Israel y el coste de vivir en guerra permanente
Israel y el coste de vivir en
guerra permanente: siete frentes abiertos y ningún final a la vista
El Estado de Israel no entró en
guerra en octubre de 2023. Sus
conflictos con los vecinos se remontan a 1948, a la contienda
de 1967 y a la presencia militar continuada en Cisjordania y Gaza desde
entonces, así como a la invasión del sur del Líbano entre 1982 y 2000.
Lo que cambió con el ataque de
Hamás del 7 de octubre fue la escala. Desde entonces el país combate de forma
simultánea en varios frentes sin un acuerdo a la vista en ninguno de ellos.
Sin objetivo final
Esa manera de entender la seguridad tampoco es nueva.
Benjamin Netanyahu la expuso hace más de tres décadas en A Place Among
the Nations, publicado originalmente en 1993 y reeditado
en 2000 como A Durable
Peace, donde abogaba por una paz apuntalada en la
disuasión y la fuerza, nunca en la reconciliación.
La guerra prolongada no es otra cosa que la aplicación coherente de aquella
idea.
Pero toda guerra necesita un endgame, el objetivo
final que define en qué consiste ganar y cuándo es conveniente detenerse.
Israel libra sus campañas sin ese
criterio. Yossi Mekelberg, investigador sénior para Oriente Medio y Norte de
África de Chatham House, identifica hasta siete frentes
activos.
- Gaza, sometida
a un alto el fuego precario desde octubre de 2025 mientras el ejército
amplía unilateralmente el control territorial.
- Líbano, con la
reciente toma del castillo de Beaufort y el avance al norte del río Litani
hacia Nabatieh.
- Irán, bajo
bombardeo desde el 28 de febrero con una tregua frágil que Tel Aviv no
deja de vulnerar
- Siria,
avanzando posiciones dentro del territorio tras la caída de Bashar
al-Asad.
- Cisjordania, sometida
a una expansión acelerada de asentamientos y violencia de colonos
- Yemen, en
conflicto con los hutíes.
- Irak, donde se
enfrenta a milicias proiraníes.
Una democracia en retirada
Los índices de referencia
cuestionan hasta qué
punto Israel sigue siendo una democracia. En 2024, el Instituto
V-Dem le retiró la categoría de “democracia
liberal” por primera vez en más de medio siglo y lo
reclasificó como “democracia electoral”,
un régimen donde se vota pero los derechos civiles y la igualdad ante la Ley
dejan de estar protegidos.
En su último informe, sitúa al país
entre los 44 Estados en fase de autocratización, tendencia global en
la que la censura de los medios es una herramienta extendida por las
autoridades.
Freedom House rebajó hasta ocho puntos su
calificación, constatando un franco deterioro de las libertades
civiles durante la última década y situando al Estado hebreo al nivel de
Namibia o Brasil.
Un hito de este menoscabo
continuado fue la reforma
judicial de 2023, que pretendía anular el control del Tribunal
Supremo sobre el Parlamento y desató las
mayores protestas de la historia del país.
La deriva autoritaria se explica
en parte por aquellos que
sostienen al Gobierno: la coalición de Netanyahu se apoya en su
partido, el Likud, y en dos formaciones de extrema derecha.
La primera es Poder Judío (Otzma Yehudit), del ministro de Seguridad
Nacional Itamar Ben
Gvir, heredero del movimiento
kahanista fundado por Meir Kahane. Ben Gvir se mantiene en el cargo
a pesar de su racismo
antiárabe y las continuas polémicas que protagoniza.
La segunda fuerza ultraderechista
aliada de Netanyahu es Sionismo Religioso (HaTzionut HaDati),
de Bezalel
Smotrich, el titular de Finanzas. Surgido del movimiento de colonos
religiosos de Cisjordania, personifica la agenda anexionista.
Completan el bloque dos partidos
ultraortodoxos, Shas y Judaísmo Unido de la Torá (Yahadut HaTorah).
Para un primer ministro procesado por
corrupción, esa alianza es la condición de su permanencia en el
poder, pero incluso de su libertad personal.
La dependencia de los socios más
radicales condiciona cada decisión, desde la política penitenciaria hasta una
salida en cualquiera de los frentes abiertos.
La hegemonía de los socios ultra
se proyecta sobre la minoría árabe.
El sociólogo Sammy Smooha
describió a Israel como modelo prototípico de democracia
étnica, un sistema que combina instituciones democráticas con la
dominación de un grupo que se mantiene inalterable a condición de hurtar
cualquier alternativa política a las minorías. Los ciudadanos árabes
israelíes, algo más del
21 % de la población, ocupan esa posición.
La Ley de pena
de muerte para palestinos condenados por matar israelíes, así como
la asimetría entre el 99,74 %
de casos que terminan en condenas para los encausados árabes por tribunales
militares y tan solo un
3 % contra colonos –según datos de la organización israelí
de derechos humanos Yesh Din– ilustran esa jerarquía.
B’Tselem no dudó en calificar
de apartheid ya en 2021 el “régimen de
supremacía judía entre el río Jordán y el Mediterráneo”.
La sociedad que
no ve la guerra
El deterioro de la libertad de
prensa, el pluralismo mediático y la independencia editorial han hecho caer a Israel del puesto 86
en 2022 al 116 en 2026 que anualmente elabora Reporteros Sin
Fronteras.
El Instituto Reuters documenta
con detalle cómo la televisión
israelí apenas muestra imágenes de la destrucción en Gaza y
análisis independientes dan cuenta de un silencio sin
precedentes en los grandes medios israelíes.
El gobierno de Netanyahu sancionó
económicamente al periódico en hebreo Haaretz y
también se endureció
la censura militar de coberturas informativas hasta niveles
inéditos.
Los israelíes padecen las
consecuencias de conflictos que no llegan a ver, si bien no toda la sociedad
acepta este marco. Las manifestaciones antigubernamentales han ganado fuerza
con los ataques contra Irán y se multiplican
las protestas contra la guerra. Encabezada por Yair Lapid y Yair
Golan, la oposición denuncia la deriva iliberal y exige una comisión de
investigación sobre los sucesos el 7 de octubre de 2023.
Las dinámicas en curso preceden a
la actual coalición gubernamental. Omer Bartov, profesor de Estudios del
Holocausto en la Universidad de Brown (Estados Unidos) y nacido en un kibutz, indaga cómo el sionismo,
nacido como movimiento de emancipación de la minoría judía perseguida en
Europa, derivó en ideología etnonacionalista y de dominación.
Bartov se pregunta cómo un Estado
fundado con apoyo internacional tras el Holocausto opera hoy con impunidad
frente al mismo orden jurídico que aquel crimen contribuyó a construir.
La expansión de asentamientos en
Cisjordania –más de
700 000 colonos frente a apenas 10 000 en 1972– y
las órdenes de
arresto de la Corte Penal Internacional son la expresión más
reciente de un proceso que arranca décadas antes de que Netanyahu llegara al
poder y que ningún gobierno israelí anterior interrumpió.
138 000
millones de dólares en conflictos
El coste de la guerra permanente
es también material.
El gobernador del Banco de
Israel, Amir Yaron, cifró en
405 000 millones de shekels (unos 120 000 millones de
euros) el coste total de los conflictos desde el 7 de octubre hasta finales del
pasado mes de abril, que representa más del 17 % del PIB.
El economista Esteban Klor, de la
Universidad Hebrea de Jerusalén, considera que los israelíes “pagan dos veces” por la guerra: la deuda pública, que
pasó del 60 % al 69 % del PIB desde 2022; y los recortes en gasto
social, sanidad e infraestructuras.
El turismo, que antes del 7-O
generaba alrededor del 3 % del PIB, registró
entre enero y mayo de 2026 apenas 356 400 llegadas internacionales,
frente a las 565 300 del mismo período de 2025, lo cual representa una
caída del 37 %.
Fractura económica y política
confluyen en un mismo punto: la exención del servicio militar de los
ultraortodoxos, en torno al 13 % de la población, tensiona la coalición
que mantiene a Netanyahu en el poder.
El Banco Central estima en 10 000
millones de shekels (unos 2 500 millones de euros) anuales el coste de esa
no incorporación.
Al desgaste interno se suma un
creciente aislamiento exterior. Francia, Reino Unido, España y Canadá han reconocido
formalmente el Estado palestino y una docena de países ha
aprobado un embargo de
armas contra Israel.
España, Irlanda, Eslovenia,
Países Bajos e Islandia se retiraron
de Eurovisión 2026 por la participación israelí, episodio
precedido por las protestas
contra el equipo ciclista Israel-Premier Tech en La Vuelta Ciclista a España.
Israel evidencia elevadas
capacidades militares mientras su sistema democrático se degrada y su cohesión
se fractura.
Un Estado fundado tras el
Holocausto con el mandato de garantizar seguridad y dignidad al pueblo judío
ocupa territorios de terceros países, afronta acusaciones de genocidio, aprueba
penas de muerte discriminatorias y erosiona los derechos de sus propios
ciudadanos.
Es la paradoja de una potencia militar que libra guerras sin objetivo definido ni amparo en el derecho internacional, con una sociedad partida cada vez más sola en el mundo.

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