El calor excesivo perjudica seriamente la salud, ¿pero cómo?
A solo un día de que termine
junio de 2025, dice la AEMET que es muy probable que se trate del más cálido de
la serie histórica en España. Revisando datos de los últimos 50 años, han
llegado a la conclusión de que las olas de calor se han adelantado y extendido
en el tiempo para convertirse en algo no tan poco común en este mes.
Antes de apretar el botón del
ventilador, poner en marcha el aire acondicionado o darnos aire con un abanico
para poder refrescarnos, nuestro cuerpo ya se ha puesto en marcha para evitar
los peligros del calor extremo.
La
capacidad que tiene nuestro organismo para mantener constantes los niveles de
distintos parámetros se denomina homeostasis y dentro de ella, la
termorregulación (nuestra temperatura corporal normal oscila entre 36,5-37 ⁰C)
es la que se ve más comprometida ante episodios de calor extremo, superior a 40
⁰C.
Así, nuestro cuerpo se ve
obligado a trabajar más para evitar un incremento de calor que comprometa las
funciones vitales.
¿Qué ocurre en nuestro cuerpo?
Ante el estrés causado por
excesivo calor, el cuerpo humano debe enfriarse. Lo intenta mediante dos
mecanismos:
Primero, redistribuye el flujo de
sangre para incrementarlo en la piel mediante una vasodilatación que mejora la
transferencia de calor de los músculos a la piel y de la piel, al exterior.
A continuación, suda, porque el
sudor al evaporarse elimina el calor interno.
Estas
respuestas fisiológicas son necesarias para limitar el incremento de la
temperatura interior, pero pueden afectar a las personas de manera diferente
según la edad.
Para colmo, se agravan en caso de
padecer otras enfermedades o de tomar determinados medicamentos, con los
consiguientes efectos negativos en el cuerpo.
¡Ay, corazón!
La redistribución y el aumento
del flujo sanguíneo a la piel, debido a la vasodilatación, aumentan la demanda
cardíaca y disminuyen la presión de llenado del corazón.
Esto implica que nuestro corazón
debe bombear más fuerte y más rápido, y para ello se requiere más oxígeno en el
tejido coronario. En las personas con afecciones cardíacas preexistentes, esta
demanda extra podría conducir a isquemia cardíaca (disminución de aporte
sanguíneo), infarto y, en última instancia, colapso cardiovascular.
Mediante
diversos estudios, se ha demostrado que las enfermedades cardiovasculares son
la principal causa de muerte durante las olas de calor.
Y, dado que se estima que casi
500 millones de personas las padecen en todo el mundo, cualquier área
densamente poblada afectada por un calor extremo correrá el riesgo de sufrir un
aumento de mortalidad por la combinación de ambos factores.
Debemos beber cuando sudamos
La
evaporación del sudor lleva a un enfriamiento de nuestro cuerpo.
Pero también implica que, al
perder agua, el volumen de la sangre se reduce, comprometiendo la tensión
cardiovascular. Además, existe riesgo de que se produzca una lesión en los
riñones e, incluso, insuficiencia renal aguda.
Por eso es tan necesario reponer
el déficit de agua en nuestro cuerpo y evitar los efectos de la deshidratación.
El golpe de calor
Si nuestra capacidad de
termorregulación falla, el sobrecalentamiento puede resultar en un golpe de
calor que tendría consecuencias a largo plazo por daño en el sistema nervioso
central. Incluso podría llegar a ser mortal si no se trata a tiempo.
Los primeros síntomas de mareo,
desorientación y convulsiones indican una disfunción que ha sido atribuida a
una posible combinación de edema cerebral, isquemia cerebral y trastornos
metabólicos.
Si, después de la redistribución
de la sangre, se mantiene la falta de irrigación sanguínea o isquemia, se puede
producir daño en células, tejidos u órganos. En concreto, son el cerebro, el
corazón, los riñones, los intestinos, el hígado y los pulmones los que corren
mayor riesgo.
Al daño pulmonar derivado del
calor se le une más estrés pulmonar debido a la hiperventilación, directamente
relacionada con el aumento de temperatura. Si añadimos un aumento de la
contaminación del aire durante las olas de calor, nos encontramos con la
segunda mayor causa de mortalidad y morbilidad durante estos episodios.
¿Y nuestro sistema de defensa
qué?
Resulta que el calor también
afecta al funcionamiento del sistema inmunitario. Hay que tener en cuenta que
el sistema inmunitario innato se activa ante señales de daño a los tejidos, es
decir, ante las posibles consecuencias de una infección por un patógeno del que
no guardamos memoria.
Además, nuestro sistema
inmunitario prioriza, y su respuesta ante una amenaza (algo que percibe tan
peligroso que puede acabar con nuestra vida en poco tiempo), le obliga a
olvidar cualquier otra amenaza que considera no prioritaria, como un catarro,
una gripe o incluso el cáncer. Todas estas respuestas se paran mientras se
lucha contra el peligro inminente.
Muchos de los estudios que
analizan cómo reacciona el sistema inmunitario ante el calor extremo provienen
de experimentación animal –¡cualquiera busca voluntarios humanos para
someterlos a calor extremo prolongado!–. Pero se pueden extrapolar al ser
humano.
La fiebre nos defiende aumentando
la temperatura corporal
El primer concepto que viene a
nuestras cabezas al hablar de calor e inmunidad es la fiebre.
La fiebre es un aumento de la
temperatura corporal, pero no como consecuencia del enfrentamiento de nuestro
sistema inmunitario contra un patógeno, sino como herramienta en esa lucha.
Es
decir, el aumento de temperatura del cuerpo se produce por un cambio del punto
de temperatura interno que se considera óptimo. Está provocado por las células
inmunes, que secretan sustancias como interleucinas, interferón y factor de
necrosis de tumores.
En estas condiciones, el sistema
inmunitario adquiere una funcionalidad óptima para combatir a un patógeno que
potencialmente amenaza con matarnos.
Como hemos visto antes, la fiebre
es muy diferente del golpe de calor, donde la temperatura corporal aumenta
debido a factores externos, pero la temperatura interna marcada como óptima no
varía.
Las moléculas señalizadoras:
literalmente, otro dolor de tripa
Ante
un aumento de temperatura externa, se liberan a la sangre unas proteínas, que
compartimos con las levaduras y las moscas, llamadas “proteínas del golpe de calor” (Heat Shock Proteins o HSPs por sus
siglas en inglés).
Su función es proteger a otras
proteínas más sensibles de posibles cambios de conformación por aumento de
temperatura que pudieran afectar su funcionalidad. Pero, además, tienen
actividad proinflamatoria: actúan como sirenas que avisan al sistema
inmunitario de un peligro.
Hemos visto que, como mecanismo
para disminuir la temperatura corporal, la sangre se desplaza a los capilares
externos para reducir la temperatura, y no llega suficiente al resto del
cuerpo.
En los órganos abdominales se
producen cambios en la mucosa intestinal y, como consecuencia, aumenta su
porosidad, se liberan restos de bacterias a la sangre y estos activan a los
receptores TLR (Toll Like Receptors, en inglés) en las células inmunes.
A estas alturas, nuestro cuerpo
actúa del mismo modo que si tuviéramos una infección aguda: ya todo se centra
en combatir al supuesto patógeno (inexistente). Se inhibe la regeneración del
tejido intestinal y lo que estaba mal va a peor: los linfocitos responden y
proliferan como si tuviéramos infección bacteriana en la sangre (sepsis).
Dame calor, pero no tanto
Ante este panorama, más nos vale
evitar el calor extremo poniendo las medidas que estén en nuestras manos. Pero
no solo el mando del aire acondicionado, el botón del ventilador y el abanico:
es fundamental evitar la exposición prolongada a altas temperaturas.
Debemos evitar trabajo y
ejercicio al aire libre en las horas más calurosas y parar el aumento de
temperatura global que nos acosa provocando estos episodios, cada vez más
frecuentes, que ponen en riesgo nuestra salud.
María
Mercedes Jiménez Sarmiento
Matilde
Cañelles López
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