Solo donde hay comunidad política real, se podrá ganar a la extrema derecha.
La lucha contra la
ultraderecha y el neofascismo no se gana con grandes alianzas abstractas ni con
frentes amplios diseñados desde arriba. Se gana desde lo local, desde la
cercanía, desde proyectos que la gente sienta como propios, la trinchera del
barrio, el desahucio que se para, el abuelo al que se acompaña, la cultura que
se defiende o el macropelotazo urbanístico que se frena.
Solo donde haya comunidad
política real, se podrá frenar a la ultraderecha. Conformar poder local, es
casi el único camino. Lo cual no significa renunciar a alianzas estatales y
luchas más globales. Significa replantearlas.
Primero hay que construir fuerza real en cada territorio.
Después, desde esa pluralidad soberana, ya se articularán acuerdos para
gobernar en Madrid si hace falta. Pero no al revés: empezando por la unidad
estatal esperando que luego baje al territorio. Ese es justo el camino que nos
ha traído hasta aquí.
Vuelve el mantra mil veces
abanderado tras cada derrota electoral: que el gran problema de la izquierda
española es su fragmentación. Que si se uniera, que si dejara a un lado egos,
siglas y diferencias, podría frenar a la derecha y a la ultraderecha.
Puedo imaginarme a Abascal, Alvise, Feijoó, Ayuso, Sánchez
y compañía partidos de la risa, encantados de la vida con este diagnóstico
facilón, impulsado desde Izquierda Unida, Podemos, Sumar, Compromís, Rufián y
otros tantos intelectuales y tertulianos mediáticos.
Años llevo diciendo que ese no
es el camino, que Podemos hace mucho que ya no puede, que Sumar nunca sumó,
Izquierda Unida nunca estuvo unida y en Compromís compromiso real hay muy poco.
No me hicieron caso, y esta martingala de la unión de las izquierdas ya no se
la creen ni ellos mismos, con los tozudos resultados electorales dándome la
razón una y otra vez. Y créanme, mucho me habría gustado no tenerla.
La llamada “unidad de la izquierda” estatal ha
tenido tiempo, poder institucional y oportunidad histórica. Han gobernado, han
gestionado ministerios, consejerías y concejalías, han tenido capacidad
legislativa y presencia mediática constante. Y, sin embargo, el balance es
claro: desmovilización social, pérdida de base electoral, retrocesos territoriales
evidentes e incapacidad manifiesta para resolver los problemas básicos de los
españoles (vivienda, sanidad, trabajo precario, carestía de la vida, cuidados).
Un ejemplo más de estrategia
fallida lo tienen en Extremadura y Aragón: no son anomalías, son síntomas. Allí
donde se ha insistido en fórmulas de coalición forzadas, construidas desde
arriba, el resultado ha sido el fracaso. Tan fracaso que hasta Alvise ha sacado
más votos que Podemos en Aragón, y a Sumar e Izquierda Unida casi ni les llega
para un diputado, con todo su aparato ministerial y toda su historia.
La pregunta, por muy incómoda
que sea se hace inevitable: ¿por qué siguen insistiendo en una receta que ya no
funciona?, ¿no entienden que ya se les acabó su tiempo, que solo restan, que
harían mejor si se disolvieran y se dedicaran a otra cosa?
Porque el problema no es solo
electoral, es político, es cultural y es territorial. La izquierda estatal que
propone estas uniones se ha convertido en una izquierda elitista, excesivamente
intelectualizada, desconectada de la vida material de la gente común, y también
del territorio, de lo local, de lo que ocurre en cada comunidad ¿O son acaso
parecidas las realidades locales de Canarias y las del País Vasco?
Ya no sirven estas estructuras
verticales con sede en Madrid, sin bases, sin suelo de pueblo, construidas
sobre figuras que han salido en la tele un tiempo, con discursos universales,
de consignas bien formuladas y debates identitarios casi siempre importados,
cada vez menos arraigadas en los conflictos reales de los barrios, los pueblos
y las comunidades.
Son partidos que hablan en
nombre de “la gente” mientras deciden
lejos de ella, que reclaman pluralidad pero funcionan como aparatos cerrados,
que se presentan como nuevos aunque repiten los vicios clásicos de la política
estatal.
Todo esto que les cuento, yo
lo estoy analizando y argumentando con razones, y la mayoría del electorado
español lo siente y lo percibe aún sin verbalizarlo, y sale huyendo cuando oye
hablar de la unidad de las izquierdas, porque les suena a estafa.
Por suerte, frente a este
modelo agotado, hay otra vía posible, que además está demostrando ser eficaz.
Me refiero a la construcción de movimientos progresistas de ámbito autonómico,
soberanistas, independentistas o regionalistas de izquierdas.
Espacios políticos con raíces
en su territorio, sin obediencia estatal, con agenda propia y con una relación
directa con su comunidad. Los ejemplos están ahí y son incontestables. En el
País Vasco, EH Bildu no solo resiste: crece y disputa hegemonía. En Cataluña,
ERC y la CUP, con todas sus diferencias, han construido una izquierda vinculada
a la soberanía y al conflicto real con el Estado. En Galicia, el BNG se ha
consolidado como fuerza central del espacio progresista. En Aragón, la Chunta
Aragonesista demuestra que el arraigo territorial puede ser también allí
fortaleza.
¿Qué tienen en común estos proyectos? No nacen de despachos
madrileños. No se construyen como sumas de siglas fracasadas o figurines
mediáticos ya gastados. No dependen de cuanto salga uno en la tele ni de modas
ideológicas. Se apoyan en una identidad política ligada al territorio, en
conflictos concretos y en una militancia que no vive la política como una
carrera profesional en la que hay que perpetuarse como una casta, la sienten
como herramienta de defensa colectiva.
Lo puedo decir más alto pero no más claro: la lucha contra
la ultraderecha y el neofascismo no se gana con grandes alianzas abstractas ni
con frentes amplios diseñados desde arriba. Se gana desde lo local, desde la
cercanía, desde proyectos que la gente sienta como propios, la trinchera del
barrio, el desahucio que se para, el abuelo al que se acompaña, la cultura que
se defiende o el macropelotazo urbanístico que se frena. Solo donde haya
comunidad política real, se podrá frenar a la ultraderecha. ¿Cuántos de Vox hay
en el Parlamento Vasco o en el Navarro? ¿Qué les pasó a Vito Quiles o a Dani
Desokupa cuando quisieron aparecer por allí? Y puestos a ver quién piensa más
en España, se da la paradoja de que partidos como Bildu o Esquerra Republicana,
con toda la matraquilla de terroristas o independentistas han sido los que más
propuestas han sacado adelante en Madrid en favor de la justicia social de
todos los españoles.
Conformar poder local, es casi
el único camino. Lo cual no significa renunciar a alianzas estatales y luchas
más globales. Significa replantearlas. Primero hay que construir fuerza real en
cada territorio. Después, desde esa pluralidad soberana, ya se articularán
acuerdos para gobernar en Madrid si hace falta. Pero no al revés: empezando por
la unidad estatal esperando que luego baje al territorio. Ese es justo el
camino que nos ha traído hasta aquí.
Por cierto, ¿se han fijado que ni Bildu ni ERC están por la
labor de sumarse a esta historia? Porque saben que perderán apoyos electorales,
y muchos. ¿Quiénes son los que plantean esta solución simplista?: los que
llevan años perdiendo y menguando. ¿Por qué insisten?: porque saben que si les
compran el tinglado podrán seguir con su puestito cobrando de aquí o de allá
otros cuatro años. Es así. Solo tratan de salvar su culo.
Conviene aclarar en todo caso,
que no es tan sencillo como armar batiburrillos locales con los mismos
cabecillas de siempre, aceptando a los mismos líderes que llevan toda la vida
intentándolo y fracasando, sin un trabajo real de base, de calle, de
compromiso.
Si no hay base ni trabajo
previo, como puede ocurrir en lugares como Canarias, Andalucía y otros
territorios de poca lucha auténtica, pues habrá que trabajar duro para
construir esa base sólida. Créanme, no hay más fórmula.
La gente no es tonta, ya no engañan a nadie.
En conclusión, más allá de lo que estamos pagando todos por
la locura mesiánica de Sánchez, la solución para movilizar a esa otra España
que existe a la izquierda del PSOE, no es la unión de las izquierdas tal y como
se plantea, es romper con el centralismo, abandonar las élites ilustradas y
volver a pisar tierra, desde abajo, sin tutelas, comunidad a comunidad,
conflicto a conflicto, una batalla tras otra.
Eloy Cuadra
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