El laberinto venezolano de Trump
Los elogios a Rodríguez son una forma de defender en el
plano doméstico su arriesgada aventura militar y los beneficios
económico-energéticos proyectados que todavía no se terminan de materializar.
Lejos del retrato de control total, actuación coherente,
lineal y prácticamente sin fisuras que un intenso esfuerzo de propaganda
visiblemente coordinado intenta otorgarle a Donald Trump en el manejo de la
relación con el gobierno venezolano liderado por Delcy Rodríguez, el escenario
bilateral post-intervención militar se está revelando mucho más complejo e
intrincado para el mandatario republicano de lo que se enuncia con frecuencia.
En este contexto, la distancia oceánica con la que suelen
evaluarse los pronunciamientos tanto de Trump como de Rodríguez sirve como
comprobación empírica de un intento de delimitar el abordaje de una coyuntura
crítica e inédita en beneficio de los intereses estadounidenses, con el
objetivo de intercambiar realidades por relatos.
Así, mientras se toma como un hecho incontestable lo que
expresa el norteamericano, se relativizan y minimizan las explicaciones
ofrecidas por la Presidenta Encargada de Venezuela en torno al atípico momento
actual, buscando con ello que la Casa Blanca extienda lo más posible el control
narrativo de la situación a casi dos meses de la fatídica agresión militar.
La lógica instrumental de los elogios
Si bien los continuos elogios de Trump hacia Rodríguez han
propiciado diversas interpretaciones, casi nadie pone en duda su uso como un
recurso abiertamente instrumental con múltiples objetivos, entre ellos, exhibir
al gobierno venezolano como una entidad dócil y subordinada, introduciendo
tensión y sospechas fabricadas en el alto mando político del país.
Pero resultaría incompleto afirmar que ese cálculo
declarativo se agota allí, pues el republicano también está fuertemente
condicionado por vuelcos significativos producidos en la epidermis del tablero
político interno después del 3 de enero. Pocos días después de que cayeran las
bombas de la “Operación Resolución
Absoluta” sobre Caracas y otras ciudades, 70 representantes demócratas de
la Cámara de Representantes cuestionaron al jefe de la Casa Blanca por
desestimar “el liderazgo prodemocrático
del legítimo presidente electo, Edmundo González; y de la líder opositora, ganadora
del Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado”.
El alineamiento selectivo del Partido Demócrata con Machado
ha producido en Trump un efecto de atrincheramiento. En un contexto donde se
encuentra a la defensiva, perdiendo batallas programáticas centrales
consecutivas en el ámbito arancelario y migratorio, con la Corte Suprema
fallando contra su agenda de guerra comercial global y el ICE retirándose de
Minnesota, y mientras la intención de voto hacia los republicanos sigue cayendo
de forma preocupante de cara a las midterms de este año, Trump no puede darse
el lujo de ceder y mostrar debilidad ante el Partido Demócrata.
Frente a este acoso, los elogios a Rodríguez son una forma
de defender en el plano doméstico su arriesgada aventura militar y los
beneficios económico-energéticos proyectados que todavía no se terminan de
materializar.
En su propio partido, la situación no es óptima. Aunque
muchos legisladores se cuidan de desafiarlo públicamente, representantes y
senadores de la tolda conservadora están preocupados de que los elogios se
traduzcan en el fortalecimiento político y económico de la líder venezolana,
razones que los han llevado a cuestionar la poca claridad en torno a cómo se
realizan las ventas de crudo.
Particularmente, los denominados “Crazy Cubans” de Florida olfatean el costo electoral del
enaltecimiento de Trump, ya que de continuar dicha tendencia conductual, el
voto latino podría seguirse alejando del Partido Republicano, en un contexto
donde la relación entre ese sector y el partido sufre una tensión extrema por
las cacerías punitivas del ICE y el empeoramiento de la situación económica.
El temor tiene asidero en la realidad. En noviembre pasado
en Miami-Dade, síntesis de la compleja diversidad demográfica de la antigua
península española, una candidata demócrata, Eileen Higgins, ganó la alcaldía
luego de casi tres décadas de dominio republicano exclusivo. Lo logró con una
diferencia de 20 puntos, justo en el mismo condado en el que el magnate oriundo
de Queens ganó las elecciones presidenciales en 2024 con el 55% de los votos.
Esta dinámica interna no solo arroja luz alrededor de las
razones de fondo, internas, del tono instrumentalmente amable del mandatario,
sino que describe el dilema estratégico que enfrenta: no ceder ante los
demócratas favorece el nerviosismo y la desconfianza en su propio bando, con
peligros potenciales a nivel electoral en un lugar como Florida que, por su
configuración distrital y peso objetivo dentro del universo republicano, será
decisivo para absorber y estabilizar las pérdidas en estados azules en las
midterms. La península es la última frontera que pudiera proteger al trumpismo
de una derrota pronosticada por muchos como histórica.
Petróleo y gasolina
De acuerdo con un artículo reciente del portal venezolano
Banca y Negocios, que reseñó datos actuales de la Agencia de Información
Energética de EE.UU. (EIA, por sus siglas en inglés), “las exportaciones venezolanas de petróleo hacia Estados Unidos
experimentaron una fuerte caída durante la segunda semana de febrero, cuando
totalizaron 49.000 barriles diarios, una baja de 68% en contraste con el lapso
previo”.
Siguiendo la descripción del medio especializado, “con este nivel de exportaciones alcanzado
por Venezuela cae al noveno lugar en la segunda semana de febrero dentro del
ranking de proveedores de crudo a Estados Unidos”, exportando en las seis
primeras semanas de 2026 “107.300 bpd,
una cifra que está 60% por debajo de lo registrado en el mismo lapso de 2025,
cuando tenía vigencia una licencia otorgada a Chevron que cambió de
características en julio del año pasado”.
En medio de las amenazas crecientes de un nuevo ataque
estadounidense contra Irán, los precios internacionales del petróleo se han
ubicado en 66 dólares en el caso del WTI y por encima de los 70 dólares en el
marcador Brent, cotizaciones que están muy por encima del umbral de los 50
dólares que el republicano proyectó como interés estratégico tras la agresión
contra Venezuela.
Para el analista energético de Bloomberg, Javier Blas,
Washington estaría subestimando irresponsablemente una probable respuesta de
Irán sobre el decisivo estrecho de Ormuz frente a una campaña militar
norteamericana de amplio alcance. Cortar esta arteria comercial clave para el
mercado global de crudo generaría un efecto alcista sobre los precios, con
consecuencias destructivas para la recalentada economía estadounidense.
Internamente, el precio de la gasolina ha comenzado a subir
en varios centavos de dólar, socavando lo que hasta hace pocas semanas era un
logro altamente publicitado: mantener el precio por debajo de los 3 dólares.
Una lectura integral de estos datos amplía los pasadizos
del laberinto de Trump hacia la esfera energética. No solo es que la promesa de
un boom de inversiones colosales de empresas norteamericanas no se esté
materializando, sino que la arquitectura coercitiva del arbitraje comercial
establecida mediante licencias específicas de la OFAC no ha servido para
aumentar las importaciones de crudo venezolano hacia EE.UU., impidiendo que
ello se traduzca en un viento de cola para influir en el objetivo de mantener a
raya los precios internos del combustible.
Se va haciendo evidente que la estrategia oligopólica y
burocratizante de control comercial de EE.UU. sobre las ventas de crudo
venezolano ha imposibilitado su correcta inserción en las cadenas de suministro
global, entorpeciendo la dinámica contractual, generando costos regulatorios y
una creciente volatilidad en términos de precios y rentabilidad.
El gran problema para Trump es que parece alejarse del
triple objetivo que justificó su violenta agresión militar (precios mundiales
bajos, mayor suministro, gasolina barata), lo que se traduce en una presión
creciente para avanzar hacia el levantamiento de las sanciones punitivas contra
Venezuela, acción que, al mismo tiempo que permitiría resolver los escollos
operativos actuales, tendría detractores en el bando demócrata y republicano,
dejándolo entre la espada y la pared. La derrota no solo sería institucional
(desmontaje de sanciones), sino política (reconocimiento del gobierno bolivariano).
Andrés Oppenheimer, aspirante perpetuo a gurú de la derecha
internacional, agregó una nueva capa de complejidad al escenario de Trump en un
artículo reciente, donde explicó: “La
preocupación de que la dictadura post-Maduro se atornille al poder creció en
días recientes, cuando se supo que el portaaviones USS Gerald R. Ford, el más
grande de la Armada de Estados Unidos, se fue de las costas de Venezuela hacia
Irán. El portaaviones era la carta fuerte del bloqueo naval al petróleo
venezolano, que obligó al régimen a ceder a algunas de las exigencias de
Washington. Sin una presencia militar tan masiva frente a la costa de
Venezuela, ¿seguirán siendo creíbles las amenazas de acción militar de Trump
Probablemente, lo serán mucho menos”.
Lo detectado por Oppenheimer no es una preocupación
individual, sino un grito donde confluye la confusión, el escepticismo y el
temor de sectores comprometidos en cuerpo y alma con el cambio de régimen, que
comienzan a ver que Miraflores pudiera estar gestionando con mayor inteligencia
el momento que la propia Casa Blanca, hoy enfrentada al laberinto de un país
que ha hecho de la adaptación a situaciones complejas un estilo de ejercer la
política.
William Serafino
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