¿Qué aprendimos de Weimar? De los elefantes y de las habitaciones
Weimar sin abuso analógico, pero
también sin complacencia: las democracias no se hunden solo cuando llegan sus
enemigos, sino cuando sus defensores dejan de creer que merece la pena
sostenerlas.
Hay advertencias que cumplen su
función no porque sorprendan, sino porque ordenan lo que muchos perciben de
forma dispersa. Hace unos meses, Aitor Esteban pronunció una de ellas ante el
Partido Demócrata Europeo. Recordó que la democracia liberal “no es perfecta, pero es el mejor de los
sistemas existentes”, y añadió que hay que defenderla “sin complejos, pero también sin ingenuidad”. Quienes quieren
destruirla, dijo, ya no se esconden.
La
frase merece algo más que una adhesión cortés.
En un tiempo en que la palabra
democracia se invoca con demasiada facilidad y se practica con demasiada
fatiga, Esteban situó el debate en el punto correcto: la democracia liberal no
es un paisaje, sino una tarea; no es una herencia garantizada, sino una
disciplina; no es solo un procedimiento electoral, sino una cultura de límites,
intermediarios, autocontención y verdad pública.
Por eso también tenía razón al reivindicar
el centro, siempre que entendamos bien la palabra. El centro no como
equidistancia moral ni como administración resignada del deterioro, sino como
responsabilidad: la voluntad de sostener acuerdos difíciles frente a la
política de la simplificación permanente; la decisión de no confundir firmeza
con estridencia; la convicción de que una sociedad plural no puede vivir
indefinidamente organizada en bandos morales irreconciliables.
La
referencia a Weimar apareció inevitablemente, todos la oyeron aunque Aitor no
la pronunciase e incluso luego en declaraciones la matizase. Y conviene
detenerse ahí. Volver a Weimar no debe convertirse en una costumbre perezosa.
La República de Weimar no es un comodín para acusar al adversario de fascista
ni una manera de dar solemnidad histórica a cualquier disputa parlamentaria.
Fue un fenómeno específico,
nacido de una derrota militar, de una sociedad brutalizada por la Gran Guerra,
de una humillación nacional explotada políticamente, de una inflación
devastadora, de violencia paramilitar, de antisemitismo, de resentimiento
social y de errores institucionales que abrieron la puerta a quienes querían
destruir la democracia desde dentro.
Pero
tampoco sería inteligente archivar Weimar como si perteneciera a un museo
cerrado. Precisamente porque no vivimos otra Weimar, podemos aprender de ella
sin caer en la analogía fácil.
Por
eso muchos corrimos a refrescar el libro de Volker Ullrich sobre el fracaso de
aquella primera democracia alemana, porque tiene una virtud esencial: combate
la comodidad retrospectiva.
Weimar no cayó porque estuviera
condenada desde 1919. Cayó porque demasiados actores políticos, económicos,
judiciales, militares y culturales fueron incapaces de sostener la democracia
cuando hacerlo empezó a tener costes.
Ese es el elefante en la
habitación. No que estemos repitiendo los años treinta, sino que seguimos
creyendo que las democracias mueren de golpe, entre uniformes, proclamas y
golpes de Estado… cuando a menudo se vacían antes: por degradación del lenguaje,
desprecio al adversario, descrédito de los mediadores, normalización de la
mentira, uso abusivo de la excepción, fatiga cívica y aceptación gradual de lo
inadmisible.
Weimar fue, en términos
estrictos, la primera democracia parlamentaria alemana. Nació en 1919, tras la
derrota del Imperio en la Primera Guerra Mundial, y recibió su nombre de la
ciudad donde se reunió la Asamblea Nacional que aprobó la nueva Constitución.
Aquella Constitución era avanzada para su tiempo: reconocía derechos, incorporaba
elementos sociales, establecía un régimen parlamentario y aspiraba a integrar
una sociedad fracturada. Pero también contenía vulnerabilidades, entre ellas el
uso de poderes presidenciales de emergencia que acabarían erosionando la vida
parlamentaria.
Su historia
atravesó fases muy distintas. Hubo un primer periodo marcado por la posguerra,
la violencia revolucionaria y contrarrevolucionaria, los intentos de golpe y la
hiperinflación de 1923.
Llegó después una etapa de
relativa estabilización, asociada a Gustav Stresemann, a la mejora económica,
al reconocimiento exterior y a una cierta normalización cultural. Y llegó
finalmente el impacto de la Gran Depresión, que quebró equilibrios frágiles,
radicalizó a millones de ciudadanos y permitió que los enemigos de la República
aparecieran como solución a un sistema presentado como impotente.
La
lección no es que toda crisis económica conduzca al autoritarismo.
La
lección es más incómoda: una democracia necesita algo más que normas correctas.
Necesita
partidos capaces de distinguir entre adversario y enemigo.
Necesita
jueces independientes.
Necesita
élites que no jueguen con el extremismo creyendo que podrán domesticarlo.
Necesita prensa responsable,
sindicatos fuertes, asociaciones vivas, administración competente y ciudadanos
dispuestos a aceptar que la legalidad también obliga cuando no favorece.
Weimar
enseña, además, otra paradoja menos citada y quizá más inquietante: fue
políticamente frágil y culturalmente deslumbrante. Mientras sus instituciones
se debilitaban, Alemania vivió una de las grandes explosiones culturales del
siglo XX.
En apenas catorce años, produjo
arquitectura, literatura, cine, teatro, pintura, música, periodismo,
pensamiento social y vida urbana que todavía definen parte de nuestra idea de
modernidad.
La
Bauhaus, fundada en Weimar en 1919 por Walter Gropius, quiso unir arte,
artesanía, técnica e industria. No era solo una escuela de diseño. Era una
propuesta de mundo. Su ideal funcionalista, racional y antimonumental aspiraba
a transformar la vida cotidiana: la vivienda, el mobiliario, la ciudad, la
escuela, el taller.
Alrededor
de esa sensibilidad, la Nueva Construcción, las colonias de vivienda obrera y
los experimentos urbanísticos buscaron una ciudad más higiénica, luminosa,
eficiente y socialmente abierta.
La
democracia, en ese horizonte, no se limitaba a votar.
También
debía poder habitarse.
Una
casa, un barrio, una fábrica o una escuela podían expresar una sociedad menos
jerárquica y más orientada al futuro. Precisamente por eso la reacción
conservadora vio en aquella arquitectura algo más que una estética. Vio una
amenaza cultural: líneas rectas, vivienda social, funcionalidad, igualdad,
técnica, emancipación.
Para
muchos, todo ello olía a desarraigo y decadencia. La batalla por la forma era
también una batalla por la sociedad.
La literatura captó con
extraordinaria precisión las tensiones de la época. Alfred Döblin convirtió la
gran ciudad en una máquina moral y sonora en Berlin Alexanderplatz. Erich Maria
Remarque desmontó la retórica heroica de la guerra en Sin novedad en el frente.
Joseph Roth retrató la melancolía de los mundos imperiales en descomposición.
Aquella literatura no miraba desde una torre de marfil: miraba oficinas, cafés,
prostíbulos, fábricas, juzgados, pensiones, estaciones y barrios obreros.
Miraba la supervivencia sin épica.
Thomas Mann representa una
evolución especialmente significativa. Había partido de una sensibilidad
conservadora, distante respecto a la política democrática. Pero la violencia
nacionalista, el asesinato de Walther Rathenau y el avance de las fuerzas
antirrepublicanas lo empujaron hacia una defensa cada vez más clara de la
República. Su discurso De la República alemana, pronunciado en 1922, fue algo
más que una toma de posición coyuntural: fue el reconocimiento de que la
cultura alemana no podía sobrevivir encerrada en la nostalgia imperial ni en el
romanticismo reaccionario.
Stefan
Zweig ofrece otra mirada, más melancólica y europea.
En
El mundo de ayer no escribe tanto una crónica política de Weimar como una
elegía por la civilización liberal que creyó segura y descubrió mortal.
Su
testimonio habla de pasaportes, fronteras, inflación moral y material, exilio,
pérdida de confianza y derrumbe de una cultura cosmopolita que había unido Viena,
Berlín, París o Londres.
Zweig vio cómo el humanismo
burgués europeo era incapaz de contener las nuevas fuerzas de la masa, el
resentimiento nacionalista y la brutalidad ideológica.
Bertolt
Brecht añade una tonalidad distinta: fría, satírica, despiadada. En La ópera de
los tres centavos, escrita con Kurt Weill, delincuencia, dinero, respetabilidad
y poder aparecen mezclados hasta hacerse casi indistinguibles.
Brecht
no ofrece consuelo. Obliga al espectador a tomar distancia, a desconfiar de las
emociones fáciles y a preguntarse qué estructuras convierten la injusticia en
normalidad.
Su teatro fue profundamente
weimariano: urbano, moderno, ácido y consciente de que una democracia puede
pudrirse no solo por la violencia de sus enemigos, sino también por la
hipocresía de sus costumbres.
El
cine fue quizá el arte que mejor captó el inconsciente político de la época.
El gabinete del doctor Caligari,
Nosferatu, Metrópolis o M llenaron la pantalla de sombras, autoridad hipnótica,
multitudes, crimen, técnica, deseo y paranoia. No eran propaganda antes de la
propaganda, sino termómetros de angustias colectivas. Mostraban una sociedad
fascinada por el futuro y, al mismo tiempo, temerosa de perder el alma en él.
También
el cabaret berlinés fue más que un tópico de decadencia.
Fue
sátira política, humor negro, erotismo, travestismo, canciones mordaces y
libertad escénica.
Para
unos representaba emancipación; para otros, desorden moral.
Algo parecido ocurrió con la
Nueva Objetividad de Otto Dix, George Grosz, Max Beckmann o Christian Schad:
veteranos mutilados, burgueses grotescos, prostitutas, funcionarios,
especuladores, cuerpos rotos y rostros endurecidos. Aquella pintura no quería
embellecer la vida moderna. Quería mostrarla sin anestesia.
La
cultura de Weimar vio muchas cosas que la política no quiso mirar: la
humillación de los excombatientes, el resentimiento de los desclasados, la
corrupción, la violencia latente, el mercado sexual, el vacío espiritual y la
fragilidad del individuo urbano.
Pero
esa lucidez no salvó a la República.
Una sociedad puede tener grandes
escritores, teatros audaces, universidades prestigiosas, prensa vibrante,
música nueva, arquitectura de vanguardia y una vida intelectual intensa… y aun
así fracasar políticamente.
Esta es una de las advertencias
más incómodas de Weimar: la altura cultural no garantiza la salud democrática.
Solo hace más dolorosa su pérdida.
Por
eso los nazis no combatieron únicamente a partidos rivales.
Combatieron
una cultura.
Denunciaron
el “arte degenerado”, atacaron la
Bauhaus, quemaron libros, expulsaron a intelectuales, persiguieron a
escritores, domesticaron el cine y sustituyeron la pluralidad cultural por
estética de Estado.
Entendieron que destruir una
democracia exige también destruir los espacios donde conviven crítica, ironía,
disenso, belleza, experimentación y libertad.
La
pregunta, por tanto, no es si vivimos otra Weimar.
No
la vivimos.
La
pregunta es si hemos aprendido algo de ella.
Y la respuesta, a la vista de
cómo Occidente ha afrontado las grandes crisis de nuestro tiempo, no resulta
tranquilizadora.
Ucrania
ha mostrado la mejor versión y también los límites del Occidente democrático.
La invasión rusa obligó a Europa a recordar que la guerra convencional no
pertenecía al pasado, que las fronteras no se defienden solo con comunicados,
que la soberanía no es un adorno jurídico y que la libertad política puede
depender de munición, energía, industria y voluntad estratégica.
La
respuesta occidental tuvo rasgos admirables: apoyo militar, sanciones, acogida
de refugiados y defensa de la soberanía ucraniana.
Pero también reveló una
democracia fatigada, fragmentada y vulnerable al cálculo electoral, al chantaje
energético y al cansancio moral.
Gaza
ha abierto una herida distinta, quizá más profunda en términos morales. Tras
los ataques terroristas de Hamás del 7 de octubre, Israel tenía derecho a
defenderse y a reclamar la liberación de los rehenes.
Pero
la devastación de Gaza, el sufrimiento civil y la incapacidad europea para
sostener una posición coherente han dañado la credibilidad occidental.
En
Ucrania, Occidente invocó con razón la soberanía, el derecho internacional y la
protección de civiles.
En Gaza, con frecuencia pareció
atrapado entre alianzas estratégicas, memoria histórica, polarización interna y
una evidente doble vara de medir.
No
se trata de establecer falsas simetrías. Rusia es el agresor en Ucrania. Hamás
es una organización terrorista. Israel tiene derecho a existir y a proteger a
sus ciudadanos. Los palestinos tienen derecho a una vida digna y a un horizonte
político real.
Precisamente
porque todas esas afirmaciones pueden ser ciertas a la vez, la dificultad para
sostenerlas conjuntamente revela una crisis de juicio.
Y sin juicio, la democracia
liberal pierde una de sus principales fuentes de autoridad: aplicar principios
incluso cuando incomodan a los aliados.
La
crisis entre Israel e Irán añade otra dimensión al deterioro del orden
internacional.
Durante
años, ambos países se enfrentaron mediante guerras indirectas, milicias, sabotajes,
ciberataques y presión diplomática.
Pero
los ataques directos de 2024 y la guerra de doce días de junio de 2025
mostraron hasta qué punto Oriente Próximo podía acercarse a una guerra regional
de consecuencias imprevisibles.
Irán no es un actor más: es una
potencia revisionista, una teocracia autoritaria, un patrocinador de redes
armadas hostiles a Israel y un desafío para el régimen de no proliferación
nuclear.
Precisamente
por eso, la respuesta occidental no puede permitirse la improvisación.
Defender
la seguridad de Israel no equivale a conceder carta blanca. Contener a Irán no
debería implicar abandonar el derecho internacional cuando resulta incómodo.
Evitar una guerra regional tampoco puede significar ignorar la represión
interna iraní o sus ambiciones nucleares.
La ecuación es difícil: seguridad
de los aliados, prevención nuclear, estabilidad energética, protección de
civiles, derecho internacional y contención de la escalada. Pero las
democracias liberales se desacreditan cuando convierten esa complejidad en
excusa para la incoherencia.
Paréntesis:
Irak fue la grieta anterior, una herida aún abierta.
La
invasión de 2003 dividió a Europa, debilitó la autoridad moral de Estados
Unidos y erosionó la confianza en el orden basado en reglas.
Se invocaron
armas de destrucción masiva inexistentes y se prometió una democratización que
desembocó en ocupación, violencia sectaria y desorden regional.
Irak no explica todo lo que vino
después, pero marcó un punto de inflexión: desde entonces, cada apelación
occidental al derecho internacional arrastra la sospecha de la selectividad.
Ahí
está, a mi parecer, la conexión profunda con Weimar. No en la repetición de
escenarios, sino en la pérdida de autoridad de las instituciones cuando quienes
deberían defenderlas las usan instrumentalmente.
Weimar enseña que la democracia
no vive solo de normas escritas. Vive de hábitos, límites, autocontención,
confianza, intermediarios, prensa responsable, jueces independientes y partidos
capaces de distinguir entre adversario y enemigo.
Occidente
ha defendido durante décadas un orden internacional basado en reglas.
En
Irak lo quebró.
En
Ucrania, aunque con tibiezas, lo reivindicó.
En
Gaza lo aplicó (lo aplica) con notables vacilaciones.
Ante
Irán vuelve a enfrentarse al reto de demostrar que sus principios no dependen
de quién sea aliado o adversario.
Esa
inconsistencia no pasa inadvertida.
La perciben las sociedades del
llamado Sur Global y también los propios ciudadanos occidentales, cada vez más
desconfiados de sus élites e instituciones. Cuando la democracia liberal pierde
coherencia exterior, también se debilita por dentro.
Por
eso importa el debate suscitado por Aitor Esteban. Porque nos obliga a
preguntarnos si el centro democrático puede seguir siendo algo más que una
posición aritmética. El centro, si quiere tener sentido, no puede reducirse a
la equidistancia ni a la gestión del deterioro.
Debe ser una forma exigente de
responsabilidad: defensa del pluralismo frente a la tribalización, del derecho
frente a la excepcionalidad, de la verdad frente a la propaganda, del acuerdo
frente al bloqueo, de la soberanía democrática frente a la dependencia
estratégica y de la dignidad humana frente a la selección interesada de
víctimas.
Weimar
fracasó también porque muchos confundieron la moderación con falta de carácter.
Hoy
ocurre a menudo lo contrario: se confunde el carácter con la estridencia.
Gobernar
democráticamente no es gritar más fuerte ni reducir el mundo a consignas. Es
asumir la complejidad sin convertirla en excusa para la parálisis.
Es
defender Ucrania sin olvidar Gaza.
Es
condenar el terrorismo sin deshumanizar a un pueblo. Es reconocer los errores
de Irak sin caer en un cinismo que absuelva a los autoritarismos. Es afrontar
la crisis con Irán sin abandonar los principios proclamados en otros
escenarios.
España
aparece aquí apenas como una nota al pie, aunque relevante. También aquí se
perciben síntomas de esa enfermedad occidental: polarización, descrédito del
adversario, sentimentalización de la política y dificultad para pactar.
Pero
sería provinciano reducir el problema al ámbito doméstico. La crisis es más
amplia. Atraviesa Washington, Bruselas, París, Berlín, Londres y Roma.
El problema no es solo quién
gobierna, sino si nuestras sociedades conservan las virtudes necesarias para
ser gobernadas democráticamente.
¿Qué
aprendimos de Weimar?
Que
las democracias no son eternas.
Que
sus enemigos pueden usar sus libertades para destruirlas.
Que
los radicales no siempre se moderan al llegar al poder.
Que
las élites pueden equivocarse de forma catastrófica cuando anteponen la táctica
a la responsabilidad.
Que
la legalidad sin cultura institucional es frágil.
Que
el cansancio, el resentimiento y el miedo son materiales inflamables.
Que la deshumanización erosiona
primero el lenguaje y después las instituciones.
Pero quizá la lección principal
sea otra: la democracia liberal no se defiende sola. Necesita convicción y
ejemplaridad. Necesita fuerza y límites. Necesita alianzas y coherencia.
Necesita memoria histórica no como museo de horrores, sino como disciplina
moral para el presente.
El elefante en la habitación no
es Weimar como fantasma. Es nuestra dificultad para reconocer que el orden liberal
occidental atraviesa una crisis de credibilidad, cohesión y voluntad.
No habremos aprendido nada de
Weimar si la usamos solo para señalar al adversario. Empezaremos a aprender
cuando nos obligue a examinarnos a nosotros mismos. Y quizá ese sea el homenaje
más serio que puede hacerse a quienes, como Aitor Esteban, han tenido el
acierto de recordar que la democracia liberal no está garantizada: convertir la
advertencia en responsabilidad y la responsabilidad en conducta.
Joan Capdevila i Esteve
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