Lo que la risa de los bebés nos quiere decir


Mi hijo tenía 14 semanas cuando soltó su primera e inconfundible carcajada de cuerpo entero. En los meses siguientes, su risa estuvo acompañada de provocaciones juguetonas: me agarraba el cabello y gritaba de placer, soplaba bocados de puré de plátano hacia el cielo y chillaba cuando caían al suelo.

Estos incidentes indicaban algo más que risa: estaba surgiendo un sentido del humor temprano, iniciado por él, meses antes de otros hitos que los padres esperan en el primer año.

Como madre, para mí esto era encantador, pero como psicóloga del desarrollo estaba perpleja. A pesar de mi doctorado, nunca me había topado con investigaciones sobre la risa o el humor en infantes. Mientras que psicólogos y expertos en crianza habían investigado ampliamente habilidades tempranas como caminar, el lenguaje y el apego, en general el humor había sido ignorado, como si fuera algo demasiado frívolo para merecer atención científica.

Pero aquellas risas tempranas me inspiraron para estudiar a tiempo completo el humor de los bebés. En las dos décadas siguientes, mi propia investigación, junto con la de otros pocos que persiguen este fenómeno, ha demostrado que la risa y el humor son fundamentales para que los bebés aprendan sobre el mundo y participen en él.

En una época de ansiedad parental, el humor y la risa también se encuentran entre los hitos más alegres del desarrollo.

Nótese la intensidad con que los bebés miran a sus padres, independientemente de la táctica concreta que utilicen estos para divertirlos.

En la década de 1870, Charles Darwin describió la primera muestra de lo que denominó la “risa incipiente” de su propio hijo cuando era muy pequeño, y planteó la hipótesis de que la risa cumple una función evolutiva al reforzar los vínculos sociales sin necesidad de lenguaje.

De hecho, esta idea —que la risa es principalmente social, y se trata más de la conexión que de la comedia— también es válida para los adultos, y ha sido destacada por investigaciones que demuestran que la risa casi siempre se produce en compañía de otras personas y suele ocurrir después de comentarios banales en la conversación, más que en respuesta a bromas o chistes. 

Las carcajadas son involuntarias y estallan durante un momento de diversión genuina e incontrolable. Este tipo de risa está impulsada por el sistema límbico del cerebro, estructuras cruciales para la emoción, la memoria y la motivación.

Pero nuestro laboratorio ha descubierto que, a los 6 meses, los bebés pueden producir risas intencionadamente. Esta capacidad no procede del sistema límbico, sino de las áreas del lenguaje del cerebro, y surge al mismo tiempo que el balbuceo. Los niños de seis meses se ríen para prolongar un juego de cucú o para señalar su deseo de participar.

Pero la risa hace algo más que aumentar el contacto social placentero; la risa en infantes, especialmente cuando se produce en respuesta al humor, señala un logro cognitivo.

Cuando un bebé se ríe de que su papá se pone una cuchara como bigote, revela sus conocimientos sobre las cucharas y los bigotes, así como sobre la persona que los lleva.

Incluso antes de cumplir su primer año, la niña reconoce una “incongruencia benigna” —un suceso inesperado pero inofensivo— que no se ajusta a su experiencia típica, en este caso un peluche que levanta el vuelo repetidamente desde encima de la cabeza de su madre. El efecto sorpresa de apretar un plástico de burbujas resulta cada vez más gracioso para un niño de 7 meses, mientras que un juguete que sale de una caja deleita tanto a un niño de 9 meses que se cae de la risa.

Sin embargo, más allá de reconocer la incongruencia, percibirla como divertida requiere que los bebés la resuelvan o le den sentido, ya sea al identificar o al anticipar la causa de estas experiencias inusualmente extrañas.

En los chistes verbales, la resolución de la incongruencia se produce en el momento en que el remate tiene sentido, lo que suele estar marcado por la risa. Aunque los psicólogos han sabido que los adultos y los niños utilizan la resolución de incongruencias para percibir el humor, los científicos la han ignorado en gran medida en los bebés, pues los descartan por considerarlos cognitivamente inmaduros.

Recientemente, nuestro laboratorio mostró a niños de 6 meses algunas cosas sumamente incongruentes: trucos de magia en los que objetos, manipulados por un mago oculto, desaparecían inexplicablemente o desafiaban la gravedad.

Las investigaciones demuestran que esas cosas cautivan a los bebés y provocan en ellos una mirada fija intensa. Descubrimos que los infantes parecían capaces de dar sentido a lo que ocurría cuando alterábamos una simple condición: que el mago fuera visible. ¿Cómo lo sabemos? Porque se rieron.

Generalmente, se da por hecho que los bebés imitan el humor de las personas que están en su órbita social. Sin embargo, si así fuera, los bebés se limitarían a producir lo que han visto previamente, y serían incapaces de crear las “bromas” originales que los padres suelen informar que hicieron. Alrededor de los 6 meses, los bebés empiezan a crear humor intencionadamente mediante “payasadas”, es decir, haciendo caras, gestos o sonidos bobos, utilizando mal los objetos o imitando a otros para ocasionar risas.

A medida que los infantes crecen, estas bromas se vuelven cada vez más elaboradas. Los bebés de los siguientes videos son maestros de la payasada. Uno hace sonidos extraños soplando a través del plástico para divertir a su gemelo; otro emerge de un contenedor para reciclaje; una ingeniosa niña de 18 meses finge hacer “popó” en su silla alta mientras sus padres se ríen con un horror fingido.

Observemos que, en cada ejemplo, los bebés utilizan un comportamiento típico para violar de manera juguetona alguna pauta de la vida social de un modo que los demás reconocen como absurdo, lo que demuestra la capacidad temprana de los bebés para percibir y crear incongruencias juguetonas —bromas no verbales— para relacionarse de manera significativa con los demás.

Mi colega Vasudevi Reddy, madre y científica del desarrollo, observó la afición de su hija de 11 meses a burlarse de los miembros de la familia y luego reírse de sus propios disparates. Reddy dedujo que la capacidad de burlarse revela la percepción que tienen los bebés de la mente de los demás y de cómo provocarlos. Burlarse requiere saber cómo involucrar a otra persona en una interacción segura y juguetona, y eso incluye cómo y hasta qué punto presionar un límite establecido.

Un niño de 14 meses ofrece comida a su padre, pero de repente se niega y se alimenta él mismo para entretener a sus risueños padres. Un niño de 9 meses se acerca deliberadamente a una planta que, de juego, está prohibida. Un niño de 10 meses intenta alcanzar un cuenco de comida para gatos, que no debería tomar, a la vista de su abuela, quien se lo prohíbe juguetonamente con un “ah”, una expresión que él también ha añadido al juego.

En cada ejemplo, se observa que el bebé consulta al adulto antes de llevar a cabo el acto prohibido, con las cejas levantadas como si preguntara: “Pero si lo hago, ¿tú qué haces?”. Su sonrisa indica que están involucrando a su compañero de juego con una violación consciente, como si el juego no tuviera tanto que ver con la comida del gato o la planta, por ejemplo, como con la reacción de la otra persona.

El hecho de que estas habilidades cognitivas —resolución de incongruencias y comprensión de la mente de las otras personas implicadas en las bromas— aparezcan antes del primer cumpleaños del niño y antes de otros hitos importantes como caminar o hablar, sugiere que la naturaleza preservó, si no es que priorizó, la risa y el humor al servicio del desarrollo.

La risa de los bebés, sobre todo en respuesta a cosas sorprendentes o absurdas, refleja su curiosidad, comprensión e impulso de conectar con las personas de su vida. La naturaleza incorporó la risa —y su primo cercano, el humor— como parte intrínseca del desarrollo temprano. Aunque caminar y hablar tienden a robar el protagonismo, reírte con tu bebé es igual de importante, o incluso más divertido. El humor puede ser cognitivamente complejo, pero compartirlo juntos es tan fácil como un juego de niños.

Gina Mireault 

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