Hijas de nadie
Lo
que está estallando con el caso Epstein ya no se puede encuadrar en la
categoría de “escándalo”.
Es otra cosa. Los expertos de
Naciones Unidas hablan, con toda la frialdad del lenguaje jurídico, de posibles
crímenes contra la humanidad cometidos contra mujeres y niñas: esclavitud
sexual, violencia reproductiva, desapariciones forzadas, torturas, femicidios,
y una red transnacional sostenida durante años por dinero, contactos y
silencios comprados. Más de 1.200 víctimas identificadas en los archivos, y la
sensación de que solo estamos viendo la superficie.
En
el Reino Unido, el terremoto ya no es solo moral. Andrew Mountbatten‑Windsor, el que fuera príncipe Andrés, ha sido
detenido e interrogado por la policía británica por un supuesto delito de mala
conducta en el ejercicio de funciones públicas, vinculado a su etapa como
representante comercial del país.
Los
investigadores quieren saber si aprovechó esa posición para compartir con
Epstein información sensible sobre viajes oficiales y oportunidades de negocio,
tal y como apuntan los documentos desclasificados en Estados Unidos.
Tras horas de interrogatorio fue
puesto en libertad, pero sigue bajo investigación y sus antiguos domicilios
oficiales han sido registrados. A todo esto se suma lo que ya conocíamos: su
renuncia al tratamiento de “prince”,
la pérdida de títulos y privilegios, y el acuerdo civil millonario con Virginia
Giuffre, a la que reconoce como víctima establecida de abuso mientras insiste
en negar las acusaciones.
Lo
que está estallando con el caso Epstein ya no se puede encuadrar en la
categoría de “escándalo”.
Es
otra cosa.
Los expertos de Naciones Unidas
hablan, con toda la frialdad del lenguaje jurídico, de posibles crímenes contra
la humanidad cometidos contra mujeres y niñas: esclavitud sexual, violencia
reproductiva, desapariciones forzadas, torturas, femicidios, y una red
transnacional sostenida durante años por dinero, contactos y silencios
comprados. Más de 1.200 víctimas identificadas en los archivos, y la sensación
de que solo estamos viendo la superficie.
En
el Reino Unido, el terremoto ya no es solo moral.
Andrew
Mountbatten‑Windsor,
el que fuera príncipe Andrés, ha sido detenido e interrogado por la policía
británica por un supuesto delito de mala conducta en el ejercicio de funciones
públicas, vinculado a su etapa como representante comercial del país.
Los
investigadores quieren saber si aprovechó esa posición para compartir con
Epstein información sensible sobre viajes oficiales y oportunidades de negocio,
tal y como apuntan los documentos desclasificados en Estados Unidos.
Tras horas de interrogatorio fue
puesto en libertad, pero sigue bajo investigación y sus antiguos domicilios
oficiales han sido registrados. A todo esto se suma lo que ya conocíamos: su
renuncia al tratamiento de “prince”,
la pérdida de títulos y privilegios, y el acuerdo civil millonario con Virginia
Giuffre, a la que reconoce como víctima establecida de abuso mientras insiste
en negar las acusaciones.
La
onda expansiva no se queda en Buckingham.
Se
está llevando por delante carreras políticas y corporativas en varios países.
En el Reino Unido, Peter Mandelson ha dimitido del Partido Laborista y ha
abandonado la Cámara de los Lores tras la publicación de nuevos correos y
contactos con Epstein que se suman a un historial de relaciones incómodas con
el financiero.
En
el mundo económico y jurídico, la abogada general de Goldman Sachs, Kathy
Ruemmler, ha dejado su cargo tras filtrarse correos donde aceptaba regalos y
encuentros con Epstein, mientras el presidente del poderoso bufete Paul, Weiss,
Brad Karp, ha tenido que apartarse de la cúpula del despacho y de distintos
puestos institucionales por la misma razón: su nombre aparece demasiado cerca
del epicentro.
Medios internacionales hablan ya
de una “depuración silenciosa” de la
élite: dimisiones discretas, salidas pactadas, puertas giratorias que se
cierran antes de que el escándalo llegue a los tribunales.
¿Por qué tantos hombres que
manejan fortunas, fundaciones y políticas globales decidieron sentarse con un
depredador sexual condenado, y hacerlo repetidamente?
También
hay consecuencias en el tablero tecnológico.
Bill
Gates ha cancelado a última hora su discurso inaugural en una gran conferencia
de inteligencia artificial en Nueva Delhi, una aparición diseñada para hablar
de futuro, innovación y gobernanza global. La versión oficial es que no quería
desviar la atención del evento, pero la realidad es que el foco mediático se ha
concentrado de nuevo en sus reuniones con Epstein entre 2011 y 2013, algo que
él mismo ha reconocido como “un error”.
Nadie le imputa hoy un delito por
esos encuentros, y eso hay que decirlo con claridad. Pero el dato incómodo
permanece: ¿por qué tantos hombres que manejan fortunas, fundaciones y
políticas globales decidieron sentarse con un depredador sexual condenado, y
hacerlo repetidamente?
Mientras
tanto, en Estados Unidos se mira hacia un lugar aparentemente remoto: el Zorro
Ranch de Nuevo México.
Ese
rancho en mitad del desierto, rodeado de misterio durante años, es ahora objeto
de una nueva investigación penal a fondo ordenada por el fiscal general del
Estado.
El Congreso de Nuevo México ha
dado luz verde a una pesquisa “integral”
sobre lo que ocurrió allí, con facultades para reclamar documentos, citar
testigos y acceder a la información derivada de los archivos federales. Se
habla de posibles abusos sexuales, tráfico de menores y hasta muertes que nunca
fueron esclarecidas. Nuevo México fue durante años un decorado secundario en
esta historia. Hoy es una de las escenas principales.
Francia
también ha tenido que reabrir un expediente que creía archivado.
La
fiscalía de París ha anunciado nuevas investigaciones por trata de seres
humanos y delitos fiscales vinculados al entorno de Epstein, a partir de las
revelaciones recientes y de denuncias de organizaciones de protección de la
infancia.
El nombre de Jean‑Luc Brunel, el agente de modelos vinculado a Epstein
que apareció muerto en una cárcel francesa en 2022, vuelve a aparecer como
pieza clave de un circuito que habría reclutado y suministrado víctimas desde
Europa.
En
medio de todo esto se sitúa el informe del grupo de expertos de Naciones
Unidas, que es quizá el documento más demoledor de todos. No solo describe
hechos de extrema gravedad, sino que denuncia que las últimas
desclasificaciones se han hecho con redacciones defectuosas que protegen en
exceso a personas influyentes mientras exponen a las víctimas.
Reclama
una investigación independiente, exhaustiva e imparcial, y repite una frase que
debería ser obvia, pero no lo ha sido: ninguna persona, por rica o poderosa que
sea, debería estar fuera del alcance de la justicia.
Al mismo tiempo pide prudencia:
un nombre en un documento no equivale a una condena, y el linchamiento
mediático no puede sustituir al debido proceso.
Todo
esto nos lleva a una pregunta incómoda, que va más allá de la batalla
informativa.
Cuando
Putin habló de que estamos en manos de élites casi diabólicas, muchos lo
interpretaron como parte de su propaganda contra Occidente.
Sin
embargo, al contemplar la magnitud del caso Epstein, cuesta no ver algo
profundamente oscuro en la manera en que una parte de esas élites ha entendido
el poder: como licencia para comprar cuerpos, conciencias y silencios.
No
estamos ante monstruos de otro planeta.
Son
personas que viajan en primera, dan conferencias sobre ética, escriben libros
de liderazgo y se hacen selfies en cumbres de filantropía.
Lo
que revelan los archivos es que, si los hechos se confirman, aceptaron convivir
con un sistema que convertía niñas sin nombre en mercancía desechable.
Y que el mundo, durante demasiado
tiempo, miró hacia otro lado.
Bea Talegón
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