Aquí en La Habana: agarra la mochila de la luz
La noche en La Habana sin silencio, es un rumor contenido.
Es el zumbido del
transformador que agoniza en la esquina de Infanta y San Lázaro, mezclado con
el ladrido perruno que sube como espuma desde los solares.
Hoy no es una noche
cualquiera.
Hoy es una de esas noches de
plena vigilia, donde el aire está preñado de una amenaza antigua que no
necesita nombre: la amenaza del norte, del zumbido metálico que rompa el
malecón en cualquier momento.... el trueno que no viene del cielo sino del
odio.
Sobre la mesa de formica descascarada del comedor, bajo la
luz amarillenta y cómplice de un bombillo ahorrador, yacían las dos primeras
mochilas.
La mía era una extensión de mi pellejo cuarteado por el sol
y el salitre de la costa. Pesaba lo que pesa la historia. Metí el machete del
abuelo mambí, ese que ya solo sirve para chapear la maleza del recuerdo, pero
que en la empuñadura guarda el sudor de los que pelearon por esto antes de que
existiera la palabra "imperio".
Metí los avíos de pesca, anzuelos doblados con la paciencia
de un monje, nylon fino para engañar al pargo en los dientes de perro de
Cojímar. Herramientas de supervivencia: la fosforera larga esa, un reloj de
cuerda que no depende de satélites, una foto de Martí y más cosas..... Es la
mochila del hombre que sabe que si caen las bombas, el refugio será el manglar
y el sustento la marea.
La de mi esposa, es
un poema a la practicidad con olor a Menthiolate. Ella, que es como una especie
de enfermera familiar y tiene las manos benditas para bajar la fiebre y la
pena, la llenó de vendas, un estetoscopio chino que aún funciona de milagro,
analgésicos robados a la escasez con la esperanza de no usarlos nunca, y un
pomo de cristal con miel de una Colmena de Guanabacoa. Pan duro envuelto en un
paño de cocina a cuadros. Cosas que alimentan el cuerpo cuando el alma se
encoge. Es la mochila de la que sabe que en la guerra no hay héroes, solo
heridos y hambre.
Pero cuando fuimos a por la tercera, el mundo no se
derrumbó con estruendo de aviones ni con el tableteo de una ametralladora
imaginaria. Se derrumbó con un susurro. Se derrumbó por dentro, como se
derrumba una casa vieja cuando le quitan la viga maestra.
Ahí estaba la mochilita de juan el chiquitín de la casa,
azul, con un supermario desteñido que todavía sonríe a pesar de las lavadas a
mano en el balde de aluminio. Nueve años apenas. Una edad donde los carritos de
madera pintados con Crayola, ruedan más rápido que los tanques en la
televisión.
—¿Qué le ponemos, mima? —pregunté, y mi voz sonó como papel
de estraza arrugándose.
Ella no respondió. Miró la mochila vacía como quien mira un
agujero negro en el centro del pecho. Porque llenar esa mochila era admitir que
la guerra existiría también para los que no la entienden. Era meterle miedo al
equipaje de un niño que todavía cree que las nubes son de algodón de azúcar y
no de humo de pólvora.
Yo, que me considero un trovador filósofo de la cola del
pan, me quedé mudo. ¿Qué se guarda en la mochila de un ser sin culpa? ¿Un pomo
de agua por si la sed es larga? ¿Una cajita de fósforos para que no le falte la
candela en la oscuridad del refugio? ¿Su trompo de madera de guayaba?
Y entonces la vi, con esa sabiduría que solo tienen las
mujeres cubanas que han sobrevivido al
bloqueo y han criado con apagones, abrió la gaveta del mueble viejo. No
sacó pastillas ni comida.
Sacó tres cosas.
Primero: un frasquito de vidrio vacío, de esos que antes
guardaban compota Rusa. "Por si en
el monte ve un cocuyo", susurró. "Para que no se le apague la luz propia".
Segundo: una libreta de tapas duras con la cara de Elpidio
Valdés y un lápiz sin punta. "Para
que dibuje los pájaros que no van a dejar de volar aunque haya bombas. Los
sinsontes no entienden de política".
Tercero: un pedazo de papel de olor, amarillento, donde yo
le había escrito un poema malo cuando éramos novios en la puntilla de playa.
"Para que recuerde que el amor es lo
único que no puede bloquear ningún imperio".
Llenamos la mochila de aire. De ternura. De esa materia
intangible que en Cuba llamamos resolver pero que en el alma llamamos
esperanza.
Afuera sigue la vigilia. Los tambores lejanos suenan a
guerra, pero también suenan a rumba de cajón. Juan duerme en su camita "turca", con la mochila de Supermario
abrazada como si fuera un peluche.
En sus sueños no hay
invasores, hay olas en el malecón y un helado de chocolate derritiéndose.
Mañana, si hay mañana, saldremos al balcón. Miraremos el
Malecón y diremos como siempre: "Aquí
estamos". Y si el cielo se pinta de gris acero, yo me pondré delante
de ellos. Pero en la mochila de mi hijo, en esa tercera mochila que casi nos
parte el corazón, no cabe la guerra.
Cabe Cuba.
Y Cuba, asere! , es la luz de un cocuyo atrapado en un
frasco de compota, esperando que amanezca !!!cojones!!!!
Raulito Torres
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