‘Los intocables de los Pirineos’, ‘la raza maldita'… ¿Quiénes eran realmente los agotes?
En la década de 1960, en la localidad francesa de Luz (departamento de Altos Pirineos), se invitaba a los turistas que visitaban los Pirineos a conocer a la última familia de “agotes” (cagots en francés) de la región. A estos hombres y mujeres de baja estatura se les presentaba como los últimos descendientes de una “raza maldita”, discriminados desde hacía más de mil años en la zona.
En los folletos turísticos de
la región aún hoy se hace mención a los agotes, a quienes se presenta a veces
como “los intocables de los Pirineos”,
como “descendientes de los visigodos”
o incluso como “individuos pequeños y
deformes con el lóbulo de la oreja pegado”.
Pero ¿quiénes eran realmente estos hombres y mujeres
discriminados? Intentemos aclararlo considerando las fantasías, las fuentes
históricas disponibles y las incógnitas que aún persisten.
En los Pirineos franceses y españoles, las personas
llamadas agotes, cagots, capots o incluso gahets están envueltas en un velo de
misterio. Su identidad, su origen y su destino han dado mucho que hablar
durante cinco siglos, tanto en la literatura científica como en el discurso
popular. En cualquier caso, se trata de una población discriminada entre el
siglo XIV y principios del XIX, aunque las lógicas de exclusión han
evolucionado con el paso de los tiempos.
Entre los elementos distintivos más frecuentes, se observa
que los agotes están obligados a casarse entre ellos, que tienen un lugar aparte
en el cementerio, que no pueden participar en las asambleas del pueblo y que
deben permanecer en el fondo de la iglesia durante los oficios religiosos. Pero
¿qué más se puede saber sobre este grupo, y a quién se puede llamar realmente “agote”?
Mitos y fantasías
Ya en el siglo XVI, diversos autores se preguntaban por el
origen de los agotes, con el fin de explicar su exclusión. Se les consideraba
entonces descendientes de leprosos, visigodos, cátaros o sarracenos, sin que se
pudiera llegar a una conclusión definitiva.
En el siglo XIX, científicos y
folcloristas de todo tipo siguieron interesándose por ellos, justo en el
momento en que la clasificación de las razas imperaba en los escritos
científicos de la época. Se multiplicaron entonces aún más las ideas
preconcebidas en torno a los agotes, considerados como una “raza maldita” que constituiría un grupo
étnico particular.
Los cagots también se asocian
erróneamente con los “cretinos de los
Alpes” y los “enfermos de bocio”,
afección que provoca una deformación del cuello.
Cabe recordar que, en aquella época, los Pirineos se
convirtieron en un importante destino de turismo termal: la existencia de los
agotes permitió entonces crear una cultura folclórica local y hacer que la
región resultara atractiva. Prueba de ello es la difusión de postales que
supuestamente mostraban casas de agotes, o a los propios agotes. Viajeros
franceses e ingleses intentaban encontrarlos durante sus paseos, sin conocer
bien los criterios para identificarlos.
Todas las personas miserables, pobres o cojas que residían
en las montañas se convertían entonces en potenciales agotes. Sin embargo, en
aquella época, la discriminación había desaparecido casi por todas partes, y
los agotes se mezclaban con el resto de la población. Solo quedaban los
topónimos para perpetuar su recuerdo: los visitantes del siglo XIX encontraban
así una “fuente de los agotes”, un “puente de los agotes"…
Pero cuando se examinan más de cerca las fuentes escritas
de los siglos de discriminación (siglos XV-XIX), se constata que los agotes
nunca tuvieron ninguna particularidad física. Los archivos judiciales,
notariales, municipales y provinciales abundan en este sentido: estas personas
gozaban de buena salud, vivían como los demás, tenían la misma lengua, los
mismos nombres, la misma religión y, en ocasiones, eran incluso ricos.
Una exclusión ante todo social
La exclusión de los agotes tiene, por tanto, una
explicación más bien social y política. Dado que la marginación de los leprosos
era habitual en la Edad Media, este es un primer elemento que podría explicar
el alejamiento de esta población, considerada descendiente de leprosos, impura
y mancillada "desde el interior”.
Pero una hipótesis más reciente en la historiografía
postula que los agotes llegaron por primera vez a las aldeas en la Edad Media,
instalados por los señores en sus propias tierras, y posteriormente fueron
marginados por las poblaciones campesinas locales que reivindicaban su
autonomía respecto a esas tierras sometidas a un señor.
Así, el insulto en francés cagot –del latín vulgar cacare,
relativo a los excrementos y a la suciedad– pudo permitir, en un pueblo,
establecer jerarquías dentro del vecindario entre individuos establecidos y
marginales. Por lo tanto, es necesario estudiar este fenómeno saliendo del
marco racial heredado del siglo XIX para observar las lógicas de exclusión
social que se ejercen en un lugar determinado. Los distintos trabajos dedicados
a los agotes se han centrado durante mucho tiempo en su supuesta distinción
física, en detrimento de un análisis de las relaciones de poder y las
dominaciones que se ejercen a través de esta categoría.
Sin embargo, los agotes no estaban sujetos a las mismas
prohibiciones ni provocaban el mismo revuelo en todos los pueblos. En muchas
parroquias donde existían agotes no hay ningún rastro arqueológico de
segregación en las sepulturas, y el término desaparece rápidamente sin que haya
indicios de un conflicto importante.
En Biarritz (departamento de
Pirineos Atlánticos), por el contrario, los habitantes se dedicaron a
desenterrar sus cuerpos, se produjeron actos de violencia y el conflicto con
los agotes fue objeto de múltiples juicios que llegaron hasta el rey.
Esa población se encontraba entonces en declive económico,
y las familias denominadas “agotes” acumulaban
tierras y adquirían casas. Por otra parte, poco después empezó a circular un
refrán popular: “Si le debes a un agote,
págale enseguida”. El hecho de relegar a estas personas a un estatus
inferior y mancillado permitía marginar a quienes se enriquecían.
La denominación de agote o cagot oculta, por tanto,
cuestiones materiales, económicas y comunitarias propias de cada localidad. De
forma similar, trabajos recientes han puesto de manifiesto la diversidad de
personas incluidas bajo el término “cátaros”,
una categoría peyorativa que no remite, como se pensaba, a un movimiento
unificado y organizado, sino que abarcaría un abanico de personas muy
diferentes, cuya estigmatización se basaría también en fundamentos económicos y
sociales.
Ser o dejar de ser un agote
Sin embargo, ¿se puede saber quién es agote?
Si bien las instituciones a partir del Renacimiento hablan
de “cagots” en los textos, solo
mencionan las prohibiciones que les afectan. Según las normas del siglo XVII en
la región francesa de Bearne, se prohibía a los agotes mezclarse con otras
personas, portar armas o vender alimentos en los mercados.
Pero el término “cagots” fue posteriormente prohibido por
el poder real en 1683, ya que se consideraba discriminatorio y difamatorio, “sin que se pueda saber con precisión el
motivo de esta distinción”, según las palabras del intendente de Bearne de
la época. La palabra pasó a estar castigada por la Ley, y los registros de
bautismo y los contratos de venta hicieron desaparecer la denominación de sus
columnas.
Cabe imaginar que los hijos de quienes eran llamados “cagots” en los siglos XV y XVI siguieran
siéndolo, pero no siempre hay pruebas de que la discriminación continuara para
ellos. Para encontrar rastros de los agotes en los siglos XVII y XVIII, hay que
recurrir a las fuentes judiciales: es en los juicios y los momentos
conflictivos donde se comprende que siguen existiendo.
Durante estos conflictos, se observa que la discriminación
hacia esas personas se prolongó hasta el siglo XIX. En definitiva, es agote
quien es designado como tal, quien es considerado impuro por sus pares y quien
sufre marginaciones cotidianas.
Las personas no son llamadas así por sí mismas, ni en todas
partes; no son reconocibles por un rostro, un apellido genérico o una lengua. Aquellos
señalados como agotes en los juicios tienen nombres vascos y gascones comunes
en la región: Oyhamboure en el País Vasco francés, Sanchotena en España, Nogué
en el Bearne…
Por lo tanto, son conocidos localmente, en el seno mismo de
los pueblos, gracias a fenómenos de interconocimiento y reputación: se les
identifica por un nombre de casa o por el lugar donde viven. El historiador,
por su parte, puede localizarlos a través de las violencias que sufren: son
agotes aquellos que siempre se ven obligados a casarse entre ellos, a tener un
lugar aparte en el cementerio, a ser excluidos de los cargos de alcalde, a
permanecer en el fondo de la iglesia durante los oficios.
El término “agote”
siempre se les atribuye desde fuera y, por otra parte, nunca es reivindicado
por ellos mismos. Cuando acuden a los tribunales, entre los siglos XVII y XIX,
es para castigar a quienes los han llamado así, obtener una indemnización y
hacer desaparecer esta denominación, lo cual será un éxito.
En resumen, el término es, en la época moderna, un
receptáculo para excluir a una parte de la población y un insulto que permite
reintroducir la diferencia cuando esta desaparece.
Emma Duteil
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