Menores ‘googelizados’ desde la escuela
Recientemente, el Consejo de Transparencia y Protección de Datos de Andalucía abrió un procedimiento sancionador por infracción de la normativa de protección de datos personales contra la Junta de Andalucía, por vulneración de varios artículos del Reglamento de Protección de Datos en su acuerdo con Google Irlanda.
Este convenio facilitó el uso de la plataforma educativa
Google workplace for Education en los colegios. En el posterior informe sobre
el estado de cumplimiento de la resolución, el Consejo señaló que la propia
evaluación de impacto relativa a la protección de datos reconocía un riesgo “muy alto”.
Datos de estudiantes, en riesgo
Tras las medidas correctoras propuestas por el Consejo, el
riesgo se rebajó a “aceptable”. No
obstante, este organismo advirtió que dicha transformación del riesgo, aunque
plausible, no quedaba suficientemente documentada.
El Consejo afirmó que el riesgo intrínseco del tratamiento
de estos datos es muy alto por “la
naturaleza del tratamiento, el volumen de interesados y la especial protección
debida a los menores”.
Plataformas educativas de gigantes tecnológicos
Este tipo de acuerdos no son exclusivos de Andalucía. Desde
la pandemia, se extendieron por otras comunidades autónomas. ¿Qué implican para
los menores y la propia idea de educación?
En primer lugar, convendría resaltar que Google es una
empresa que se debe a sus accionistas y opera desde el extranjero, con una
infraestructura repartida por el mundo. Su negocio son los datos. Según Randall
Stross, autor de Planet Google, lleva años recolectando diferentes categorías
de información de forma masiva. En ocasiones, sin relación directa con su
negocio.
Se trata de una compañía que ha sido condenada por
prácticas monopolísticas en EE.UU. y multada repetidamente por la Unión
Europea. La última vez fue hace tan solo seis meses por abuso de posición
dominante.
La importancia del principio de precaución
Vivimos en un contexto global marcado por la conflictividad
en las relaciones transatlánticas y el cuestionamiento activo por parte de
destacados actores estadounidenses de los reglamentos europeos que regulan
internet. Esta legislación, sin ser una panacea, establece algunos límites a
estas grandes corporaciones y garantiza algunos derechos a los usuarios.
Todo ello debería bastar para observar una cierta cautela o
la aplicación de un principio de precaución tecnológico, especialmente, en este
caso donde están en juego bienes jurídicos básicos. Este principio sería
similar al que se aplica a riesgos medioambientales o sanitarios.
Por otro lado, no existen soluciones aisladas a problemas
estructurales. Y menos en internet, donde se despliegan relaciones de dominio.
La opinión pública comienza a atisbar la complejidad del desafío tecnológico
cuando las consecuencias del acceso de menores a redes sociales, la difusión
del odio o de noticias falsas y el uso cuestionable, cuando no delictivo, de la
IA generan alarma social.
La educación es uno de los pilares de nuestras sociedades y
cobra todo el sentido permanecer vigilantes, cuando se trata de desmentir
ficciones –como, por ejemplo, la inocuidad en términos medioambientales de
internet– o reducir el halo mítico que aún conserva esta tecnología.
Los cambios que se realicen deben estar bien pensados y
tendrían que estar sujetos a procesos de reflexión y deliberación colectiva
serios y rigurosos.
Educación, un bien colectivo
La educación debería considerarse prioritariamente una
necesidad social, sujeta al bien común, donde entes privados pueden tomar
decisiones, pero sometidas siempre a la estricta garantía de los derechos
fundamentales.
Educar es guiar. En una época de demasiados automatismos y
escasas referencias al arte y el pensamiento que nos ha construido como
personas, es necesario potenciar una inteligencia crítica. Nuestros estudiantes
deberían tener un mayor conocimiento de las posibilidades que ofrece internet.
Quizá debiera existir una asignatura en la que aprendieran sobre sus
posibilidades y riesgos.
En este escenario, puede tener consecuencias no deseables
normalizar en nuestros alumnos el ecosistema tecnológico de una gran
corporación cuyo fin es ganar dinero. Ya lo decían nuestras abuelas: nadie da duros
a 4 pesetas.
Existen alternativas transparentes, auditables y
modificables de acuerdo con las necesidades de los centros. No se debieran
descartar vías abiertas, colectivas y creativas, vinculadas al software libre y
la transparencia, como ocurre con la plataforma educativa de código abierto
Moodle.
Nadie nos preguntó qué internet queríamos. Ahora tampoco se
plantea un debate serio sobre el uso de la inteligencia artificial, relativo a
sus objetivos y sectores en que se aplica.
En la práctica, los valores
que constituyen las democracias están crecientemente condicionados por
decisiones tomadas por entes principalmente privados y con ánimo de lucro.
¿Deben los Estados sociales y
democráticos de derecho “adaptarse”
al cambio tecnológico?
¿O, más bien, debería ser al contrario?
Rafael Rodriguez Prieto

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