Trump desafina
Decía el otro día Benito
Antonio Martínez Ocasio: «God bless America! Sea Chile, Argentina, Uruguay,
Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia, Venezuela, Guyana, Panamá,
Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, México, Cuba, República
Dominicana, Jamaica, Haití, las Antillas, United States, Canadá, o my mother
land, mi patria, Puerto Rico».
No es ningún frankfurt de
frases hechas: es el mensaje de un artista que, entre ritmos que se enganchan
como su «Nueva Yol», se ha convertido
en un símbolo —musical y político— de la diversidad y la pluralidad que es
América.
Y, a pesar de no ser fan de sus canciones, comparto y
aplaudo sus reivindicaciones y me posiciono claramente a favor de él en su
enfrentamiento con el anaranjado presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El enfrentamiento se ha vuelto
visible de manera cruda estos últimos días a raíz de la actuación del citado
artista en la Super Bowl, donde Bad Bunny hizo historia como uno de los pocos
artistas hispanohablantes en el Halftime Show.
La pieza no era solo un
concierto: fue una declaración de presencia cultural, una celebración de la
identidad latina y una reivindicación de la inclusión.
El cantante puso sobre el escenario un mensaje de unidad: «Together We Are America», un lema
proyectado en la pantalla y reafirmado con un fútbol con esta inscripción,
poniendo el amor por encima del odio y reclamando que la diversidad forma parte
de la esencia norteamericana.
La respuesta de Trump ha sido previsible y lamentablemente
tóxica. En las redes sociales calificó la actuación de «terrible», «una de las peores
de la historia» y «una afronta a la
grandeza de América», criticando que nadie entendió ni una palabra de las
canciones. También tildó el baile de «repugnante»
y expresó preocupación por su supuesta influencia sobre los niños.
Aquí no se trata solo de
gustos musicales. Se trata de qué valores se reivindican y quién tiene derecho
a definirlos. Cuando Trump habla de «grandeza»
asociándola a una visión homogeneizada —y culturalmente excluyente— del país,
no está criticando una actuación artística; está dibujando una América que
regresa a un pasado que nadie con un poco de espíritu progresista querría
reproducir.
La crítica exacerbada al lenguaje, a la diversidad y a una
celebración cultural global es, en última instancia, el mismo mensaje
intolerante que lideró muchas de las políticas de inmigración que Bad Bunny ha
condenado repetidamente, tanto en las redes como en discursos públicos (como
cuando dijo «ICE out» en los Grammy
2026 en contra de las batidas y políticas de inmigración).
No querría caer en la
celebración acrítica de un artista como superhéroe —Bad Bunny es un músico, no
un estadista—, pero hay momentos en que la cultura puede ser una forma de
resistencia tan potente como cualquier manifestación política, especialmente
cuando viene de sectores marginados o ignorados.
La monstruosa reacción de Trump es reveladora; no es una
crítica a la música, sino a lo que representa: una América diversa, plural,
orgullosa de sus raíces múltiples y abierta a todas las lenguas e identidades.
Si Trump quiere seguir siendo el centro de una porción cada
vez más pequeña del espectro político norteamericano, que siga chillando a
través de Truth Social. Pero la respuesta cultural que ha recibido de millones
de personas en todo el mundo ante la crítica a la Super Bowl demuestra una
cosa: la América diversa que Bad Bunny representa no solo existe, sino que es
imparable.
Por eso, por mucho que Trump
se exalte y defienda una idea caduca de «grandeza»,
me pongo al lado de quien ve a América como un mosaico y no como un único
color.
Que sea español, inglés o cualquier lengua: América es
plural, y eso —no el miedo— es lo que la hace fuerte.
Xavier Ribera
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