Estado de malestar
Las
dos manifestaciones de este sábado contra el estado de las infraestructuras en
Catalunya y, más concretamente, contra Rodalies y su dependencia de Renfe,
suponen un punto de inflexión en la denominada, por las autoridades del
momento, normalidad catalana. Catalunya no es un Estado, pero, si lo fuera,
debería celebrar un debate que muy bien se podría denominar Estado de malestar.
No estamos en un estado de
alarma, ni de excepción, ni de sitio, que deciden los gobiernos, sino en el de
malestar que han acordado los ciudadanos a la vista de su indefensión ante el
crónico maltrato de los sucesivos gobiernos españoles con Catalunya.
No
vale la pena entrar en una guerra de cifras sobre el número de personas que se
han manifestado entre la mañana y la tarde por las calles de Barcelona.
Ni
tampoco sobre si han acudido más ciudadanos a la concentración de la mañana o
la de la tarde. Han salido algunas decenas de miles, que, en realidad, son solo
una representación de los centenares de miles de afectados que hay cada día.
Es
evidente que no ha sido un acierto que hubiera dos convocatorias y que debía
haber habido más generosidad por parte de los que convocaron más tarde, ya que
había más fines de semana para protestar y no era necesario hacer coincidir la
protesta de los usuarios con la que convocaban las organizaciones
independentistas.
¿Era
esta última política?
Pues
claro que sí. Pero también la de la tarde, aunque fuera más descafeinada.
¿Acaso la manifestación en la calle contra el funcionamiento de los trenes
puede no ser política y no ir contra el Gobierno?
Catalunya no es un Estado, pero,
si lo fuera, debería celebrar un debate que muy bien se podría denominar Estado
de malestar.
Aunque el problema de las
infraestructuras es de fondo y afecta a diferentes gobiernos de los últimos
años, es evidente que el que tiene la responsabilidad actual y ejerce el poder
está más expuesto y acaba siendo más responsable que los que ocuparon cargos
con anterioridad.
Se vio, no hace mucho, con la
sequía —mencionarla ahora parece casi una broma— que asoló Catalunya de manera
importante durante el Govern de Pere Aragonès. ¿Tenía él la culpa de que las
infraestructuras hidráulicas comprometidas desde el anterior episodio de
sequía, en 2008, no se hubieran hecho, cuando incluso el conseller de Medi
Ambient, Francesc Baltasar, dijo que había pedido a la Moreneta que lloviera?
Pero políticamente fue responsable Aragonès, aunque Esquerra solo haya tenido
la presidencia de la Generalitat durante algo más de tres años de los más de 46
de autonomía.
Ahora,
el PSC puede hablar de la herencia recibida y del actual esfuerzo inversor por
parte del Ministerio y del actual titular de Transportes, Óscar Puente. Pero,
si situamos el contador en 2004, de los 22 años transcurridos, nueve han tenido
presidentes socialistas en la Generalitat y más de quince de gobiernos del PSOE
en España, entre ellos los casi últimos ocho con Pedro Sánchez en la Moncloa.
De este tiempo transcurrido entre
2018 y 2026, sabemos perfectamente cuál ha sido el triple expolio fiscal: el
que no se ha contemplado en la financiación autonómica, el que no se ha presupuestado
en las cuentas públicas del Estado y el que no se ha gastado de las partidas
inversoras previstas para Catalunya.
Por todo ello, no es tan extraño
que hayan saltado las costuras de la normalidad. Porque esta no puede ser
compatible con un Estado de malestar de gente que no puede ir a trabajar porque
fallan los servicios de transportes y que presenta grietas en áreas vertebrales
del estado de bienestar como son la educación, la sanidad o la vivienda, como
veremos con las protestas anunciadas en las próximas semanas.
Jose Antich

Comentarios
Publicar un comentario