El saqueo de los símbolos: de la invención de la tradición al populismo reaccionario.
El historiador Eric Hobsbawm explicó magistralmente este proceso en Nación y nacionalismos desde 1780.
Frente
a la idea romántica de que las naciones existen desde tiempos inmemoriales,
Hobsbawm mostró cómo estas son construcciones históricas relativamente
recientes, vinculadas al desarrollo del capitalismo industrial, la expansión de
los Estados modernos y la necesidad de generar lealtades colectivas entre
poblaciones cada vez más amplias.
Para
construir una nación no bastaban fronteras, instituciones o ejércitos.
Hacían
falta emociones.
Hacían
falta relatos.
Hacían
falta símbolos capaces de producir un sentimiento de pertenencia. Y esos
símbolos, en gran medida, se extrajeron de las culturas populares. Las
canciones campesinas, las fiestas locales, los bailes regionales, los trajes
tradicionales o las lenguas vernáculas fueron recopilados por intelectuales,
folkloristas y funcionarios estatales que los transformaron en expresiones de
una supuesta esencia nacional.
Lo que antes pertenecía a
comunidades concretas pasó a representar a millones de personas que jamás
habían compartido experiencias vitales comunes.
Es aquí donde aparece otro de los
conceptos fundamentales asociados a Hobsbawm: la invención de la tradición.
Muchas de las prácticas que hoy
consideramos ancestrales son, en realidad, construcciones modernas. No porque
fueran completamente falsas, sino porque fueron seleccionadas, reinterpretadas
y reorganizadas para responder a necesidades políticas contemporáneas.
La
tradición, lejos de ser una herencia inmutable, es muchas veces una tecnología
de poder. Las burguesías nacionales del siglo XIX comprendieron perfectamente
esta lógica. Necesitaban cohesionar sociedades profundamente desiguales y
encontraron en la identidad nacional una herramienta extraordinariamente
eficaz.
Las
culturas populares se convirtieron en materia prima para fabricar sentimientos
nacionales. Sin embargo, mientras las élites convertían las costumbres
populares en patrimonio de la nación, las clases trabajadoras seguían viviendo
en condiciones de explotación, pobreza y exclusión política.
La apropiación simbólica servía
para integrar culturalmente aquello que continuaba subordinado materialmente.
Lo interesante es que este proceso no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado
de protagonistas.
Las
nuevas extremas derechas han demostrado una enorme habilidad para ocupar espacios
simbólicos que durante décadas parecían pertenecer a otros.
Por
supuesto, han continuado apropiándose de tradiciones nacionales, fiestas
populares o imaginarios patrióticos. Pero también han comenzado a disputar
símbolos históricamente vinculados a la izquierda. Quizá uno de los fenómenos
más llamativos de los últimos años sea precisamente como determinados
movimientos reaccionarios han dejado de presentarse exclusivamente como
defensores del orden establecido para adoptar estéticas, lenguajes y gestualidades
procedentes de culturas políticas antagonistas.
El
puño levantado, durante décadas asociado al movimiento obrero, al antifascismo
o a las luchas por los derechos civiles, aparece hoy en manifestaciones y
campañas de sectores ultranacionalistas.
Solo
hay que ver a Trump.
Lo mismo ocurre con ciertos
discursos sobre la defensa del pueblo frente a las élites, la crítica a las
oligarquías globales o incluso la reivindicación de formas de solidaridad
comunitaria. Naturalmente, no se trata de una continuidad ideológica. Es una
operación de resignificación. Los símbolos permanecen; su contenido político
cambia.
La
extrema derecha contemporánea ha comprendido algo que buena parte de la
izquierda parece haber olvidado: las identidades colectivas no se construyen
únicamente mediante programas políticos, sino también mediante emociones,
símbolos y relatos compartidos.
Por
eso disputa los códigos culturales de las clases populares.
Por
eso se presenta como portavoz de los olvidados.
Por
eso intenta apropiarse incluso de repertorios visuales históricamente asociados
a las luchas emancipadoras.
No
es casualidad que algunos de estos movimientos combinen referencias patrióticas
con estéticas obreras, ni que intenten presentarse como representantes de
trabajadores golpeados por la precarización económica. Lo que está en juego no
es simplemente una batalla electoral, sino una lucha por el significado mismo
de lo popular.
Y aquí reaparece una vieja
intuición de Hobsbawm. Las tradiciones no son realidades naturales; son
construcciones históricas sometidas a disputa permanente. Del mismo modo que
las élites nacionales del siglo XIX reinventaron elementos culturales populares
para construir la nación, las extremas derechas actuales reinterpretan tanto
las tradiciones nacionales como ciertos símbolos de la izquierda para construir
nuevos proyectos reaccionarios.
El
problema es que, en ambos casos, las clases populares terminan funcionando como
una reserva simbólica de la que otros extraen recursos políticos.
Sus
formas de vida son convertidas en identidad nacional.
Sus
costumbres son elevadas a patrimonio colectivo.
Sus
símbolos de lucha son reciclados por movimientos que muchas veces defienden
políticas contrarias a sus intereses materiales.
Y
mientras tanto, los problemas que afectan a la mayoría social permanecen
prácticamente intactos.
La vivienda se vuelve
inaccesible. Los salarios pierden poder adquisitivo. Los servicios públicos se
deterioran. La precariedad se cronifica. Pero el debate público se desplaza
constantemente hacia cuestiones identitarias donde los símbolos ocupan el lugar
que antes tenían los conflictos distributivos.
Tal
vez esta sea la gran tragedia política de nuestro tiempo. Mientras las clases
populares continúan produciendo cultura, sociabilidad y comunidad, otros
monopolizan la capacidad de convertir todo ello en capital político. Lo
hicieron las burguesías nacionales cuando inventaron las tradiciones que debían
unir a la nación.
Lo
hacen hoy las extremas derechas cuando transforman esas mismas tradiciones —y
hasta algunos símbolos históricos de la izquierda— en herramientas de exclusión
y reacción. La historia contemporánea puede leerse, en buena medida, como una
sucesión de estas expropiaciones simbólicas.
Un
proceso en el que los de abajo generan los significados y los de arriba
administran sus beneficios. Cambian las banderas, cambian los discursos,
cambian los propietarios temporales de los símbolos.
Lo
que rara vez cambia es quién acaba pagando el coste de la operación.
Porque cuando la cultura popular
se convierte en mercancía política, quienes la produjeron suelen quedarse, una
vez más, sin ella.
Jose
Mansilla
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario