Cosas oídas en un taxi en Barcelona una noche de febrero de 2026
"No es la Barcelona de mi juventud, pero sigue siendo Barcelona. Tampoco los asalariados de hoy son los de entonces, pero siguen siendo asalariados: "Los de hoy siguen siendo asalariados: aunque no se llamen obreros, crean saber mucha historia y la patria menguante les preocupe más que el sueldo de mierda que el partido al que votan nunca menciona".
Fue
en Barcelona, hace solo unos días. El trayecto en taxi duró unos veinte
minutos, quizá veinticinco. Fue subirnos al vehículo y el conductor empezó a
hablar, primero con prudencia, como tanteando el terreno que pisaban sus
clientes, para inmediatamente después, tras informarse de que procedíamos de
España española, tomar aire, ganar confianza y deslizarse imparable por una
pendiente discursiva que, incontenible, no cesaría hasta llegar a nuestro
ansiado destino.
El hombre al volante rondaba
el medio siglo, y de su franco, desinhibido y detallado discurso podía
colegirse que su existencia venía transcurriendo desde mucho tiempo atrás por
los desolados arrabales del fracaso vital y profesional.
Escuchándole se llegaba pronto a la conclusión de que
nuestro inesperado speaker debía ser, aunque él nunca lo explicitó así, votante
de Vox. Confesó sin amargura visible ganar 1.200 euros al mes, no lamentaba la
precariedad de su sueldo: su obsesión era España y cómo estaba menguando el
número de quienes se decían españoles.
Sin saberlo, nos impartió una lección magistral de
sociología electoral que, en un contexto académico y dictada por un experto en
demoscopia, bien habría podido titularse ‘Perfil
psico-sociológico de un asalariado que vota a la extrema derecha’. Bien
pensado, y a la vista de la magnitud de la derrota existencial que su relato
dejaba entrever, la franqueza descarnada del mismo despertaba en los viajeros
inermes más piedad que ira, más compasión que enojo.
En estos términos, y con un marcado acento vasco, habló
nuestro hombre:
“¿De
Sevilla? Buen sitio Sevilla, allí tendría que irme yo, soy aragonés pero he
vivido muchos años en Euskadi, he tenido allí buenos jefes, gente seria ¿eh?,
pero que si podía engañarte con el finiquito, te engañaba, lo malo es que allí,
si no eres euskaldún, pues no prosperas, ya te digo, así de claro, y eso que el
PNV mucho hablar pero bien que estaban con Franco, los de ETA salieron de allí,
una escisión del PNV, y Euskadi sur la fundó don Diego López de Haro, que era
de La Rioja, hay que estudiar un poco de Historia para que no te engañen, pero
luego pasa lo que pasa, que ya no hay españoles, aquí ya nadie dice que es
español, dice soy catalán, soy madrileño, soy andaluz, y a mí lo que me importa
es España, yo soy español, y lo digo así, que soy español, tal cual… aquí en
Barcelona me va bien, me defiendo, se puede vivir, aunque en Euskadi ganaba
más, aquí salgo por 1.200 euros al mes, más el mes de vacaciones, ahora tengo
la jornada de ocho horas, porque este mes es malo y no vale la pena cogerse el
horario de 12 horas, para estar todo el día haciendo tiempo y sin que lleguen
clientes, pues que no compensa, ¿entienden?
Y
ahora pago 500 por una habitación, pero he tenido suerte con el piso, sí,
bastante suerte, y eso que en otra habitación hay una pareja con su niña, son
moritos o como se diga, que a mí me da igual, y no paran de usar la cocina, vas
a hacerte algo y allí está la madre cocinando no sé qué para la niña, joder,
pero bueno… de Euskadi ya me despedí, aunque mi hermano sigue allí y le va
bien, lo que pasa es que lleva ya dos matrimonios y dos divorcios, mi hermano
es que tiene un carácter fuerte, pero no es un abusón ¿eh?, no, solo que no le
gusta que le digan lo que tiene o no tiene que hacer, y eso hoy en día…
En
cambio yo nunca me casé, antes quería formar una familia y tener hijos y que mi
padre, que en paz descanse, tuviera nietos, pero nada, y con 51 años ya sé que
no va a poder ser, ya me he olvidado de eso, y tampoco quiero estar siempre aquí
en Barcelona, yo soy español, no me gusta cómo va España, con Franco no era
todo bueno, había cosas malas pero también cosas buenas, los pantanos, la
Seguridad Social, y luego había cosas malas que algunos dicen que hacía, pero
quienes las hacían eran los que tenía alrededor, la camarilla, no él, hay que
estudiar un poco de historia para saber las cosas y que no te engañe
cualquiera, aunque yo creo que Franco apoyaba más a la clase media alta que a
los pobres, eso sí…”.
Llegamos a nuestro destino.
Acaba de caer la noche sobre Barcelona. Nos alojamos en la zona alta de la
ciudad. Vista desde las últimas laderas que la aprisionan, la ciudad
resplandece y centellea como lo hacía en la edad no siempre dorada de mis
veinte años.
Abajo sigue el tráfago de coches, tiendas, turistas,
idiomas, calles cortadas, vagones atestados, improperios contra Renfe.
No
es la Barcelona de mi juventud, pero sigue siendo Barcelona. Tampoco los
asalariados de hoy son los de entonces, pero siguen siendo asalariados: aunque
hayan dejado de llamarse obreros a sí mismos; aunque piensen, al contrario que
los de entonces, que Franco también hizo cosas buenas; aunque sepan o crean
saber mucha historia y la patria menguante les preocupe más que ese sueldo de
mierda que el partido al que votan nunca menciona.
Antonio Avendaño

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