Cuando el estado se ausenta


 El anarquismo no eligió su momento, apareció cuando el poder se retiró y la calle tuvo que mandar

La historia del anarquismo suele contarse como una taxonomía de ideas: prolija, minuciosa y, no pocas veces, desconectada de la experiencia histórica concreta. Manifiestos, congresos, escisiones, polémicas doctrinales y largas discusiones, brillantes unas veces, ineficaces otras; sobre la naturaleza del poder, la autoridad y la libertad. Sin embargo, esa forma de narrarla resulta profundamente insatisfactoria cuando se pretende comprender su verdadero alcance histórico.

El anarquismo, a diferencia de otras tradiciones políticas, solo se vuelve plenamente inteligible cuando abandona el terreno de la teoría y se ve obligado a gobernar la vida cotidiana.

Porque, si uno revisa las veces que la teoría trató de ponerse en práctica, es inevitable darse cuenta de que el anarquismo rara vez ha elegido el momento de ponerse en práctica. No ha florecido en épocas de estabilidad ni ha sido convocado por sociedades satisfechas con su orden político.

Por el contrario, los llamados “experimentos anarquistas” han surgido casi siempre en contextos de colapso estatal, de derrota militar, de crisis de legitimidad o de guerra civil. Es decir, cuando el Estado, esa institución presentada como indispensable e imprescindible, sobre todo por la clase política que lo lidera; deja de cumplir su función elemental y se retira, voluntaria o involuntariamente, del escenario.

En ese vacío, a menudo breve pero decisivo, la sociedad se ve forzada a organizarse por otros medios. Y ha sido en esos contextos cuando el anarquismo ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en una práctica histórica.

A lo largo de los siglos XIX y XX hubo múltiples experiencias de este tipo.

Comunas rurales, colonias libertarias, experimentos comunitarios, consejos obreros y formas híbridas de autogobierno surgieron en Francia, Italia, Ucrania, Rusia, España e Hispanoamérica.

Algunas duraron semanas; otras, años. Muchas fracasaron por aislamiento, por debilidad económica o por una confianza excesiva en la espontaneidad social. Otras fueron destruidas desde fuera con una violencia que revela, por sí sola, hasta qué punto resultaban intolerables para el orden establecido.

En un artículo de vocación divulgativa y en un digital es imposible recorrer exhaustivamente esa constelación de experiencias. Tampoco se puede aspira a redactar una historia general del anarquismo, tarea ya abordada, con mayor o menor fortuna, por generaciones de historiadores y militantes. No se puede aplicar profundidad, pero sí dar unas pinceladas para quien quiera investigar por su cuenta o le pique el gusanillo tras leer esta columna. El objetivo es detenerse únicamente en los dos momentos más significativos de experimentación anarquista a gran escala.

El primero es la Comuna de París.

El episodio fundacional. El momento en que, por primera vez, una gran capital europea moderna se gobierna sin el aparato estatal tradicional y demuestra, aunque solo fuera durante setenta y dos días, que el orden social no se derrumba de inmediato en ausencia del Estado.

Antes de que algún purista vaya como un poseído a X, Facebook, o a casa de su vecina Paqui la del tercero para ponerme de vuelta y media, debo aclarar que la Comuna no fue un experimento anarquista puro. No lo fue ni en sus intenciones ni en su composición ideológica. Pero sí fue el precedente histórico decisivo que marcó, para siempre, el horizonte de lo posible.

El segundo es la Revolución española de 1936–1937.

El mayor, más complejo y más prolongado intento de organización social inspirada en principios libertarios que haya conocido la historia contemporánea. A diferencia de la Comuna, aquí el anarquismo no fue un actor marginal ni un componente más de una coalición difusa, sino el eje vertebrador de amplias zonas del territorio, de la producción industrial y de la vida cotidiana de cientos de miles de personas.

Entre ambos episodios se extiende un arco histórico de más de sesenta años. En ese intervalo tuvieron lugar otras experiencias relevantes: las comunas rurales del siglo XIX, el experimento majnovista en Ucrania, los consejos obreros en Rusia antes de su absorción por el Estado soviético. Todas ellas merecerían un análisis detallado.

Pero aquí solo aparecerán como antecedente, como eslabones intermedios de una cadena cuyo primer y último eslabón son, precisamente, París y España.

La Comuna de París representa el nacimiento del problema: ¿es posible gobernar sin Estado? La revolución española representa su formulación más completa: ¿puede una sociedad compleja —industrial, urbana, en guerra— sostenerse durante un periodo prolongado mediante formas de autogestión libertaria?

Entre ambas experiencias se condensan las virtudes, las contradicciones y los límites del anarquismo como práctica histórica. Y, quizá por ello, siguen incomodando tanto a sus detractores como a sus defensores más fervientes.

LA COMUNA DE PARÍS

El día en que el poder bajó a la calle

La Comuna de París nació, conviene insistir, de una derrota. La guerra franco-prusiana había desmantelado el Segundo Imperio con una rapidez que desmentía su retórica de grandeza. París, sitiada durante meses, había aprendido a sobrevivir sin un Estado eficaz. Cuando el gobierno provisional firmó el armisticio y se trasladó a Versalles, dejó tras de sí algo más peligroso que una ciudad armada: una ciudad políticamente consciente de su propia capacidad de autogobierno.

El levantamiento del 18 de marzo de 1871 no fue una insurrección planificada por una organización revolucionaria centralizada. Fue, más bien, una reacción defensiva ante el intento gubernamental de desarmar a la Guardia Nacional y recuperar unos cañones que los propios parisinos habían financiado. El fracaso de esa operación precipitó la retirada del poder estatal y abrió un escenario inédito.

Las elecciones comunales del 26 de marzo dieron lugar a un Consejo heterogéneo: blanquistas, jacobinos radicales, socialistas, internacionalistas y anarquistas convivían en una mezcla ideológica que haría las delicias, o las pesadillas, de cualquier politólogo contemporáneo. La Comuna no fue, por tanto, un régimen anarquista doctrinal. No abolió formalmente el Estado ni proclamó la anarquía como principio explícito. Pero sí hizo algo quizá más subversivo: lo volvió funcionalmente innecesario.

Los cargos eran revocables, los salarios de los representantes se equiparaban al de un obrero cualificado, se separó la Iglesia del poder civil y se impulsó la autogestión de talleres abandonados. La autoridad dejó de presentarse como una carrera profesional y pasó a concebirse como una función transitoria y controlada. Marx vio en ello la primera manifestación concreta de un poder obrero no estatalizado.

Aquí conviene desmontar uno de los tópicos más persistentes: París no se sumió en el caos. Hubo desorganización, improvisación y conflictos internos, sin duda. Pero la ciudad funcionó. Se legisló, se administró justicia y se mantuvo un orden básico. Louise Michel, testigo y protagonista, describió una ciudad pobre, tensa y armada, pero lejos del desorden caricaturesco que la propaganda posterior quiso fijar en la memoria colectiva.

El verdadero talón de Aquiles de la Comuna fue su dimensión militar. La Guardia Nacional, con mandos electos y fuerte cultura deliberativa, encarnaba el intento, tan noble como problemático, de compatibilizar democracia directa y eficacia bélica. Las decisiones estratégicas se retrasaron, se desaprovecharon oportunidades clave —como el control del Banco de Francia— y se subestimó la capacidad de reorganización del enemigo.

Cuando el Estado regresó, lo hizo sin ambigüedades. La Semana Sangrienta de mayo de 1871 no fue solo una derrota militar, sino una lección política: decenas de miles de ejecutados, deportaciones masivas y una represión ejemplarizante destinada a borrar no solo a los comuneros, sino la idea misma de que una gran ciudad pudiera gobernarse sin Estado.

La Comuna fracasó. Pero aquel experimento quedó para siempre en la memoria de los idealistas. Y por eso nunca fue olvidada.

LA REVOLUCIÓN ANARQUISTA ESPAÑOLA (1936–1937)

Cuando la excepción se convirtió en sistema

Si la Comuna de París fue el primer gran ensayo, la revolución española fue la obra completa. No surgió de un laboratorio ideológico, sino del colapso del Estado republicano tras el golpe militar de julio de 1936. Allí donde el golpe fracasó, el poder quedó en manos de sindicatos y comités obreros. Y, a diferencia de 1871, existía una tradición organizativa previa capaz de llenar ese vacío.

La CNT, descrita por José Peirats como una organización profundamente arraigada en la clase trabajadora y desconfiada de toda forma de poder estatal, no improvisó desde cero, como bien saben los masoquistas que se han tragado gran parte de los vídeos de la serie “Hacia la Guerra Civil” y su secuela. Durante décadas había desarrollado una cultura organizativa basada en la acción directa, el federalismo y la autogestión. Cuando el Estado desapareció, esa cultura se tradujo en práctica.

Fábricas, transportes, servicios públicos y tierras agrícolas pasaron a ser gestionados colectivamente. En Aragón, Cataluña y el Levante, cientos de colectividades rurales abolieron el salario, organizaron el trabajo de forma comunal y establecieron sistemas de reparto basados en las necesidades. En las ciudades, la industria continuó funcionando bajo control obrero, a menudo con mayor eficiencia que antes, como reconocieron observadores nada sospechosos de simpatía libertaria.

Pero la revolución española no fue un idilio. Desde el primer momento convivió con una guerra total. El movimiento en sí fue especialmente violento con la burguesía y la Iglesia. En los primeros meses del conflicto los anarquistas llevaron a cabo miles de asesinatos, y allí donde eran mayoría, eliminaron la propiedad privada. En cualquier caso, los ácratas debían afrontar un dilema insalvable: cómo sostener una revolución libertaria sin reproducir un Estado que la niegue. La entrada de la CNT en los gobiernos de Cataluña y de la República fue, para muchos militantes, una dolorosa contradicción; para otros, una necesidad táctica.

Trotsky, desde una posición abiertamente crítica, observó con atención el proceso español. Reconoció la profundidad social de la revolución, pero señaló con dureza lo que consideraba su principal debilidad: la renuncia a construir un poder revolucionario centralizado capaz de imponerse en la guerra.

Las cuatro versiones cardinales del obrerismo español: el socialismo marxista del PSOE, el comunismo marxista antiestalinista del POUM, el comunismo tercenista pro-soviético del PCE, y el anarcosindicalismo eran incompatibles en propósito y forma. Los cuatro soñaban con superar la República liberal para evolucionar hacia la revolución: para unos mediante la aparición de la Dictadura del Proletariado con un Estado que lo controlara absolutamente toro, para otros, mediante el comunismo libertario y la reducción del Estado a la mínima expresión.

Indudablemente, la paradoja fundamental del experimento era que la fidelidad a los principios libertarios se convirtió, en un contexto de guerra, en una desventaja estratégica.

La derrota de la revolución anarquista no fue solo militar. Fue también política. Aplastada entre los sublevados y la restauración del Estado republicano, la experiencia libertaria fue desmantelada progresivamente incluso antes del final de la guerra. Pero, durante más de un año, millones de personas vivieron, no imaginaron, una sociedad organizada sin Estado.

Lo que ocurrió cuando el Estado no estuvo

Ni la Comuna de París ni la revolución española sobrevivieron. Ambas fueron derrotadas con una violencia que dice mucho sobre el miedo que suscitaron. Pero medir su importancia únicamente por su desenlace sería un error de perspectiva.

Durante setenta y dos días en París y durante más de un año en España, el Estado faltó a la cita. Y la sociedad, contra todo pronóstico, no se desmoronó. Se organizó. Mal, a veces. De forma contradictoria, casi siempre. Pero lo hizo.

Esa es la herencia incómoda de los grandes experimentos anarquistas. No demostraron que el anarquismo fuera la solución definitiva, pero sí que el Estado no es la única forma posible de orden. Y esa constatación, más que cualquier consigna, sigue siendo profundamente perturbadora, no solo para los que creen en una sociedad sin estado, pero igualitaria y donde la producción es cosa de todos en igualdad de esfuerzo; también para los que miran a la Escuela Austriaca como una posibilidad de evitar las limitaciones a la producción de la riqueza. Los libertarios capitalistas no han tenido aún su campo de prácticas. ¿Veremos experimentos plenos en el futuro? No lo sé, pero esa es una posibilidad digna de ser contada.

Joaquín Rivera Chamorro

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