Restaurar la guillotina
No hay que subestimar el egoísmo y la ceguera de una inmensa mayoría de ciudadanos que todavía se piensa que este banquete caníbal no va con ellos.
No
sabría decir si la cosa empezó con Nixon, con Reagan o con Thatcher, pero es un
hecho probado que, como advirtió el multimillonario Warren Buffet, la lucha de
clases existe y que los ricos van ganando por goleada.
Desde
la caída del bloque soviético, la paliza es tan humillante que gente como Steve
Bannon o Elon Musk se permiten hacer el saludo nazi en público sin que el
personal se escandalice demasiado. Habrá que recordar aquel relato de Borges
(Deutsches Requiem) que toma el nombre de la obra maestra de Brahms para
presentar, tras la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, el alba de
un mundo que adora la violencia, la fuerza bruta y el poder absoluto, un mundo
donde el nazismo secretamente ha vencido.Menos de un siglo después, ése es el
mundo en que vivimos.
Es
inútil preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí, por qué lo hemos permitido,
aunque no estaría de más comprender que Donald Trump no ha brotado de repente
como una seta en el campo o que la indiferencia general ante la hecatombe de Gaza
venía incubándose desde decenios atrás: en la guerra de los Balcanes, en el
genocidio uigur en China, en los naufragios del Mediterráneo, en las masacres
del Congo.
La ofensiva reaccionaria se
produce en todos los terrenos, hasta el punto de que Javier Milei acaba de
aprobar una reforma laboral en Argentina que lleva los derechos de los
trabajadores a finales del siglo XIX.
Aparte
de la influencia nociva de los medios de desinformación y las redes de pesca
sociales, no hay que subestimar el egoísmo y la ceguera de una inmensa mayoría
de ciudadanos que todavía se piensa que este banquete caníbal no va con ellos.
Que
tampoco es para tanto.
Que mientras tengan comida en la
mesa y chorradas en la tele, todo va viento en popa. Que a las orgías
depravadas de Jeffrey Epstein ellos (y ellas) sólo podrían acudir de primer
plato. Hace muchos años, el poeta Álvaro Múñoz Robledano me dijo: “Lo más triste es que estamos conformes con
el mundo, pero no con el lugar que ocupamos en él”.
Si la aristocracia del dinero ha
decidido regresar al absolutismo, al medievo y a la esclavitud, tal vez vaya
siendo hora de montar otra vez la guillotina.
En
este eterno retorno de lo idéntico, los fogoneros de la economía no van a
detenerse en una simple reedición del fascismo. De hecho, hay en marcha un
movimiento reaccionario denominado Ilustración
Oscura
que proclama una ideología abiertamente racista, machista y clasista, y que
cuenta, entre otros muchos líderes, con gurús tan tenebrosos como el filósofo
Nick Land, el ingeniero informático Curtis Yarvin o el tenebroso millonario
Peter Thiel.
Se trata, básicamente, de volver
al señorío de la impunidad total, un nuevo feudalismo sostenido no sólo
mediante la dominación económica, el control tecnológico y la hegemonía militar
sino mediante un sencillo principio antropológico que parece aterradoramente
plausible: los esclavos no quieren ser libres, quieren ser amos.
Así,
el jueves amaneció con la noticia de que el príncipe Andrés, hermano del rey
Carlos de Inglaterra, había sido detenido por su implicación en los archivos
del caso Epstein. No por sus abusos sexuales ni por denuncias de estupro
—cargos que eran ampliamente conocidos por el gran público— sino por la
filtración de secretos de Estado e información confidencial.
El terremoto replicaba el
escándalo de la princesa Mette-Marit, aspirante al trono de Noruega, quien, con
un hijo encarcelado bajo la acusación de violación, mantenía una relación de
amistad inalterable con el mayor pederasta de nuestros tiempos.
Tampoco
sería raro que ambos, el británico y la noruega, acaben exiliados en Abu Dabi,
junto al inefable rey emérito. A fin de cuentas, la institución monárquica, uno
de los pilares de la podre europea, apenas si se ha conmovido ante estas
revelaciones insoportables, como si fuesen la excepción y no la regla.
Es
evidente que estamos durmiendo a pierna suelta, roncando el sueño bobo de la
Matrix, y que los mandamases y sus perros guardianes descansan más tranquilos
aún.
Pero si la aristocracia del
dinero ha decidido regresar al absolutismo, al medievo y a la esclavitud, tal
vez vaya siendo hora de montar otra vez la guillotina.
David Torres
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