La manipulación de las elecciones y la compra de votos
El
15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones presuntamente libres
y democráticas desde aquellas del 16 de febrero de 1936, celebradas cuarenta y
un años antes, cuyo resultado no fue aceptado por los militares golpistas ni
por la derecha más cavernaria.
Aquella negativa desembocó en un
sangriento golpe de Estado, una guerra civil y la instauración de un régimen
represivo y genocida que se prolongó durante casi cuarenta años.
Viví en Ibiza hasta el 13 de
marzo de 1977 y, aunque ya no estaba allí cuando llegaron las elecciones, mis
compañeros, amigos y familiares me contaron con todo lujo de detalles lo
sucedido antes y después de aquellas elecciones.
En
vísperas de los comicios, la mujer del director del hotel sufrió una
transformación casi milagrosa. Ella, que jamás se dirigía a los trabajadores si
no era para dar órdenes secas y cortantes —muchas veces capaces de provocar más
caos que organización—, comenzó de pronto a mostrarse cercana, afable y casi
maternal.
Aparecía
en la habitación donde la camarera estuviera limpiando ( a veces con un
refresco), en el comedor, en el bar, se colaba en la cocina o subía a la
lavandería, interrumpía el trabajo de cualquiera y comenzaba a hablar de
asuntos que la mayoría apenas entendía por falta de costumbre democrática.
—Esto de las elecciones no sirve
para nada y, además, es muy peligroso. Imaginad que ganan los comunistas. Todos
tendríamos que vestir camisas de cuello Mao, que no dejan ni respirar... ¡Qué
horror!
Muy brillante no parecía la
argumentación, porque los cocineros y los ayudantes de camarero ya llevaban
camisas con cuello Mao; yo mismo llevé durante dos años. Las camareras
soportaban un uniforme bastante más agobiante y, en recepción, donde trabajé un
año, ocurría exactamente lo mismo. Pero ella hablaba con una convicción digna
de mejor causa y, para reforzar su pedagogía, tuvo incluso pequeños detalles
con los empleados que jamás había tenido antes.
La
culminación de aquella campaña llegó cuando apareció con los sobres electorales
ya cerrados con la papeleta de la UCD, acompañados de una promesa: si ganaban,
la paga extraordinaria sería más generosa de lo habitual.
Aquello
debía de ser una innovación y ahorraba al trabajador el esfuerzo de pensar.
En
Ibiza se votaba, además de en la capital,
en Sant Antoni de Portmany —entonces San Antonio Abad— y en Santa
Eulària y no sé si en Sant Josep.
La
UCD organizó autobuses para recoger a los payeses y llevarlos a los colegios
electorales. Durante el trayecto se les entregaba el sobre y una pequeña propina
para que, ya que habían tenido la molestia de votar y además era verano,
pudieran tomarse una cerveza o comerse un helado.
Todo muy refrescante para la
democracia.
La
costumbre no desapareció en las siguientes elecciones.
Muerta
la UCD, el relevo lo tomó el PP.
En
una de las campañas que terminó con la victoria de José María Aznar, la
gratificación ascendió a cinco mil pesetas. No en vano, el candidato insular
era un multimillonario, propietario de numerosos hoteles y hasta de un banco.
La inflación también había llegado a la compra de voluntades.
En
las primeras elecciones municipales, en 1979, yo trabajaba en la construcción
con Bautista Soler. Una tarde apareció acompañado por el candidato de la UCD,
Miguel Pastor López, y nos invitaron a todos al bar.
—Tomad lo que queráis, que esta
tarde ya habéis trabajado bastante.
Corrieron las cervezas, las tapas
y los discursos sobre la enorme conveniencia de votar a la UCD. Después llegó
la inevitable fotografía de familia: ellos, impecablemente trajeados y
sonrientes; nosotros, cubiertos de yeso, cemento y polvo. Yo me agaché
discretamente y conseguí no salir en la foto.
Las
últimas elecciones generales tampoco fueron aceptadas como plenamente
democráticas por una parte de la derecha.
Como
ya es tradición, se habló de fraude electoral antes, durante y después del
escrutinio.
Ganaron
las elecciones y, según sus dirigentes, quien debía gobernar era Feijóo...
aunque, por alguna misteriosa razón, no fue presidente porque no quiso...
La
mayoría representada en el Congreso fue la que decidió, por votación
democrática apoyar a un presidente que no fuera títere y rehén de la extrema
derecha.
Algo
que tal vez pueda solucionar sino fuera
un cobarde y presentara una moción de censura junto con Vox y Junts, con el
apoyo de Puigdemont.
En los sucesivos procesos
electorales han seguido alimentando el fantasma del fraude mediante bulos que
solo prosperan entre quienes tienen verdadera vocación de creerlos.
Primero fueron los votos del
extranjero; luego, los descendientes de los exiliados, que ejercían un derecho
reconocido por la Ley; ahora les toca a los migrantes regularizados, pese a que
estos no pueden votar en España salvo que obtengan la nacionalidad, algo que,
en la mayoría de los casos, no sucede hasta pasados muchos años.
Da
la impresión de que una parte de la derecha española conserva un viejo reflejo
histórico: las urnas solo son impecablemente democráticas cuando el resultado
les favorece.
Cuando no es así, siempre aparece
un fraude imaginario, una conspiración, un enemigo oculto, y últimamente
algunos jueces dispuestos a realizar el trabajo que antes hacían los militares
golpistas.
Paco Arenas
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