Monseñor Munilla, la Iglesia no debe bendecir fronteres sinó ensancharlas
Esta carta -escribe el firmante, que también podría dirigirla al arzobispo de Oviedo y puede que a algún otro monseñor- no nace del desprecio, sino de la preocupación. Porque cuando los obispos juegan a ser políticos, la fe se resiente.
Y
cuando el Evangelio se utiliza para justificar recelos en lugar de para
incomodar conciencias, algo esencial se pierde. Tal vez convendría volver a
aquella imagen inicial.
Al
obispo que entra en la ciudad montado en un asno, sin miedo a parecer débil,
sin necesidad de señalar a nadie como sobrante. Porque ese gesto —humilde y
evangélico— decía más que muchos discursos: recordaba que la Iglesia no está
para contar a los que llegan, sino para acogerlos; no para bendecir fronteras,
sino para ensancharlas; no para administrar el miedo, sino para desarmarlo.
Hay silencios que rezan y
palabras que, aun pronunciadas en nombre de Dios, suenan a destiempo. Esta
carta nace de uno de esos desajustes: de la inquietud que provoca ver a
pastores abandonar el cayado para empuñar la consigna, y hacerlo, además, en
contradicción con el espíritu del Evangelio que dicen custodiar.
Muchos recordamos aún la estampa
de su toma de posesión como obispo de Orihuela-Alicante. Como marcaba la
tradición, entró usted en la ciudad montado en un sencillo asno, cruzando sus
puertas con un gesto cargado de simbolismo evangélico. Aquel animal humilde,
ajeno al poder y a la ostentación, remitía inevitablemente al Jesús que entra
en Jerusalén sin escoltas ni armaduras.
No fue solo el cumplimiento de un
rito antiguo; fue también —o así quisimos entenderlo muchos— una declaración
silenciosa de cercanía, de sobriedad y de solidaridad con los pobres. Por eso
hoy sorprende, y duele, el contraste entre aquella imagen inaugural y algunas
de sus declaraciones recientes sobre las personas migrantes.
La
Conferencia Episcopal Española, junto con Cáritas, ha respaldado el decreto Ley
del Gobierno para la regularización de personas migrantes que llevan años
viviendo —y en su mayoría trabajando— en España. No se trata de una maniobra
partidista ni de una concesión interesada, sino del reconocimiento de una
realidad humana largamente ignorada.
Así
lo expresó con claridad su presidente, Luis Argüello, al afirmar que esta
regularización supone “un reconocimiento
de la dignidad humana”. En la misma línea se pronunció el arzobispo de
Sevilla, José Ángel Saiz, recordando que una sociedad que se dice acogedora no
puede cerrar la puerta al hermano necesitado que llama.
Y, sin embargo, Monseñor, usted
—junto con el obispo de Oviedo, Jesús Sanz— ha optado por la disonancia. Desde
las redes sociales, ese púlpito apresurado donde la complejidad se reduce a
consignas ha desoído la voz de la propia Iglesia para calificar la medida de “populista y demagógica”. Son palabras
graves, más aún cuando se pronuncian desde la mitra que un día fue signo de
servicio y entrega pastoral.
Pero
lo que más duele no es la crítica política, sino el uso que se hace de la “Palabra” para justificar el recelo. Ha sido
el obispo de Oviedo, Jesús Sanz, quien ha citado el evangelio de Mateo —“Fui
extranjero y me acogisteis”— para, acto seguido, introducir límites,
descartes y sospechas.
Ese modo de leer el Evangelio no
es prudencia pastoral: es cálculo. Porque el Evangelio, Monseñor, nunca fue un
libro de cuentas. No se proclama desde la mitra como quien administra escasez
ni se empuña el báculo para trazar fronteras invisibles. El Evangelio se
anuncia con la mitra inclinada ante el sufrimiento humano y con el báculo
gastado de tanto acompañar a quienes caminan sin hogar.
Cristo no pidió cifras antes de
partir el pan ni estableció filtros antes de abrir los brazos. Cuando la
aritmética sustituye a la misericordia, la palabra se enfría y el Reino se
vuelve frontera. Resulta paradójico hablar de “colarse” cuando se trata de personas empujadas por la necesidad, y
no de quienes, revestidos de autoridad espiritual, irrumpen en el debate
público como actores políticos, agitando el miedo y contradiciendo la
orientación pastoral de su propia Conferencia Episcopal.
La Iglesia no debería parecer un
puesto de control, sino una casa abierta; no un altavoz partidista, sino un
refugio humano y evangélico.
Esta carta no nace del desprecio,
sino de la preocupación. Porque cuando los obispos juegan a ser políticos, la
fe se resiente. Y cuando el Evangelio se utiliza para justificar recelos en
lugar de para incomodar conciencias, algo esencial se pierde.
Tal vez convendría volver a
aquella imagen inicial. Al obispo que entra en la ciudad montado en un asno,
sin miedo a parecer débil, sin necesidad de señalar a nadie como sobrante.
Porque ese gesto —humilde y evangélico— decía más que muchos discursos:
recordaba que la Iglesia no está para contar a los que llegan, sino para
acogerlos; no para bendecir fronteras, sino para ensancharlas; no para
administrar el miedo, sino para desarmarlo.
Con respeto, pero también con la
inquietud de quien cree que el Evangelio merece algo más que prudencia
interesada.
Antonio
Amorós Sánchez
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario