¿Y si mañana, al levantarme, no pudiera ver la pantalla?
Imagine por un momento que enciende su ordenador o su móvil… y no puede leer nada. No distingue los botones, no comprende los menús, no puede completar un formulario. Lo que para la mayoría es rutina, para millones de personas es una barrera cotidiana.
En España, solo el 7 % de las personas con discapacidad
visual accede a formación en tecnologías. El 93 % restante queda excluido, con
graves consecuencias para su autonomía y participación social. No es un dato
menor: es una brecha que condiciona la autonomía, la empleabilidad y la
participación social.
La tecnología tiene el potencial de cambiar esta realidad.
Pero solo lo hace cuando es accesible y cuando va acompañada de formación
adaptada. De lo contrario, amplifica la desigualdad. Un estudio reciente lo
confirma: sin un diseño inclusivo y sin alfabetización digital, estas
herramientas no llegan a quienes más las necesitan.
¿Qué implica realmente vivir con baja visión?
Existe una idea extendida (y errónea) de que la
discapacidad visual es sinónimo de ceguera total. Sin embargo, muchas personas
con baja visión no cumplen los criterios de ceguera legal y, por tanto, no
acceden a recursos especializados como los de la ONCE.
Quedan en una especie de zona “gris” del sistema. Sin apoyos estructurados, sin formación
específica y, en muchos casos, sin conocer siquiera las soluciones disponibles.
La tiflotecnología (lectores de pantalla, magnificadores o
líneas braille) permite superar muchas barreras. Pero el problema no es solo la
tecnología: es el acceso a ella. Sin formación, estas herramientas son
invisibles.
El resultado es conocido: improvisación, dependencia y, en
demasiados casos, aislamiento.
Cuando el diseño excluye
Incluso quienes tienen conocimientos técnicos encuentran
muchas barreras. Muchas webs y aplicaciones no cumplen con los mínimos de
accesibilidad exigidos por Ley. Textos que no se amplían, botones sin etiqueta,
colores sin contraste o formularios imposibles de leer son algunos ejemplos.
Esto obliga a depender de familiares o amigos para realizar
tareas cotidianas. Trámites bancarios, gestiones públicas o incluso pedir una
cita médica pueden convertirse en obstáculos insalvables.
La accesibilidad web no es un lujo. Es un derecho. Y no
solo beneficia a las personas con discapacidad visual. También ayuda a mayores,
personas con problemas temporales o usuarios con mala conexión o dispositivos
antiguos. Además, en España existe una normativa legal específica para la
accesibilidad digital, recogida en el Portal de Administración Electrónica del
Gobierno de España.
Sí, la tecnología puede ser transformadora
Cuando se cumplen ciertas condiciones, la tecnología cambia
vidas. Aplicaciones con voz, lectores de pantalla, funciones de ampliación y
herramientas de comunicación han permitido a muchas personas estudiar, trabajar
y mantenerse conectadas.
Durante la pandemia, varias personas aprendieron a usar
redes sociales y apps de videollamadas para no perder el contacto. En algunos
casos, fue esa necesidad de comunicarse la que impulsó el aprendizaje.
Pero estas experiencias siguen siendo la excepción. Muchas
personas siguen sin saber qué recursos existen ni a dónde acudir.
¿Qué necesitamos para cerrar esta brecha?
Primero, es necesaria formación especializada. Y fuera de
la ONCE, casi no existe. Faltan instructores, materiales y puntos de
referencia.
En segundo lugar, es urgente un diseño accesible desde el
origen. No como añadido o como un favor. Hacer las webs y apps accesibles desde
el principio evita costes futuros y amplía su utilidad.
Además, precisamos voluntad política. La tecnología
inclusiva no llega sola. Requiere leyes claras, recursos públicos y campañas de
sensibilización.
La brecha digital no se cierra solo con dispositivos. Se
cierra con diseño inclusivo, políticas públicas y formación para todos. Como
recuerda la UNESCO, el acceso a la información es un derecho universal. Y, como
señala la Organización Mundial de la Salud, la pérdida de visión afecta a más
de 2 200 millones de personas en el mundo.
No podemos permitirnos dejar a millones fuera de la
sociedad digital.
Antonia Moreno Cano
Fernando Díez Ruiz

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