Epístola de Yolanda a los sumitas
Ni negra, ni roja, ni morada: Yolanda es blanca como la leche, la nieve al amanecer, los ángeles del Señor, la caspa de Rubiales o la Casa Blanca.
La emotiva carta de despedida
que Yolanda Díaz publicaba en Bluesky explicando su renuncia a encabezar las
próximas elecciones generales es un perfecto ejemplo de yolandismo a la enésima
potencia, desde el carraspeo a la firma. Entre la primera persona del singular
y la del plural, Yolanda ha ido construyendo su carrera política como un
anuncio de sí misma, a base de perogrulladas y cursilerías, apropiándose sin el
menor pudor de logros ajenos y repartiendo datos a troche y moche.
De hecho, el “Quiero
contaros una cosa” con el que encabeza su Epístola a los sumitas tiene un
eco lejano a aquel “Voy a darle un dato”
con el que jugaba al tiro al plato en el Congreso. Hacia el final también hay
otro eco (“La tarea pendiente es ganar el
país”), sólo que esta vez viene del futuro y no del pasado. A Yolanda no se
le escapa que El País se escribe con mayúsculas, aunque debería saber que el
periódico ya lo tiene más que ganado.
Lo más significativo de esta
esquela de papel cuché —almibarada como el sermón de un arzobispo— está escrito
con típex. Yolanda se ha marcado un relato de su trayectoria política al mejor
estilo Hemingway, un relato donde las tres cuartas partes del iceberg están
sumergidas bajo el agua y donde lo que no se dice es mucho más importante que
lo que sí se dice.
No se dice, por ejemplo, que
Yolanda ninguneó a sus compañeros de coalición de Podemos hasta el punto de
colocar, en junio de 2023, de número 2 de Sumar al número 98 del PSOE. Digo 98
por decir algo, porque Agustín Santos Maraver era ante todo diplomático.
Fíjense si era diplomático que, durante la votación del Congreso de los
Diputados pidiendo la ruptura de relaciones con Israel por el genocidio de
Gaza, Santos Maraver fue el único diputado de Sumar que votó en contra. Sumar,
lo que se dice sumar, sumaba poco el hombre.
Con toda seguridad, no hubo
ninguna mala intención en esta designación —como número 2 de una formación de
izquierdas— de un señor absolutamente desconocido que además tenía dos manos
derechas. Yolanda sólo quería mantener la alternancia chica-chico: por eso puso
a Montero y a Belarra allá al fondo, a chupar banquillo.
Tiempo más tarde, aseguró que ella no había vetado a nadie,
que vetar no era su estilo. En efecto, su estilo es más bien cortar cabezas. A
nadie podía sorprender que abandonara a su suerte la Ley del Sólo Sí es Sí
cuando poco antes había proclamado que en la democracia española habían
florecido cuatro grandes proyectos de país: el de Suárez, el de Felipe, el de
Aznar y el de Zapatero. A lo mejor se refería otra vez al periódico, en
minúsculas, para no molestar; a lo mejor no quería incluirse ella misma por
modestia en el de Pedro Sánchez.
Porque la modestia es uno de
los puntos fuertes de Yolanda Díaz, hasta el punto de que podría decir, como
una señora que conocí en su día: “¿Soberbia
yo? ¡Cómo voy a ser soberbia yo, si soy la mujer más modesta del mundo!”.
Tan modesta que le resbalaban tanto los elogios de la
prensa de derechas como los de la prensa de extrema derecha cuando la
ensalzaban como la gran esperanza blanca de la izquierda. Ni negra, ni roja, ni
morada: blanca como la leche, la nieve al amanecer, los ángeles del Señor, la
caspa de Rubiales o la Casa Blanca. Tan blanca y tan modesta que hasta viajó a
Roma a que la bendijera el Papa Francisco, tal vez uno de sus momentos más
radicales junto con el nombramiento de Santos Maraver como mano derecha.
En el circo romano de la
izquierda, mientras unos y otros compiten por ver cuál clava mejor el célebre
diálogo de La vida de Brian, Yolanda ha hecho mutis por el foro en previsión de
la escabechina que pronostican las encuestas.
Luego nunca se sabe, pasadas
las elecciones lo mismo tiene que rectificar, pero seguro que la prensa amiga
estará ahí para llevarla a hombros otra vez a primera plana. Es la ventaja de
saber nadar y guardar la ropa, vamos, lo que lleva haciendo el PSOE medio siglo
con la ayuda de errejones, llamazares, carmenas y lo que haga falta. Que tu
mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Ni negra, ni roja, ni morada:
blanca y, más que blanca, rosa.
La rosa es sin porqué, dijo
Angelus Silesius.
Florece porque florece.
David Torres
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