Todas somos brujas


«Si no estamos alerta no va a ser solo Rosalía la que se vista de monja con fines comerciales sino tu compañera, tu madre o tu hermana, y no precisamente para vender discos, sino para que no la quemen en una hoguera»

Aterrizo en Madrid y escucho hablar sin parar de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa. Yo vivo en Italia, patria del Vaticano, donde me han dicho cosas como «yo voy poco a misa, solo los domingos».

Pero visto que en el último año he sido fagocitada por un jubileo y un cónclave, decido que –de perdidos al río– voy a ver la película, aunque intuyo que hay algo raro en el ambiente porque no es normal que todo pase a la vez: Rosalía se viste de monja y habla de Dios, Javier Cercas se forra vendiendo libros sobre un viaje con el papa Bergoglio, el Madrid institucional celebra la Navidad invitando a cantar a un grupo de dudosa calidad musical pero fervor indiscutible llamado Hakuna y una serie tan alejada de la religión como Machos Alfa incluye en su última temporada la conversión a cura de uno de sus protagonistas más golfos.

En los periódicos españoles no dejan de aparecer artículos analizando precisamente la coincidencia de esos fenómenos. En Francia avisan de que hay un auge de bautismos entre adultos. En Italia, cantantes como Elodie o Annalisa también han recuperado la iconografía católica que hace décadas convirtió a Madonna en hereje oficial, pero sobre todo hay un boom de influencers que te enseñan cómo vestirte para ir a misa o te leen la Biblia por si tú no eres capaz. El fenómeno de los tiktokers que evangelizan es global: también se da en España, Latinoamérica y, a lo bestia, en Estados Unidos. Los expertos se preguntan si estamos ante un regreso de la espiritualidad. Afirman que la generación Z está perdida y desilusionada ante la falta de perspectivas laborales y necesitan volver a creer en algo. Nos dicen que estos fenómenos culturales reflejan lo que ocurre en el interior de muchas almas: la gente está volviendo a creer porque el capitalismo, ¡ay, dios!, les ha decepcionado.

Creer en Jesucristo puede que esté de moda, como lo está desde hace ya algunos años creer en la meditación y en el yoga. Pero en todos estos análisis se olvidan de que la solidaridad también estaba incluida en el cristianismo original. Pero en esta nueva ola nadie dice «ayudemos al prójimo», «creo en Dios porque él me ha enseñado que hay que luchar contra las injusticias».? ?

Al contrario, creer parece ser parte del culto al yo: «Voy a meditar para sentirme mejor», cuando los verdaderos budistas meditan por la paz en el mundo. En la película Los domingos, el mensaje es acrítico: «Voy a hacerme monja porque he sentido la llamada de Dios», y punto.

Otra muestra más del individualismo desmedido del siglo XXI, en realidad un subproducto de ese mismo capitalismo contra el que, en teoría, se rebela esa vuelta a la fe. Pero… ¿y si estas manifestaciones cristianas que ahora pincelan nuestra cultura pop simbolizaran algo mucho menos inocente? ¿El reflejo, en formato consumible, de esos tiempos oscuros con los que nos amenazan desde múltiples frentes ideológicos?

Porque no hay que olvidar que en el Proyecto 2025, la hoja de ruta de Trump, el cristianismo, en su vertiente más rancia, guía muchas de las decisiones políticas: la única familia es la formada por un hombre y una mujer, el aborto es pecado, los inmigrantes amenazan a la raza blanca y podría sustituirla si no los echamos, la mujer tiene una sola misión: dedicarse a la crianza, y toda esa serie de valores ultraconservadores, racistas y machistas promovidos también a través de organizaciones como el Congreso Mundial de Familias o la Red Política por los Valores.

Esos centros de poder canalizan millones de euros que sirven para financiar a Vox y otros partidos ultraderechistas como Fratelli d’Italia. Con ese dinero ganan elecciones y así consiguen que esa ideología se convierta en legislación, como ya ha ocurrido en Hungría, el modelo político de éxito para la ultraderecha cristiana. Seguramente también lo replicará Chile, donde José Antonio Kast, presidente de la Red Política por los Valores, acaba de ganar las elecciones.

Aviso a navegantes: si no estamos alerta no va a ser solo Rosalía la que se vista de monja con fines comerciales sino tu compañera, tu madre o tu hermana, y no precisamente para vender discos, sino para que no la quemen en una hoguera.

Porque además, las brujas han vuelto.

En el nuevo relato ultraderechista, bruja es el insulto más utilizado contra la relatora especial de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, y contra toda mujer que defienda públicamente hoy cualquier idea progresista.

Ideas que hasta hace unos años eran consideradas mainstream –desde la igualdad de género a la defensa de los inmigrantes–, pero que, con el empoderamiento de la ultraderecha, se han convertido en asuntos de… brujas.?

 

Barbara Celis 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ganar una guerra sin armas. Pero con dos “balas en la recamara”

Reflexiones de Mario Benedetti.( Sabios consejos de un hombre sabio) Si estás cerca (arriba o abajo) de los 60, tómate unos 10 minutos y léelo

El banc (central) dels acusats