Hace miles de años, un ‘Homo’ decidió alzar la vista y observar el cielo por primera vez.
Según escribo estas líneas, varios telescopios y sondas
captan datos e imágenes del cuerpo celeste 3I/ATLAS. El tercer objeto
interestelar conocido cruza rasante el sistema solar que habitamos. Sabremos
algo sobre él –y algo más sobre el cosmos– cuando haya desaparecido en el
inmenso (casi) vacío cósmico. También estamos siguiendo la aventura de los
astronautas que más se han alejado nunca de la Tierra. Y esperamos ansiosos el
eclipse total que se verá, en agosto, desde la península ibérica.
Una vez que todos estos acontecimientos pasen, los humanos
seguiremos detectando y estudiando exoplanetas, estrellas, púlsares, cuásares,
galaxias, cúmulos y supercúmulos galácticos, ondas gravitacionales, etc.
Barruntaremos también modelos cosmológicos para describir y explicar el origen
y el destino de este universo, y continuaremos ideando métodos de propulsión
para salir del ámbito del Sol y convertirnos en una forma de vida interestelar.
Quién alzó la vista
Es imposible responder con precisión quién miró al cielo
por primera vez. Podemos aventurar que hubo un lejano antepasado que observó el
firmamento y estableció relaciones entre lo que vio y los fenómenos naturales
de los que dependía estrechamente su supervivencia.
Una de las propuestas sobre evidencia arqueológica más
remota en el tiempo relacionada con la observación del cielo es la realizada
por la investigadora francesa Chantal Jègues-Wolkiewiez. En 2020, sugirió que
la galería de las imágenes figurativas en la pared principal de la cueva de
Lascaux representaba un mapa de las estrellas de las constelaciones principales
tal y como aparecieron en el Paleolítico.
Sin embargo, es posible que los orígenes de esta
vinculación de nuestros ancestros con los astros sean más antiguos. Con apoyo
en la evidencia acumulada, parece razonable sugerir que las capacidades
cognitivas para ello estaban instaladas mucho antes. Y que dicha adquisición no
fue algo acaecido de la noche a la mañana, sino el resultado de un proceso
gradual y complejo que involucró a miembros arcaicos de nuestra estirpe y,
probablemente, a representantes de otras especies, subespecies o linajes.
Contamos con pruebas que
aluden a esas capacidades cognitivas remotas. En el contexto de las prácticas
funerarias y de la posible creencia en una vida tras la muerte, existen varios
enterramientos con ofrendas en la zona de la actual Israel datados en hace más
de 120 000 años.
Además, hay dos grandes círculos con una antigüedad
estimada de 176 000 años y creados con estalactitas y estalagmitas en una zona
casi inaccesible de una cueva francesa que sugieren alguna actividad ritual
entre neandertales.
En referencia a lo que entendemos por arte –posiblemente
también obra de nuestros hermanos evolutivos– hay tres pinturas en cuevas
españolas datadas al menos 66 000 años antes de nuestra era. Además, se han
hallado ornamentos que atestiguan un simbolismo relacionado con la identidad
personal, social o grupal, en forma de uñas de rapaces empleadas como collares
o colgantes, y pigmentos para, quizás, decorar la piel, el cabello o los
ropajes.
En definitiva, es posible determinar la existencia de un
pensamiento abstracto. Éste avala a nuestros lejanos ancestros directos, así
como a otras especies del género Homo, para observar el cielo con curiosidad y
establecer conexiones con lo tangible y vital.
¿Por qué?
La respuesta a las razones que les llevaron a mirar el
cielo es polifacética. Sin embargo, probablemente lo que hoy nos impulsa a
explorar el resto del cosmos no difiere mucho de aquello que les empujó a ellos
a observar el cielo y los objetos cuya luz, propia o reflejada, los hace
visibles en la negrura de la noche.
Nuestras mentes son, entre otras mil cosas, máquinas de
detección de patrones. Y cuesta imaginar un patrón natural más omnipresente y
sempiterno –más obvio y a la vez misterioso– que el ciclo de los días y las
noches. La presencia de tres conceptos en la respuesta a ese “por qué” se
antoja inevitable: curiosidad, pulsión exploradora e instinto de supervivencia.
Rasgos atemporales y universales de la mente de los peculiares primates que
habitamos un diminuto y anodino punto azul pálido.
¿Para qué?
Como en cualquier otra faceta del comportamiento que
estudiemos, querer satisfacer las necesidades básicas es inevitable.
Descubierto el vínculo entre los ciclos temporales, regidos por el movimiento
de los astros, y la conducta de los herbívoros de los que dependía la
supervivencia, resulta evidente una finalidad pragmática en la observación de,
por ejemplo, las fases lunares.
Los nacimientos y migraciones
de las especies animales que supusieron un recurso vital estuvieron, están y
estarán fuertemente vinculados a la sucesión cíclica de las estaciones. Esta es
predecible, a su vez, por el registro del tiempo a través del conteo y notación
de días y noches o de los ciclos de la Luna.
Así, aquellos
cazadores-recolectores con mentes capaces de vincular los ritmos celestes y las
conductas fenológicas de los animales y plantas debieron descubrir la
conveniencia de pautar el paso del tiempo según la periodicidad de los
movimientos aparentes de los astros.
Esta línea de argumentación podría, por otro lado, arrojar
luz a la hora de interpretar parte del enigmático “arte paleolítico”, aquel que mezcla representaciones figurativas de
los animales cazados con notaciones numéricas, tal y como se sugirió hace unos
años.
Al contrario que nosotros hoy día, cegados por el absurdo
exceso de iluminación artificial, nuestros ancestros, pese a sobrellevar
existencias durísimas marcadas por el objetivo omnipresente de sobrevivir,
tuvieron el privilegio de contemplar el firmamento en toda su magnificencia.
Es difícil escapar a la conclusión de que esos cielos se
instalarían en sus mentes como mapas en los que la Luna y las estrellas
hiciesen de balizas para la supervivencia. Tal vez, además, funcionaron como
una primordial fuente de inspiración para el desarrollo de creencias y mitos
que favorecían el desarrollo de la creatividad, el simbolismo, el lenguaje, el
comportamiento funerario o eso que llamamos “arte”.
La arqueología paleolítica nos brinda preciosos indicios de
que hubo mentes inquietas desde la noche de los tiempos que dejaron delicados
testimonios de su curiosidad y de su necesidad de sobrevivir.
Carlos Rafael Burguete
Prieto

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