Epstein, del romanticismo marginal a la explotación eterna
El caso Epstein, con ramificaciones aún abiertas en 2026 e investigaciones pendientes sobre Ghislaine Maxwell y posibles cómplices, nos obliga a mirar de cara los mecanismos «empresariales» que orbitan en torno a la prostitución y del reclutamiento de mujeres para lucrarse con sus cuerpos. No se alejan nada de los esquemas clásicos: la vulnerabilidad es siempre la materia prima.
Durante los años de la
Transición, al igual que una buena parte de la progresía urbana —sobre todo la
barcelonesa—, cultivó una mirada indulgente, casi complaciente, hacia todo
aquello que escapaba de los márgenes del sistema. En el contexto de ruptura con
el franquismo, de rechazo al orden moral autoritario y de fascinación por
cualquier forma de disidencia, confundió la marginalidad con un territorio de
contestación y libertad auténtica.
Lo ilícito, lo anómalo, lo que
desafiaba la norma era visto automáticamente como resistencia. La pobreza, la
exclusión, las economías sumergidas, el lumpen y los mundos turbios adquirieron
una pátina romántica, teñida de exotismo y de una cierta fascinación de clase.
Nombres como El Torete. El Vaquilla o El Jaro fueron, por ejemplo, iconos
indiscutibles.
Este imaginario permitía una
lectura estética y paternalista de la marginalidad y raramente se detenía a
analizar sus condiciones materiales reales. Se idealizaba el margen sin tener
que vivirlo. El sufrimiento ajeno se transformaba en relato, en símbolo, en
coartada moral. Dentro de este marco, la prostitución ocupaba un lugar especialmente
ambiguo: a menudo se presentaba como una expresión de libertad sexual, como una
elección radical que desafiaba la hipocresía burguesa y las normas
patriarcales. Era necesario —decía el discurso— respetarla, comprenderla e
incluso defenderla como una forma de autonomía femenina ante un sistema
represivo.
Este relato edulcorado se me
resquebrajó cuando la crudeza de algunos testigos irrumpió sin contemplaciones.
Uno de los más impactantes se produjo cuando acompañé, como joven aprendiz, a
un periodista veterano en un reportaje publicado en una revista de la órbita
del Grupo Z. El personaje central no era una víctima ni una prostituta:
entrevistamos directamente a un proxeneta. Un chulo de profesión, alguien que
vivía literalmente de la explotación ajena.
El hombre hablaba con una
frialdad casi burocrática de su método de captación de «las nenas». No improvisaba: había perfeccionado una técnica que
combinaba intuición, psicología básica y una comprensión precisa de las
debilidades sociales. Consistía en enviar un cómplice, joven y atractivo —él
mismo reconocía, sin pudor, que no lo era—, a fiestas mayores de pueblos
pequeños. Allí, entre música, alcohol y la sensación de excepcionalidad que
rompe la rutina, el cómplice seducía a chiquillas muy jóvenes, a menudo casi
adolescentes, con horizontes vitales estrechos y pocas expectativas más allá de
su entorno inmediato.
La elección no era casual:
familias desestructuradas, educación interrumpida, economía frágil. No había
que forzar mucho; bastaba prometer otra vida. El joven las envolvía en un
cuento de hadas urbano: la ciudad, el amor, la libertad, una existencia más
plena e intensa. Abrumadas, ilusionadas y desorientadas, aceptaban marcharse.
El cuento se hundía rápidamente.
Aún durante el viaje hacia la gran ciudad, el relato comenzaba a darse la
vuelta. Al principio, todo mantenía la apariencia de amor: promesas y proyectos
compartidos. Pronto llegaba el giro calculado: los gastos se habían disparado
«por su culpa», las deudas eran urgentes y no había alternativa. La única
salida era aceptar la oferta de un señor dispuesto a ayudarles (el macarra) a
cambio de que la chica se fuera a la cama con él. Era una prueba de amor.
Ya lejos del pueblo,
avergonzadas, sin red familiar ni recursos, quedaban atrapadas. Volver era casi
imposible. Y si lo intentaban, la violencia aparecía en seguida: la primera
paliza no era un exceso, sino un aviso que se repetiría. «Lo buscan, lo tengo claro. No sería un buen protector si no cayera una
paliza de vez en cuando». Era el recordatorio de que su vida ya no les
pertenecía.
Aquel testimonio me sacudió
profundamente. La sordidez banal del relato, la descripción fría de la
destrucción progresiva de la voluntad de aquellas chicas, desmontaba cualquier
romanticismo. Aquella marginalidad no era libertaria ni disidente: era violencia
organizada. La prostitución no era un espacio de libertad; era un negocio
construido sobre la coerción, el miedo y el abuso sistemático.
Este punto de inflexión me obligó
a revisar mitos asumidos con demasiada comodidad. El margen dejó de ser un
espacio poético para convertirse en un territorio devastado por relaciones de
poder brutales. La fascinación progresista por el submundo se revelaba como una
mirada superficial, ingenua y estúpida que confundía transgresión con
explotación.
Desmitificar la marginalidad no
fue un ejercicio moralista, sino profundamente político: implicaba reconocer
que detrás de muchas prácticas idealizadas se escondían estructuras de
dominación tan duras —o más— que las del centro del sistema. Sin derechos
materiales, sin justicia social ni redes de protección reales, la libertad es
una palabra vacía, un lujo reservado a quien la puede elegir de verdad.
Décadas después, esa misma lógica
reaparece con una crudeza inquietante en el escenario Epstein. Los papeles
filtrados no han revelado nada esencialmente nuevo: simplemente han iluminado
la continuidad de un mecanismo antiguo, actualizado a los nuevos imaginarios de
éxito y a los nuevos centros de poder. Epstein reclutaba chicas jóvenes y
vulnerables: muchas de contextos precarios, familias desestructuradas o
economías al límite; otros, aspirantes a modelos con el sueño de una carrera
fulgurante en un mundo de imagen, lujo y ascenso rápido.
El patrón era idéntico al del
viejo proxeneta: promesas de oportunidades, viajes, contactos, dinero fácil
como salida de la precariedad. Cambiaban los clientes -los de Epstein los
hombres más poderosos del mundo- pero no el núcleo: hacer negocio con cuerpos
jóvenes, construir poder a partir de su vulnerabilidad, una versión
sofisticada, envuelta en jets privados, mansiones e islas exóticas. La
escenografía era diferente; el fondo, exactamente el mismo. Mujeres con una
vulnerabilidad estructural, producida socialmente, no individual. Ante ellos,
los mismos depredadores con los mismos métodos: seducción, dependencia
emocional, aislamiento, chantaje y explotación.
Es el mismo asco, el mismo
negocio antiguo, ahora operando desde el corazón del poder global. El caso
Epstein, con sus silencios interesados, no es sólo un escándalo sexual: es un
espejo incómodo. Nos obliga a enfrentar una sociedad en la que sus líderes
toleran, justifican y se aprovechan de la mercantilización de cuerpos jóvenes
cuando sirve los intereses del poder y del dinero. Nos interpela políticamente.
Cada vez que romantizamos la marginalidad
o hablamos de «libre elección» sin
analizar las condiciones materiales que la limitan, contribuimos a blanquear
estas estructuras de violencia. No se trata de negar la agencia individual,
sino de reconocer sus límites reales en un mundo profundamente desigual.
La lección que algunos vamos a
empezar a aprender durante la Transición sigue vigente, quizás más que nunca:
el margen no es, per se, un espacio de libertad. A menudo es el lugar donde el
sistema ejerce su violencia con menos testigos. Sólo una mirada que combine
empatía, rigor y análisis político puede impedir que volvamos a convertir la
explotación en mito y la miseria en relato seductor.
Rosa
Maria Puigserra

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