumentos que consagraran su
hegemonía tanto como sus fábricas: el modernisme como lenguaje estético de una
clase que había hecho dinero y quería que se notara, que quería también ponerse
bien con Dios antes de que el siglo cerrara las cuentas. Gaudí trabajó para
Eusebio Güell, miembro de una de las familias más prominentes de la alta
burguesía catalana. El Palau Güell, el Parque Güell, la Sagrada Família. Una
cartografía del poder privado hecha piedra.
Barcelona,
a finales del XIX, poco tenía que ver con la ciudad moderna y «abierta al mundo» —del turismo y del
capital extranjero— que es hoy.
La
Iglesia controlaba cerca de un tercio de la riqueza del país y hacía funcionar
sus negocios con mano de obra prácticamente esclava —huérfanos y monjas—,
presionando a la baja los salarios de toda la clase trabajadora.
En
1909, esa tensión estalló en la Semana Trágica, que convirtió Barcelona en una
ciudad bajo las bombas y las barricadas: la Rosa de Foc.
El
detonante fue el embarque forzoso de tropas hacia Marruecos: los hijos de los
ricos podían pagar para librarse, los de los obreros no. Ardieron 21 iglesias y
41 conventos.
La Sagrada Família no ardió
entonces, pero sí lo hizo en julio de 1936, cuando los milicianos anarquistas
incendiaron la cripta y destruyeron las maquetas y los planos originales.
Todavía hoy, casi un siglo
después, algo queda de ese arraigo popular contrario al templo –que une a
quienes recuerdan esa historia y a quienes no–, una opinión común entre muchos
barceloneses: pues a mí me parece muy fea.
Con
todo eso de fondo, el Papa se dio su baño de multitudes en Barcelona, como
había hecho días antes en Madrid. Su visita generó muchos debates, pero pocos
sobre la figura del Papa en sí y menos sobre su incapacidad de denunciar
abiertamente los abusos en la Iglesia.
Se
habló de identidades nacionales enfrentadas, de memorias históricas todavía
activas, de agravios políticos acumulados y de la necesidad permanente de
encontrar símbolos sobre los que proyectarlos.
Nada de la Rosa de Foc: la
pólvora lleva mojada mucho tiempo.
Y,
por cierto, el Papa al final habló bastante en catalán.
Tema
zanjado.
Ahora, por favor, a otras cosas.
Guillem
Pujol
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