“Pedro Sanchez, hijo de puta”: Para ser demócrata hay que condenar el odio
La coordinadora de Opinión del diario Público analiza en este artículo que llamar "hijo de puta" al presidente del Gobierno, como hace la derecha desde que se escuchó en el Congreso por parte de una de sus más significadas representantes, es una expresión de odio detrás de la que hay una propuesta implícita.
Es de una ingenuidad sideral
pensar que quienes lo dicen no esperan que al decirlo ocurra algo muy concreto:
que Sánchez, su gobierno y el electorado que respalda a la coalición (millones
de españoles) desaparezcan; que desaparezca la contienda política, que el
parlamentarismo se suspenda, que el gobierno se instituya a partir de
principios que no son los democráticos, sino otros que entran en juego cuando
un expresidente de Gobierno como Aznar dice "quien pueda hacer, que haga"; o cuando en un chat de militares
retirados se insta a aniquilar a 26 millones de españoles; o cuando (como
cuenta mi compañero Danilo Albin) el secretario general de Hazte Oír recibe un
premio de la ultraderecha franquista por "poner el ojo, el tiro y la bala" en el Gobierno.
La
primera vez que escuché corear a un grupo de personas el eslogan "Pedro Sánchez, hijo de puta" fue al
salir de mi portal. En mi calle, delante de mí, unas madres jóvenes que llevaban
de la mano a sus hijos pequeños gritaban esta consigna.
Estaban exultantes,
entusiasmadas, saltaban, coreaban e incluso se reían, como ocurre en cualquier
manifestación. Sentí curiosidad y las seguí unos metros. Se trataba de las
primeras convocatorias (después vinieron muchas más) de aquellas
manifestaciones contra la ley de amnistía de noviembre de 2023. En un
determinado momento, una de las niñas preguntó: "¿mamá, quién es Sánchez?". A lo que su madre contestó: "un hijo de puta". Pensé que esa
criatura se estaba socializando en un país en el que había empezado a darse por
bueno que un insulto equivale a una consigna política en lugar de a una
pedagogía fascista. Y me sobrecogí.
La
política en democracia es lo contrario al insulto, que deslegitima y
desautoriza la existencia del contrario. La democracia valida el pluralismo y
la diversidad y habilita para la competencia y la negociación entre diferentes.
En democracia la política es
transaccional y exige una forma profunda de respeto que pasa por el
reconocimiento del otro como algo más que un mero contrincante, como un miembro
de la misma comunidad. El lema "Pedro
Sánchez, hijo de puta" no es el fruto de la expresión genuina y espontánea
del hartazgo de un sector de la sociedad descontento con las políticas del
Gobierno. No nos engañemos.
La realidad es que la
radicalización ultra ha generado, a fuerza de repetir la consigna, un
imaginario en el que no solo Pedro Sánchez, sino todas aquellas y aquellos que
no comulgamos (nunca mejor dicho) con sus planteamientos, somos unos hijos y
unas hijas de puta. Esa es nuestra dramática realidad y es muy similar a la de
otros muchos países en este tiempo histórico tan inquietante y crepuscular.
Vivo
a escasos metros de la calle Ferraz. Desde aquel día de noviembre de 2023 y
durante meses, el eslogan antidemocrático "Pedro Sánchez, hijo de puta" no ha parado de sonar. Y sigue
haciéndolo.
En la esquina de Ferraz con
Marqués de Urquijo se oye todas las tardes. Un grupo de ancianos lo profieren,
cobijados por el cura párroco del templo católico de la esquina y aparentemente
custodiados por los policías nacionales que les observan no tanto por
contenerles cuanto por evitar alguna caída o algún atropello al cruzar.
Es curiosa la configuración
visual de estas concentraciones en las que los asistentes, adornados con
simbología franquista y falangista, vocean flanqueados por la Iglesia católica
y las fuerzas de seguridad a escasos cincuenta metros de la sede de un partido
democrático.
Las convocatorias de Ferraz me
han ido provocando distintas sensaciones con el paso del tiempo. Del miedo
inicial pasé al enfado, después al fastidio, más tarde a la vergüenza ajena y
ahora ya a la preocupación desapasionada pero sostenida. Esas manifestaciones
son un síntoma menor; una excrecencia minúscula de todo el odio que circula
desde que la ultraderecha, nativa de las redes sociales y funcional a los
intereses de las oligarquías, irrumpió en escena con el propósito (miren a
Estados Unidos) de dinamitar la convivencia y destruir la democracia.
"Pedro Sánchez, hijo de puta" es un eslogan político
antidemocrático porque se formula como una expresión de odio detrás de la que
hay una propuesta implícita. Es de una ingenuidad sideral pensar, a estas
alturas, que quienes lo dicen no esperan que al decirlo ocurra algo muy
concreto: que Sánchez, su gobierno y el electorado que respalda a la coalición
(millones de españoles) desaparezcan; que desaparezca la contienda política,
que el parlamentarismo se suspenda, que el gobierno se instituya a partir de
principios que no son los democráticos, sino otros que entran en juego cuando
un expresidente de Gobierno como Aznar dice "quien pueda hacer, que haga"; o cuando en un chat de militares
retirados se insta a aniquilar a 26 millones de españoles; o cuando (como
cuenta mi compañero Danilo Albin) el secretario general de Hazte Oír recibe un
premio de la ultraderecha franquista por "poner el ojo, el tiro y la
bala" en el Gobierno.
El
domingo, una concejala del PP de una localidad valenciana viajó hasta Teruel
para acudir a un mitin del PSOE. En una acción en ningún caso espontánea, sino
premeditada, que claramente buscaba viralizarse para infectar con más odio a la
opinión pública, gritó el eslogan "Pedro
Sánchez, hijo de puta".
Al final del día emitió un
comunicado en el que se disculpó, pero el efecto buscado ya se había
conseguido. El PP no la ha reprobado ni expulsado. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo
podría Feijóo expulsar del PP a una dirigente que se limita a reproducir y
secundar un lema concebido en el seno de su propia organización?.
Ayuso insultó desde la tribuna
del Congreso a Pedro Sánchez y ese acto inicialmente espontáneo se transformó
en intencional y performativo desde el momento en que en el gabinete de la
Presidenta se tomó la decisión de elevarlo a categoría de lema recurriendo al
meme "me gusta la fruta".
Meme, por cierto, reproducido por el propio Feijóo.
Noelia
Adánez

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