Dormir más el fin de semana: ¿pagamos así la deuda de sueño?
El despertador (reubicado, como tantos otros artilugios, en el teléfono móvil) suena implacable de lunes a viernes, generalmente antes de lo que nos gustaría. Y cada vez que claudicamos ante su llamada y nos levantamos, generalmente sin el suficiente descanso, evocamos una frase que nos alivia: “Ya dormiré el fin de semana”.
Dormir poco entre semana y
darse un atracón el sábado y el domingo –o simplemente dormir lo que el ritmo
entre semana no nos permite– es un hábito tan extendido que incluso tiene
nombre en inglés: catch-up sleep. Algo así como ponerse al día o recuperar el
sueño perdido. Más allá de constatar lo buenos que son los anglosajones
poniendo nombre a ciertos hábitos, ¿refleja una realidad fisiológica?
¿Podemos recuperar el sueño
durante el fin de semana?
Para responder a estas preguntas, primero debemos entender
qué sucede mientras dormimos, y qué mecanismos regulan cuánto debemos dormir
cada noche para que todo funcione correctamente.
Mientras dormimos: hormonas, conexiones neuronales y
limpieza de residuos
Durante el sueño ocurren distintos procesos que lo
convierten en algo fundamental para la vida. En primer lugar, mientras dormimos
aumenta la síntesis de proteínas estructurales que reparan nuestros tejidos.
Por otro lado, también se produce la secreción de hormonas y factores de
crecimiento que van orientando estos procesos de reparación.
Además, al dormir nuestro sistema inmunitario se entrena.
Las conexiones entre neuronas también se perfilan durante el sueño, destruyendo
unas y afianzando otras, lo que da lugar a la consolidación de la memoria, borrando
unos recuerdos y potenciando otros. Y también ocurre algo en el cerebro que es
fundamental para la regulación del sueño: la reducción de metabolitos como la
adenosina y la limpieza de residuos como la proteína beta amiloide.
Y es que uno de los procesos que regulan el sueño, el
homeostático, consiste precisamente en detectar la cantidad de adenosina en el
cerebro, una sustancia que se produce mientras estamos despiertos. A más
adenosina, mayor propensión al sueño. Se puede decir que actúa como un reloj de
arena, midiendo el número de horas que llevamos despiertos y, también, dictando
cuántas debemos dormir. Y lo hace combinado con el proceso circadiano, que se
centra en “programar” cuándo dormir.
Entonces, ¿cuánto debemos dormir?
Sin ser gallega (escribo desde el otro extremo de la
península), en este caso me van a permitir que responda como si lo fuera:
depende. Depende, por ejemplo, de la edad que tengamos. Nacemos con mucha
necesidad por dormir y, al principio de la vida, lo hacemos casi todo el día, a
ratitos. Conforme vamos creciendo, las necesidades disminuyen, hasta que
llegamos a la edad adulta. En promedio (y recalco lo de “en promedio”), una persona adulta debería dormir entre 7 y 8 horas
cada día (a ser posible durante la noche). Pero incluso en esta etapa, la
respuesta a la pregunta inicial sigue siendo la misma: depende. Habrá quien
necesite dormir más, y quien tenga suficiente con menos.
¿De qué va a depender? Probablemente, el origen de estas
diferencias esté en la genética, que puede determinar lo que los anglosajones
(recordemos que son muy buenos en esto de poner nombres) llaman short sleepers
y long sleepers. Algo así como dormidores de corta y larga duración. Los
primeros tendrían suficiente con alrededor de 6 horas de sueño, mientras que la
fisiología de los segundos requeriría pasar más de 8 horas con Morfeo. Así, la
genética puede determinar factores como la velocidad de limpieza de metabolitos
como la adenosina. Si el sistema es rápido, probablemente nos demandará menos
horas de sueño nocturno que si es un poco más lento.
Por lo tanto, no hay un número fijo y universal de horas
que toda persona necesite dormir cada día, sino que “lo suficiente” dependerá de cada cual. Y la mejor forma de saber si
estamos durmiendo lo que necesitamos es evaluando nuestro propio bienestar
diario. Si tenemos un rendimiento físico y cognitivo adecuados, un buen estado
de ánimo para afrontar los problemas del día a día y, en definitiva, no
sentimos que, al despertar, el día ya nos viene grande, podemos tener cierta
confianza en que estamos durmiendo lo suficiente.
¿Se recupera el sueño perdido?
El problema es que, a menudo, y por distintas causas, no
damos a nuestra fisiología el tiempo necesario para completar el proceso de
limpieza y reparación que se produce durante el sueño. Y nos levantamos
sintiendo que el día, o los días que quedan de semana, son cimas que cada vez
nos cuesta más alcanzar. Y entonces aparece el famoso pensamiento: “Ya dormiré en fin de semana”.
Luego, el fin de semana llega y, efectivamente, dormimos
más, confiando en que así recuperaremos el sueño perdido, como si le debiéramos
algo a nuestro cuerpo que estamos dispuestos a pagar el sábado y el domingo.
¿Pero conseguimos así saldar esa deuda?
Existen varias líneas de investigación sobre el catch-up
sleep. Una de ellas trata de establecer sus posibles efectos sobre la salud
mental. En este caso, un reciente estudio parece apuntar a cierta reducción de
los síntomas diarios de depresión. Hay que tener en cuenta, no obstante, que la
evidencia en este aspecto limita los posibles beneficios a un máximo de 2 horas
de diferencia entre días de semana y fin de semana. Por otro lado, cabría
preguntarse si no disminuirían estos síntomas en igual o mayor medida durmiendo
lo suficiente cada día.
Sin embargo, el sueño insuficiente se ha relacionado con
otros muchos problemas de salud: alteraciones metabólicas, cardiovasculares,
cognitivas, envejecimiento prematuro, e incluso con algunos tipos de cáncer.
¿Con el sueño que pretendemos recuperar durante el fin de semana conseguimos
compensar el perjuicio causado en el día a día?
Nuestra fisiología, regulada en gran medida por el sistema
circadiano (controlado por un “reloj”
que dura aproximadamente un día), entiende de periodos de 24 horas, del día a día
con sus noches. Pero no distingue días laborables de días libres, ni identifica
cuándo es fin de semana. Es decir: el metabolismo responde a patrones diarios,
no a promedios semanales.
Además, alternar periodos de sueño insuficiente con
intentos de “recuperación” periódicos
puede provocar cronodisrupción, lo que se conoce como jet lag social. Así que,
con lo que sabemos hasta ahora, podemos afirmar que no es posible compensar el
daño acumulado en la salud metabólica durmiendo más el fin de semana: la falta
de sueño diaria no se corrige con descansos ocasionales.
Mantener una rutina diaria que
nos permita dormir lo suficiente es una necesidad fisiológica.
Y debemos evitar caer en la tentación del “ya dormiré en fin de semana” o, en su
versión más tétrica, el “ya dormiré
cuando me muera”.
María Ángeles Bonmatí
Carrión

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