Lo raro es vivir y no asombrarse
“Todo es muy raro, en cuanto te fijas un poco. Lo raro es vivir. Que estemos aquí sentados, que hablemos y se nos oiga, poner una frase detrás de otra sin mirar ningún libro, que no nos duela nada, que lo que bebemos entre por el camino que es y sepa cuándo tiene que torcer, que nos alimente el aire y a otros ya no, que según el antojo de las vísceras nos den ganas de hacer una cosa o la contraria y que de esas ganas dependa a lo mejor el destino, es mucho a la vez, tú, no se abarca, y lo más raro es que lo encontramos normal.”
Suscribo
palabra por palabra este texto de Carmen Martín Gaite. Que mi mente rescató de
inmediato la primera vez que leí la reflexión de Lluís Montoliu, investigador
del CSIC, acerca de las “enfermedades
raras” y el desafortunado uso del adjetivo “raro” en tono peyorativo para hablar de unas patologías que, si
acaso, son minoritarias.
O ni eso, si pensamos que, cuando
caminamos por la calle, una de cada quince personas con quienes nos cruzamos puede
padecer una enfermedad rara. Escalando esta cifra, las enfermedades raras
podrían alcanzar 30 millones de personas en Europa y más de 300 millones en
todo el mundo.
Lo
peor del asunto es que, a veces, señalamos algunas de esas enfermedades menos
comunes y visibles a simple vista como si fuesen “sospechosas” de algo.
Pensemos
en el albinismo.
Si se fijan, se ha establecido en
el imaginario colectivo que el color blanco de la piel (en personas) o el
pelaje (en animales) es un símbolo de maldad. Y son múltiples las películas o
libros que etiquetan a personajes con albinismo como asesinos o malvados
criminales. Es más, fuera de la ficción, en África, la discriminación y el
estigma de las personas con albinismo es escalofriante. Incluso hay familias
que abandonan o desdeñan a sus hijos que nacen con albinismo.
No
solo nos pasa con algunas enfermedades que calificamos de raro a lo que, en
realidad, no lo es tanto. Ocurre también con las denominadas “tierras raras”, 17 elementos químicos
(lantano, cero, praseodimio, neodimio, prometio, samario, europio, gadolinio,
terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio, iterbio, lutecio, escandio e itrio)
que, en realidad, son más comunes que el oro o la plata en la corteza
terrestre.
En este caso, lo de “raro” no tiene nada que ver con su
abundancia relativa, sino con la capacidad que tenemos los seres humanos para
poder aprovecharlos: aparecen en concentraciones muy pequeñas en el interior de
los minerales y el proceso para extraerlos de esos minerales es muy complejo.
Sin
embargo, a diferencia de lo que nos ocurre con el albinismo, que sean “poco comunes” los hace más valiosos y
atractivos. Y lo mismo nos ocurre con organismos microscópicos tan
excepcionales con Legendrea loyezae, dotado de tentáculos retráctiles y para
quien el oxígeno es letal.
¡Qué insólito y fascinante que
haya sobrevivido en la Tierra!
También nos fascinan los
ornitorrincos que a la vez que poseen pelo y mamas exhiben un pico parecido al
de un pato y una cola aplanada de castor y, si lo miramos por dentro, ¡no
tienen estómago! Su garganta conecta directamente con los intestinos.
¿Y qué me dicen de los
tardígrados, animales microscópicos de menos de un milímetro de longitud que
pueden entrar en un estado de animación suspendida (criptobiosis) para sobrevivir
a condiciones extremas? Los científicos sospechan que en el suelo lunar podría
haber varios de ellos inactivos, esperando la presencia de agua líquida para “revivir”.
Aunque
si hay un animal en nuestro planeta que parece una criatura de otro mundo ese es
el pulpo, con tres corazones, nueve “cerebros”,
un cuerpo flexible con infinitas posibilidades de camuflaje y elevadas
capacidades cognitivas.
No
solo es capaz de usar herramientas y desenroscar frascos: también juegan y
sueñan, hacen razonamientos casuales, sienten dolor y bienestar, planifican e
incluso atribuir estados mentales a otros individuos.
Por ello, en opinión de filósofo
Peter Godfrey Smith, relacionarnos con un pulpo es lo más parecido que podemos
experimentar en la Tierra a interaccionar con una mente alienígena.
Lo
raro, como decía Martín Gaite, sería vivir sin encontrar a diario motivos para
el asombro, sobre todo si estamos atentos a todo lo que nos descubre la
ciencia.
Y lo
raro, en este mundo biodiverso, sería que todos fuésemos iguales.
Elena Sanz

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