El negocio del lavado de capitales


 Cómo Epstein ganaba dinero y los nuevos Epstein lo siguen ganando; hacer las paces con la India para hacer la guerra a Rusia; el loco mundo del alquiler europeo.

¿Saben a qué se dedicaba el famoso Jeffrey Epstein, cómo hizo la fortuna que luego gastó en, ehhhhh, islas exóticas? Bueno, lo pongo en el título, OK: pero igual es chocante, no me digan.

Ya he hablado bastante sobre Epstein en el pasado, pero solo en fechas recientes me quedó claro lo que hacía, gracias al continuo goteo de documentos sobre el tipo: Epstein, quien nunca logró un título universitario, ascendió en Wall Street gracias a su capacidad para blanquear capitales.

Esa actividad — y los contactos que ganó al llevarla a cabo con gran éxito — era su secreto, el hechizo original en torno al cual se creó todo lo demás.

Entre las numerosas pruebas de esta capacidad para el blanqueo, se encuentra un correo electrónico revelador en un grupo de documentos desvelados el año pasado, en el que un abogado especializado en fideicomisos envió a Epstein una columna de Bloomberg News, escrita por Matt Levine, en la que se explicaba cómo un multimillonario hizo un truquillo muy de profesional.

Les explico: el multimillonario dejó un patrimonio consistente en parte en una participación del 94 % en una empresa cotizada ilíquida (con poco volumen de transacciones en el mercado) que controlaba, y cómo, tras su fallecimiento, pero antes de la fecha de valoración de las acciones a efectos del impuesto sobre sucesiones, la fundación benéfica de sus herederos vendió una parte de las acciones que representaba una pequeña fracción de sus tenencias, pero un gran múltiplo del volumen diario de negociación de los títulos: esto redujo el precio rápidamente y potencialmente les ahorró a los herederos miles de millones de dólares en impuestos.

El abogado le preguntó a Epstein: «Pensé en ti cuando leí este artículo. ¿Fue idea tuya?». No lo fue. Pero, como sabían Epstein y el abogado, lo podía haber sido.

El lado tenebroso de las finanzas está lleno de gente de este tipo. Como explica aquí mi admirado Simon Nixon, en una crítica de un reciente libro sobre el lavado de capitales, ese lado tenebroso es muy complejo:

Llevo treinta años escribiendo sobre el sistema financiero global, pero al leer este revelador libro de Oliver Bullough, ahora me doy cuenta de que apenas conocía la mitad. Siempre me he centrado en el sistema financiero regulado, donde las empresas legítimas recaudan dinero de los bancos y los mercados, y la gente común acude a obtener sus hipotecas.

Pero Bullough, periodista de investigación, ha dedicado gran parte de su carrera a centrarse en el lado no regulado: el turbio mundo de las finanzas ilícitas, donde oligarcas y narcotraficantes blanquean su botín. En este libro, meticulosamente investigado, rastrea el crecimiento de este sistema paralelo hasta convertirse en un vasto y sofisticado mercado global, detallando los esfuerzos, en gran medida inútiles, para contenerlo.

Es una historia extraordinaria que lleva a Bullough desde Bicester Village, donde estudiantes chinos arrasan con las tiendas outlet de marcas de descuento, hasta las Islas Marshall, Miami, Fort Worth, Vancouver, Riga y las Islas Marianas, un pequeño territorio estadounidense en el Pacífico.

En esencia, se trata de una industria que ha surgido para resolver un problema específico: cómo convertir las enormes cantidades de efectivo generadas por el narcotráfico en dinero limpio dentro del sistema financiero legítimo, para que pueda utilizarse para comprar todas las casas y coches de lujo que un capo del crimen pueda necesitar.

Al principio, los gánsteres solo necesitaban llevar su dinero en carretilla al banco más cercano, donde podían depositarlo sin que nadie les hiciera preguntas. Pero, en 1970, la situación se complicó gracias a los esfuerzos de un tenaz congresista estadounidense, Wright Patman, cuya campaña resultó en la aprobación de la Ley de Secreto Bancario.

Esta obligaba a los bancos estadounidenses a informar sobre los depósitos superiores a 10.000 dólares.

Los cárteles tenían que emplear equipos de “pitufos” para ir de banco en banco realizando depósitos inferiores a 10.000 dólares, o para sacar el dinero del país de contrabando y depositarlo en una cuenta en el extranjero, en una jurisdicción más secreta, desde donde podía ser devuelto al país.

A finales de la década de 1980, los gobiernos del G7 también intentaron frenar este sistema, no precisamente en respuesta a la preocupación por el narcotráfico o la pérdida de ingresos fiscales, sino a causa de un escándalo político francés que amenazó con poner en aprietos al presidente francés François Mitterrand...

Mitterrand, un perro absoluto, socialista ex funcionario del gobierno colaboracionista de Vichy, es un personaje fascinante de los 1980 y me da pena que las generaciones más recientes no lo puedan valorar en su justa medida.

Aquí Simon se refiere al “Angolagate” en el que estaba involucrado un hijo de Mitterrand, quien — entre muchas otras cosas — fue acusado de ayudar a traficantes de armas a saltarse un embargo a las ventas en Angola, y no por amor al arte.

Para que vean que los hijos de Donald Trump o de Joe Biden no son para nada los primeros ejemplos de esa figura histórica del “hijísimo.”

Su solución fue establecer el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), que formuló cuarenta recomendaciones, respaldadas por la amenaza de incluir en la lista negra del sistema financiero mundial a las jurisdicciones que no las cumplieran. Esto entró en vigor justo cuando el mundo de las finanzas ilícitas se estaba globalizando, tras la caída del Telón de Acero.

Sin embargo, como explica Bullough, este enfoque para combatir el blanqueo de capitales ha hecho poco por frenar la delincuencia financiera, e incluso ha tenido algunas consecuencias imprevistas.

Los países que solían ser incluidos en la lista negra eran jurisdicciones pequeñas como las Islas Marshall, mientras que los territorios de ultramar británicos, franceses y neerlandeses vinculados a un blanqueo de capitales mucho mayor se libraban en gran medida de la censura porque los poderosos miembros del GAFI se protegían mutuamente.

Otro problema fue que las nuevas normas obligaron a los bancos a reportar actividades sospechosas, lo que pronto llevó a que los departamentos de cumplimiento, reacios a asumir riesgos, abrumaran a los reguladores con muchos más informes de los que podían procesar.

Lo que es aún peor es que, una vez que la financiación del terrorismo se añadió a la lista de delitos financieros por los que los bancos debían responder tras los atentados del 11-S, a los bancos les resultó más fácil simplemente denegar cuentas a sectores enteros de la población con vínculos tenues con grupos proscritos.

Bullough escribe de forma chocante sobre las inmensas dificultades que afrontaba la comunidad somalí en Gran Bretaña para abrir una cuenta bancaria, así como las organizaciones benéficas musulmanas y los disidentes rusos.

Cuando Nigel Farage fue desbancarizado por Coutts, pudo usar su perfil público para contraatacar. Pero quienes carecen de sus poderosas conexiones se encuentran excluidos del sistema financiero.

Además, el sistema financiero ilícito es tan innovador como el tradicional. Cuando las autoridades estadounidenses clausuraron el sistema bancario de Letonia tras descubrirse que blanqueaba grandes cantidades de fondos ilícitos rusos a través de cuentas anónimas, el negocio se trasladó rápidamente a Lituania, Chipre y Dubái, a menudo bajo la supervisión de muchos de los mismos banqueros.

No me digan que nunca nadie antes les contó cómo nuestros queridos aliados bálticos, los que nos quieren meter en una Tercera Guerra Mundial con la mayor potencia nuclear del planeta, viven del lavado de capitales.

¿Tampoco que le dan una licencia bancaria a quien les pague para que puedan operar en el “mercado único” de la UE?.

Hoy en día, gran parte del blanqueo de capitales a nivel mundial no requiere efectivo para cruzar fronteras. A veces, el dinero se utiliza para comprar bienes que pueden enviarse al extranjero como comercio legítimo. Eso es lo que, según un agente de policía entrevistado por Bullough, hacen muchos de los estudiantes chinos de Bicester Village.

En otras ocasiones, el efectivo puede utilizarse para conceder préstamos a quienes no pueden acceder al dinero en el extranjero, como oligarcas rusos sancionados y grandes apostadores chinos limitados por controles de capital, que luego se reembolsan mediante transferencias nacionales.

El resultado es una enorme red de dinero ilícito global.

Nadie sabe qué de grande es este sistema. Pero un indicador es la cantidad de billetes, que sigue aumentando incluso cuando el uso de efectivo para las transacciones diarias se desploma. De hecho, Bullough considera que la medida más eficaz para combatir las finanzas ilícitas sería eliminar los billetes de alta denominación, ya que esto aumentaría la cantidad de billetes que los blanqueadores de dinero tendrían que manejar. El problema es que los gobiernos tienen pocos incentivos para hacerlo. Después de todo, vender billetes cuya fabricación cuesta unos céntimos por 500 euros es muy rentable.

En cualquier caso, el efectivo en sí mismo podría quedar obsoleto pronto. El mundo del crimen está migrando rápidamente a criptomonedas como Tether, una stablecoin con sede en El Salvador cuyo valor está vinculado al dólar. Estas permiten transferir dinero a cualquier parte del mundo al instante, fuera de la vista de los reguladores, y cuentan con el apoyo entusiasta de la administración Trump, e incluso de la familia Trump, que ha amasado miles de millones con criptomonedas desde la investidura del presidente.

El auge del dinero digital podría acelerar el día en que nuestros dos sistemas financieros paralelos se fusionen.

DavidRoman

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