La Iglesia y los límites de la IA
Francisco Pérez Bes, adjunto de la Agencia Española de Protección de Datos y experto en Derecho Digital: "Que el Vaticano haya decidido formalizar una reflexión específica sobre la inteligencia artificial revela un riesgo global que requiere de su intervención".
Durante siglos, la Iglesia católica ha observado con cautela las grandes transformaciones tecnológicas de la humanidad. La imprenta, la revolución industrial, la energía nuclear o la biotecnología alteraron profundamente la forma de entender la religión, la sociedad, el poder y la propia condición humana.
Ahora, con el anuncio de la creación a mediados de mayo de 2026, por parte del Papa León XIV, de una comisión sobre inteligencia artificial; y con la posterior publicación de su carta enciclica Magnifica Humanitas (“sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”) el Vaticano rompe con la narrativa tradicional sobre IA y quiere dejar claro que esta tecnología representa algo más que una innovación tecnológica: constituye un cambio antropológico.
La publicación de este documento tiene un enorme valor simbólico, pero también político. Porque cuando el Vaticano interviene en un debate global, lo hace desde una pregunta esencial: qué significa ser humano en una determinada época histórica.
Y, ahora, esta época es la de la inteligencia artificial. Una tecnología que, en todas sus modalidades, no solo transforma mercados; transforma relaciones humanas, modelos de decisión, estructuras de poder e incluso la manera en que las personas se perciben a sí mismas.
La encíclica identifica, además, algo que muchos reguladores empiezan a asumir: la concentración extrema de poder digital.La IA contemporánea está siendo desarrollada por un número muy reducido de empresas privadas con capacidad para influir simultáneamente sobre información, economía, empleo, seguridad y comportamiento humano. Nunca antes actores corporativos habían acumulado semejante capacidad de intervención sobre la vida social global.
No es casual que León XIV recupere el espíritu de Rerum Novarum, la histórica encíclica de León XIII sobre la revolución industrial. Entonces la Iglesia intervino ante la explotación derivada del capitalismo industrial. Hoy interviene ante una nueva concentración de poder: la del capitalismo algorítmico.
Durante demasiado tiempo, el debate sobre el futuro de la inteligencia artificial ha estado dominado casi exclusivamente por grandes empresas tecnológicas, laboratorios de innovación y gobiernos centrados en la competitividad económica y estratégica. Como consecuencia, el lenguaje que ha articulado esta conversación se ha construido principalmente alrededor de conceptos como innovación, productividad, eficiencia, automatización, competitividad o geopolítica, relegando a un segundo plano cuestiones esenciales relacionadas con la dignidad, la autonomía o el impacto social de estas tecnologías.
En este sentido, puede afirmarse que el desafío actual que plantea la IA es distinto al de cualquier revolución previa. La IA ya no solo automatiza tareas; empieza a intervenir sobre el lenguaje, la creatividad, las emociones y los procesos cognitivos humanos. Es decir, sobre dimensiones consideradas exclusivamente humanas. Y, lo que es más importante: no es moralmente neutra.
Por eso no es casual que muchas de las preocupaciones actuales giren en torno a cuestiones más vinculadas a las personas físicas, que tienen que ver con la sustitución del juicio humano por decisiones algorítmicas, con el futuro del trabajo automatizado, con la manipulación cognitiva mediante sistemas personalizados, o con la deshumanización, entre otras.
Que, en este momento, el Vaticano haya decidido formalizar una reflexión específica sobre la inteligencia artificial revela un riesgo global que requiere de su intervención (y de su influencia), como es el de que el futuro de la humanidad acabe siendo definido, únicamente, por criterios tecnológicos, militares o comerciales.
La Iglesia puede llegar tarde al desarrollo tecnológico, pero no al debate esencial sobre la IA, que debe centrarse determinar qué espacio dejará la sociedad hiperdigitalizada a la autonomía, a la dignidad y a la conciencia humanas.
Si, como parece, la IA ha dejado de ser una tecnología más para convertirse en una herramienta de poder, el Papa León XIV nos recuerda que todo poder necesita tener límites éticos. Que no todo lo técnicamente posible resulta moralmente aceptable.
Durante años, gran parte del discurso sobre IA ha descansado sobre una premisa implícita: que toda innovación tecnológica representa automáticamente progreso. La encíclica rompe con esa lógica y habla de “desarmar” la inteligencia artificial. No significa rechazarla, sino impedir que la lógica tecnológica termine subordinando completamente a la persona.
Llegados a este punto, podemos concluir que las citadas iniciativas vaticanas no deberían interpretarse únicamente como un gesto religioso o espiritual. En el fondo son un movimiento geopolítico y cultural: el Papa nos llama a participar en la gobernanza moral de la inteligencia artificial en un momento en que el vacío ético global es evidente.
Y ese vacío existe porque, a pesar de los intentos regulatorios, las empresas compiten por desarrollar modelos cada vez más potentes, mientras que la sociedad todavía carece de consensos sólidos sobre límites, responsabilidades o derechos fundamentales en la era algorítmica.
En efecto, sería un error histórico reducir la IA a una cuestión de ingeniería, cuando afecta directamente a preguntas filosóficas esenciales: ¿qué significa pensar?, ¿qué significa decidir?, ¿qué significa crear?, ¿qué significa ser libre?
Existe, sin embargo, una preocupación global que da sentido a esta iniciativa: la velocidad del desarrollo tecnológico está dejando atrás la capacidad de reflexión colectiva. En este sentido, podemos concluir que, en este entorno obsesionado con la innovación constante, detenerse a pensar se ha convertido en un acto revolucionario.
La gran incógnita es si esta Encíclica tendrá capacidad real de influencia o quedará reducida a un espacio simbólico. Pero, incluso como símbolo, el movimiento resulta significativo. Transmite un mensaje claro: que la IA se ha convertido en una cuestión civilizatoria.
El tiempo dirá si la humanidad ha estado a la altura.
Francisco Pérez Bes

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