Las extremas derechas no ganaran las elecciones en 2027
Se trata, dice Cervera, de que la
democracia —aun esta nuestra que arrastra demasiado peso del franquismo— no
acabe hecha polvo en manos de los herederos de quienes ya se la cargaron en
nuestra historia. Tienen los medios de la democracia para atentar contra ella,
ya no necesitan tanques ni aviones. Lo dicen abiertamente: les gusta la
dictadura franquista. Quieren volver atrás para que los demás nos escondamos en
el silencio. Las izquierda no pueden permitirse tenderles ese puente plata
hacia el fascismo.
Cuando
empiezo a escribir esta columna se me ha pasado una miaja el miedo. Lo he
sentido desde hace y durante mucho tiempo. Aún a ratos está ahí, como una señal
de precaución defensiva frente a un peligro desconocido. O al revés: claramente
conocido.
A lo
mejor es que le he hecho caso a Mario Benedetti y el miedo se ha convertido en
coraje. O he acabado estando seguro de que las victorias llegan poco a poco,
pero llegan, como también decía el gran poeta uruguayo. Vengo de muy atrás, del
tiempo en que vivir era difícil. Para mucha gente, imposible.
De cuando mi abuelo Claudio, en
la casa junto al río en Gestalgar, nos contaba a los nietos por las noches
historias de muertos y desaparecidos. No sabíamos que esos muertos y esos
desaparecidos eran de verdad pero estaba prohibido pronunciar sus nombres.
Vengo,
de entre otros muchos sitios, de aquel ya lejano 1 de Mayo en que con Pep y
Rodri decidimos que Rodri fuera a la mani y Pep y yo a echar una mano a un
amigo que se quería tirar por un balcón. Nosotros le ganamos la partida al peso
de la gravedad. A Rodri lo infló a hostias la policía en un portal del centro
de València.
O
cuando el teléfono sonaba a todas horas, fuera de noche o de día, y lo tuvimos intervenido la tira de meses por
orden judicial y ahora —casi 40 años después— sé que lo peor no es que suene el
teléfono fijo —o el móvil— y te ofrezcan cambiarte la tarifa de la electricidad
o preguntarte a quién vas a votar en las próximas elecciones.
Tantos años después sé que lo
peor no es que alguien te hable al otro lado del teléfono aunque sea para
venderte la moto, sino que digas "diga" y es como si al otro lado
hubiera un muerto. O alguien que reconoce la voz y sabe que se ha equivocado. O
un fascista.
O
sea, y discúlpenme ustedes por este preámbulo tan personal como seguramente
también intransferible: no sé si el miedo lo es, intransferible quiero decir.
Pero lo nombro. En muchas ocasiones es difícil no sentirlo. Aunque no estemos
solos, como el melancólico protagonista de Balada de otoño, esa machadiana
canción de Joan Manuel Serrat que me conmueve profundamente cada vez que la
escucho.
Este
país ha tenido que cargar a lo largo de su historia con toneladas y toneladas
de miedos a la espalda. Ahora estamos en el regreso de la bestia. Ha sido poco
a poco. Muchos años blanqueando al PP ha supuesto el avance de su ala ultra con
el beneplácito de quienes desde la propia izquierda siempre consideraron la
tropa de Fraga y Aznar parte imprescindible de la democracia. No sé por qué. Lo
que sé es que ahora poca gente defiende esa condición. Sencillamente porque
desde hace muchos años –sobre todo desde que está al mando Núñez Feijóo– no hay
ninguna diferencia entre el PP y Vox. Ninguna diferencia es ninguna.
En
mi tierra valenciana gobiernan juntos, aunque quieran hacer el paripé de que
no. Ya pueden decir lo que les dé la gana: el PP valenciano después de Mazón es
el mismo que cuando mandaba el caradura del Ventorro. Ahora se llama Pérez
Llorca el sustituto, pero el amor que siente por la extrema derecha es el mismo
que el que profesaba abiertamente y sin tapujos su antecesor. Arrasan con todo
lo que no consideran de su exclusivo interés y el de los suyos.
Adelante con el machismo, con la
supresión de las ayudas a la recuperación de la Memoria Democrática, abajo los
impuestos a los ricos, persecución del valenciano como lengua propia, ejercer
la censura como en los tiempos más oscuros de la dictadura, prevaricar como ha
sucedido en el reparto de vivienda pública en el Ayuntamiento de Alicante,
criminalizar la inmigración bajo la batuta asquerosamente criminal de Abascal y
sus falanges fascistas…
No
usaré el término "derecha"
cuando me refiera al PP: hablaré de "extrema
derecha" directamente. Menos líos.
Y sí: me da miedo muchas veces
que gobierne la extrema derecha. No quiero regresar a los tiempos de antes, a
ese pasado que como decía Faulkner nunca acaba de pasar y es siempre presente.
No quiero que las amenazas de los ultras tengan el sello oficial de las
instituciones democráticas. Lo que quiero es que haya un gobierno progresista y
de izquierdas. Eso quiero.
Por
eso está bien que se hable de la necesaria unidad de las izquierdas. Necesaria
no quiere decir que todo vale con tal de evitar la vuelta del franquismo. Que
se discutan la iniciativa de Gabriel Rufián y otros miles de iniciativas que
serán bienvenidas (ahí Mónica Oltra) si consiguen articular una realidad en que
incluso las voces discrepantes puedan unirse sobre lo que nos junta a las
izquierdas más que sobre lo que nos separa. Eso ha de ser posible.
Este
país no se merece la vuelta de los fascistas a ningún gobierno. A ninguno. Pero
una vez dicho esto: ¿por qué no dedicamos aunque sea unas líneas al PSOE? Es
que parece que todo lo dicho, todo lo discutido sobre la unidad de las
izquierdas no vaya con ese partido. Me hace gracia cuando escucho voces
socialistas diciendo que necesitan la unidad a su izquierda.
La pregunta del millón: ¿para qué
la necesitan? ¿Para quedarse siempre sin dar el último paso que asegure sin
trampa ni cartón políticas de izquierdas? ¿Para preferir la Monarquía a la
República? ¿Para que la Constitución se quede como está y muchos de sus
derechos fundamentales hechos unos zorros? ¿Para que en cuestiones como la
inmigración –a pesar de los avances con las últimas regularizaciones– siga
mareando la perdiz y no apueste definitivamente y de forma contundente por la
igualdad de derechos? ¿Para que siga manejando datos de la macroeconomía en vez
de entrar en las casas y comprobar que es imposible llegar ya no a fin de mes
sino de la primera semana? ¿Para que sigan los desahucios ya no como antes sino
más cada día con una impunidad para los fondos buitre que aterra? ¿Para que
disponer de una vivienda digna, en propiedad o alquiler, siga siendo, como el
pollo de Carpanta en los tebeos de mi infancia, un sueño imposible? ¿Para eso
necesita el PSOE una izquierda fuerte a su izquierda: para seguir actuando con
miedo a la derecha y sus poderes económicos a la hora de aplicar de verdad políticas
de izquierda? Por descontado que dar la cara como lo está haciendo en la
política internacional se merece un respeto. Pero aquí…
Dígase
lo que se diga, la extrema derecha de PP y Vox da miedo.
Sentir
miedo, decirlo a las claras cuando te están amenazando a ti y a gente que
conoces, es reconocerte en lo más profundo y noble de lo humano.
Hace
unas semanas, sin ir más lejos, cuatro individuos disfrazados para el ataque no
se atrevieron a reventar la presentación de mi última novela en València: como
había mucha gente, se limitaron a unas risotadas, un leve pataleo y el portazo
del cabreo por la ocasión perdida.
No
lo soy y tal vez por eso me repugnan los valientes estilo legionario, como esos
nazis que siempre van en manada para disimular su cobardía, como esos
mamarrachos con las mangas de la camisa por encima del codo que se retratan,
pecho al aire y obsceno trapo con el aguilucho por bandera, delante de las
cámaras y los micrófonos de los youtubers fachas, como esos mismos youtubers
fachas que se saben protegidos por buena parte de la policía y sobre todo por
la mayoría de los jueces en este país que cada vez ve más disminuida su
fortaleza democrática.
Pero lo que más miedo me da es
que dejemos el paso libre a esa gentuza para que el matonismo fascista campe a
sus anchas por las calles y en los despachos oficiales.
De
eso se trata, precisamente.
De
que la democracia —aun esta nuestra que arrastra demasiado peso del franquismo—
no acabe hecha polvo en manos de los herederos de quienes se cargaron la República
hace casi noventa años. Los golpes de Estado ya no necesitan tanques ni
aviones. Tienen los medios de la democracia para atentar contra ella. Lo están
haciendo desde hace mucho tiempo. No se esconden. Lo dicen abiertamente: les
gusta la dictadura franquista. Quieren volver a ella para que los demás nos
escondamos en el silencio como en los tiempos de sus antepasados vencedores de
la guerra.
La izquierda —las izquierdas— no
nos podemos permitir tenderles ese puente de plata hacia la vuelta del fascismo.
No seré yo quien diga —entre otras cosas porque no lo sé— cómo hemos de
hacerlo. Pero hemos de hacer posible que el miedo cambie de bando, que vean
cómo hemos convertido nuestro miedo en una inequívoca señal de coraje, que no
lo van a tener fácil para ganar las elecciones el año que viene, que Feijóo,
Abascal y sus falanges antidemocráticas, como ya pasó en julio de 2023, se van
a quedar una vez más con dos palmos de narices.
La
unidad de los partidos democráticos es necesaria. No sé cómo se consigue eso en
poco más de un año. Pero hay que intentar que esa unidad sea posible. Sin que
se diluya lo que cada cual es cuando se junten las siglas de sus partidos.
Sabiendo que en algunos sitios será fácil, en otros difícil y tal vez en otros
imposible.
Pero creo que hay que intentarlo,
que al menos hay que intentarlo. Que las hostias que le arrearon a Rodri aquel
lejanísimo 1 de Mayo no regresen de nuevo a manos de los herederos de las
porras, las malditas pelotas de goma, los botes de humo y las pistolas fascistas.
Y desde luego, una pregunta que repito para acabar este relato seguramente
demasiado personal y casi seguro que intransferible: ¿y el PSOE? ¿Qué dice el
PSOE? Lo pregunto porque no lo sé. Porque siempre se queda en el penúltimo paso
antes de dar el paso definitivo hacia políticas de izquierdas. A ver ahora…
Ojalá
disculpen este rollo tan personal que les he soltado. Pero algo he conseguido:
escribiendo del miedo he acabado por no sentirlo. A lo mejor es porque sé que
ustedes están ahí y que, como cantaba mi paisano y amigo Raimon, «somos muchos más de los que ellos quieren y
dicen».
Y por eso estoy casi seguro de que el año que
viene las extremas derechas no ganarán las elecciones. Como el 23 de julio de
2023 más o menos. ¿Que soy el premio Guinness de todos los ilusos? Pues a lo
mejor.
Pero qué quieren que les diga: me
siento bien con ese premio. Seguro que además habrá mucha gente que quiera
compartirlo. No sé. A ver…
Alfons
Cervera

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