Cómo el entorno cambia el canto de los pájaros
Prácticamente todos los animales usan la comunicación acústica a diario. Piense en cualquier sonido emitido por un animal: el ladrido de un perro, el relinche de un caballo o el canto de un pájaro.
Estas vocalizaciones, tan
dispares y variadas como especies hay en nuestro planeta, intervienen en
multitud de contextos sociales. Algunos ejemplos son la intimidación de rivales
para defender un territorio o disuadir depredadores, pero también funcionan
como señales atractivas para buscar parejas o, simplemente, para mantener el
contacto con sus compañeros en una sesión de caza.
Una comunicación efectiva
depende, por pura definición, de la señal acústica producida por el emisor y de
su estado cuando alcanza al receptor. Entre ambos, se encuentra el ambiente
físico a través del cual los sonidos se propagan: puede ser el aire en el caso
de animales terrestres o el agua en los animales acuáticos.
No es lo mismo cantar en el
bosque que en la llanura
Bajo
las premisas de la teoría de la evolución, la pregunta parece obvia: ¿favorece
la selección natural aquellas señales acústicas que se transmiten de la forma
más eficiente posible en un ambiente determinado?
O,
en otras palabras, ¿el hábitat moldea las características físicas de las
vocalizaciones? Esto precisamente es lo que sostiene la hipótesis de la
adaptación acústica, propuesta en la década de 1970 por los biólogos Eugene
Morton, Haven Wiley y Douglas Richards.
El ambiente, por tanto, también
debería moldear la diversificación de las vocalizaciones y la sensibilidad de
los sistemas sensoriales receptores.
Cuando
el sonido se propaga, este se distorsiona paulatinamente a causa de la
atenuación, reflexión, dispersión y absorción que sufre por parte de los
propios elementos del hábitat, como arbustos, árboles o roquedos. La hipótesis
de la adaptación acústica predice que, en lugares cerrados como un bosque
frondoso, las vocalizaciones favorecidas por la selección natural deberían ser
largas y graves –de baja frecuencia–, ya que los sonidos agudos sufren mayor
difracción y se distorsionan.
En cambio, en hábitats abiertos
como una pradera o una sábana, esta penalización sobre las frecuencias agudas
se reduce, por lo que deberían abundar vocalizaciones de alta frecuencia.
La diferencia entre frecuencias
altas y bajas se basa en cuántas vibraciones o ciclos ocurren por segundo
(medidos en hercios, Hz). Las bajas (menos de 250 Hz) –sonidos graves– tienen
ondas largas que viajan largas distancias y atraviesan los cuerpos sólidos sin
dificultad. Las frecuencias altas (más de 2 000 Hz) –sonidos agudos– son
direccionales, con ondas cortas que se reflejan y absorben fácilmente.
Los gorriones desmontan la
hipótesis
Un reciente estudio publicado en
la revista Bioacoustics ha puesto a prueba estas predicciones en un hábitat
abierto, usando el canto del chingolo de Bachman (Peucaea aestivalis), un
pequeño gorrión propio de pinares ricos en sotobosque del este norteamericano.
Durante la primavera, los machos
de chingolo de Bachman exhiben dos tipos de canto para atraer a las hembras,
uno común y otro raro, presente solo en un 5-23 % de los machos. Los
investigadores replicaron ambos cantos en altavoces y midieron su distorsión a
diferentes distancias, desde 1,5 m hasta 80 m, la distancia máxima de un
territorio de chingolo. También lo hicieron a dos alturas, una al nivel del
sotobosque y otra al de los troncos de los árboles.
Según la hipótesis de la
adaptación acústica, el canto común –más frecuente y, por tanto, favorecido por
la selección natural– debería poseer unas características físicas que
facilitaran una propagación más eficiente que la del canto raro.
Los resultados revelaron que
ambas vocalizaciones exhiben propiedades físicas ligeramente distintas: el
canto común del chingolo tiene una menor propensión a degradarse que el canto
raro. Esto, a priori, apoyaría la hipótesis de la adaptación acústica. Sin
embargo, el resultado clave fue que la vocalización menos frecuente no se
propagó con menos eficiencia que la común; al contrario, ambas se
distorsionaron a lo largo del recorrido (de los 1,5 m a los 80 m) de la misma
manera. Y lo mismo ocurrió a las dos alturas examinadas.
En conclusión, los resultados no
apoyaron la hipótesis de la adaptación acústica, ya que los dos cantos del chingolo
se propagaron, en términos relativos, de forma similar en su hábitat.
Cuestión de parentesco evolutivo
más que de hábitat
¿Y qué ocurre con el resto de
pájaros? ¿Se cumple la hipótesis? Pues la evidencia a favor es escasa: son más
los estudios que no la demuestran que los que sí. Un primer metaanálisis
publicado hace casi 20 años encontró que la frecuencia del canto de los pájaros
tiende a ser más baja en los hábitats cerrados, en línea con la hipótesis, pero
la magnitud del efecto fue muy pequeña.
Es
decir, el hábitat, aunque relativamente importante, no parecía ser el principal
motor evolutivo del canto de los pájaros y su diversificación. Esto se ha visto
posteriormente reforzado por otras dos investigaciones recientes.
La primera, publicada en 2021,
analizó las vocalizaciones de más de 5 000 especies de aves cantoras
paseriformes y encontró que los patrones geográficos no se deben a las
características del hábitat, sino a la ascendencia común entre especies, es
decir, al mayor o menor parentesco evolutivo entre ellas. Además, el propio
tamaño corporal es el que constriñe la frecuencia del canto: aves más grandes
emiten vocalizaciones de menor frecuencia, sencillamente porque tienen aparatos
fonadores más grandes.
Un segundo estudio, publicado el año
pasado, tampoco encontró que el hábitat tenga un papel trascendental en la
evolución de las vocalizaciones en vertebrados en general. En aves, sin
embargo, sí se observó un efecto débil del hábitat sobre el ancho de banda de
la frecuencia, en la dirección predicha por la hipótesis. Pero ese efecto
estuvo explicado, de nuevo, por el parentesco evolutivo cuando se analizó la
variación entre especies de aves.
El contexto físico no es el único
factor que influye
Uno podría imaginarse cómo las
aves ajustan finamente su canto para que se propague a la mayor distancia
posible sin distorsionarse, atravesando árboles, arbustos y cualquier elemento
que se interponga en su camino. Sin embargo, la realidad es que, como ya intuyó
Darwin, el entorno no solo es el hábitat físico donde vive un organismo.
También hay que tener en cuenta cómo afecta la presencia de depredadores,
competidores y potenciales parejas, que tienen mucho que decir en la evolución
del canto.
Por otra parte, no podemos
olvidar lo más importante: cualquier rasgo se expresa y selecciona dentro de
las restricciones físicas del organismo. Así, un canto de baja frecuencia será
posible solo en especies con aparatos fonadores grandes y resonantes, algo de
lo que carecen la gran mayoría de aves cantoras alrededor del mundo, por su
pequeño tamaño corporal.
Por tanto, que el entorno, el
hábitat, tiene un impacto evolutivo sobre el canto de las aves es seguramente
innegable, pero quizás su peso se ve difuminado, en la mayoría de los casos,
por otros factores más importantes.
Jorge
Garrido Bautista
Javier Sierro Martínez
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