Terroristas y desesperados
Respecto a Cuba, Estados Unidos no ha encontrado dentro del aparato gubernamental a nadie que pueda tratar de «socio y amigo», ni tampoco se plantea la incursión militar, algo a lo que varias zonas del Estado norteamericano siempre han sido reacias.
El enfrentamiento entre los guardacostas cubanos y una
lancha terrorista con matrícula de Florida, Estados Unidos, fue la noticia
sobre Cuba que acaparó los medios internacionales la semana pasada. Claro que
los medios hegemónicos —que llevan toda la vida, pero principalmente desde
enero, «ablandando» a la opinión
pública sobre la inefable «maldad»
del gobierno cubano y la necesidad de que Trump lo destruya de una vez— no lo
contaron de esta manera.
Ellos llenaron el espacio
mediático con titulares sobre el asesinato por Cuba de cuatro civiles; civiles
que —y eso no lo decían, claro está— pretendían ingresar a la isla armados
hasta los dientes, y que abrieron fuego contra los guardacostas cuando se les
pidió detenerse. En cualquier caso, los medios y el Ministerio del Interior
cubanos han sido muy veloces en informar punto a punto las circunstancias del
suceso.
No nos ocupa aquí volver sobre
el esclarecimiento del asunto: quien tenga oídos para oír, que oiga. Lo que nos
interesa es comentar las implicaciones posibles, los significados de esta
intentona.
Marco Rubio se encontraba en la cuadragésimo octava Cumbre
de Jefes de Gobierno del CARICOM en San Cristóbal y Nieves, cuando ocurrió el
suceso de la lancha terrorista. Cuando en una conferencia de prensa le
preguntan al respecto se le puede ver visiblemente perplejo, y contrariado: «Es sumamente inusual ver tiroteos en alta
mar como este. No es algo que ocurra todos los días. Es algo que, francamente,
no ha sucedido con Cuba en mucho tiempo».
Aunque el señor Rubio es uno de
los artífices directos, no solo de la política de hostilidad actual de Estados
Unidos contra Cuba, sino también del ambiente de polarización y fanatismo
político anticubano que se vive en el sur de la Florida, hay buenas razones
para suponer que, de veras, esta vez, no tuviera conocimiento de esta maniobra.
Quizá para su propio disgusto, si se mira con detenimiento,
el discurso del propio Rubio ha tenido un corrimiento durante los últimos dos
meses. De la histórica retórica miamera sobre la destrucción del sistema
político cubano a toda costa, ya se le ha escuchado al secretario de Estado
emitir declaraciones sobre Cuba tales como que «el problema fundamental de Cuba es que no tiene economía» o que
Cuba «no tiene que cambiar de golpe (…)
no tiene que cambiar de un día para otro».
Estas palabras no han caído en
un contexto vacío sino en medio de las muchas especulaciones, que ellos mismos
han echado a rodar, sobre supuestas —y nunca confirmadas— negociaciones con el
gobierno cubano. También en unos días en que la ofensiva del imperialismo
norteamericano sobre países como Venezuela e Irán tienen muy esperanzados a los
sectores más rabiosos de la derecha cubanoamericana, que sueña con ver las
bombas caer de una vez sobre La Habana como ya lo vieron sobre Caracas o sobre
Teherán.
La perspectiva entonces, de que la administración Trump
llegue a algún tipo de acuerdo con La Habana, en el que se respete la
integridad del sistema político del país a cambio de una mayor apertura de la
economía de la isla hacia el sector privado y la inversión extranjera
norteamericana, no puede sino provocar terror al sur de la Florida.
Tal cosa asestaría un duro
golpe al negocio de la política cubano-americana. Ya se ha dicho que no existe,
más allá de la cuestión simbólica y de la guerra cultural política, una
ganancia material significativa para Estados Unidos con destruir Cuba.
Antes bien, el colapso del
país, de su orden, el caos, convertiría a la isla —entonces sí— en una amenaza
«inusual y extraordinaria» para su
seguridad nacional.
Que haya un Estado fuerte y
serio en la isla más grande del Caribe a 90 millas de EE.UU. es una garantía de
seguridad, aunque nunca lo admitan. Ganaría más EE.UU. como país teniendo una
relación «civilizada» con Cuba, algo
que entendió Barack Obama, sin renunciar a su agenda anticomunista. Para Trump
basta con poder vender un buen titular, y para el camaleón Rubio cualquier cosa
que le permita seguir avanzando en el tren MAGA será aceptable.
Sin embargo, esto atenta gravemente contra la política
cubano americana porque, si capitales norteamericanos comienzan a tener
presencia en Cuba, la política hacia ese país dejaría de ser interés exclusivo
y, por tanto, un monopolio de la mafia cubanoamericana. Además, en ese
escenario quizá el gobierno federal estaría muy interesado en librar a sus
contribuyentes de la carga que representan los fondos para el supuesto cambio
de régimen en Cuba, que no han cambiado nada en la isla, pero sí han permitido
amasar jugosas fortunas en Florida.
A la luz de estos datos, la trama de la lancha terrorista
parece ser un intento de presionar a la Casa Blanca por parte de la mafia
anticubana: generan una provocación, el gobierno cubano responde, y Washington
se ve obligado políticamente a aproximarse a los defensores de la línea dura.
No sería la primera vez que lo hacen.
En 1978, se llevó a cabo El Diálogo, un esfuerzo sin
precedentes donde el gobierno cubano se reunió con figuras de la comunidad
cubana en EE. UU. para negociar la liberación de personas procesadas por
contrarrevolución y permitir la reunificación familiar. Como respuesta, grupos
paramilitares de extrema derecha, notablemente Omega 7 —clasificado en su
momento por el FBI como el grupo terrorista más letal dentro de EE. UU.—,
iniciaron una campaña de asesinatos y atentados con bombas para sabotear este
acercamiento. Por ejemplo, Carlos Muñiz Varela, joven activista por la
independencia puertorriqueña que organizaba viajes de cubanos a la isla, fue
asesinado a tiros en San Juan.
También durante el primer
mandato de Bill Clinton, existieron movimientos discretos hacia una
flexibilización de las sanciones y acuerdos migratorios. Sin embargo, el grupo
Hermanos al Rescate, que inicialmente se dedicaba a sobrevolar el Estrecho de
la Florida para buscar balseros, comenzó a violar el espacio aéreo cubano para
lanzar panfletos sobre La Habana.
Tras múltiples advertencias diplomáticas por parte de Cuba
a EE. UU. sobre estas incursiones, en febrero de 1996 la fuerza aérea cubana
derribó dos avionetas. Murieron cuatro de sus tripulantes. Como resultado
directo de la presión del lobby cubanoamericano tras el incidente, Clinton se
vio obligado a firmar la Ley Helms-Burton. Esta Ley arrebató al poder ejecutivo
la capacidad de levantar el bloqueo al codificarlo como ley en el Congreso. Así
se saboteó de manera permanente cualquier intento futuro de la Casa Blanca de
normalizar relaciones por decreto.
La trama de la lancha terrorista parece ser un intento de
presionar a la Casa Blanca por parte de la mafia anticubana: generan una
provocación, el gobierno cubano responde, y Washington se ve obligado políticamente
a aproximarse a los defensores de la línea dura. No sería la primera vez que lo
hacen.
El objetivo de este tipo de
acciones es escalar el conflicto hacia puntos de no retorno, para impedir
cualquier conversación. Todo parece indicar que, respecto a Cuba, Estados
Unidos no ha encontrado dentro del aparato gubernamental a nadie que pueda tratar
de «socio y amigo», ni tampoco se plantea la incursión militar, algo a lo que
varias zonas del Estado norteamericano siempre han sido reacias. Frente a la
bravuconería y la amenaza el país se ha mantenido firme.
Esto —aunque Trump es impredecible— hace que no les vaya
quedando otra alternativa que regresar a la hipótesis Obama: doblegar a un país
mediante el poder —y el encanto— del dinero es más fácil y eficiente que
mediante la hostilidad. Los desafíos para Cuba, y su Revolución, en ese
escenario serían otros, aunque son preferibles, algo que el país entendió hace
tiempo, como demuestra su disposición a la normalización de relaciones en la
década pasada.
A los únicos a quienes les
atormenta esa variante, es la mafia de Miami que lleva medio siglo lucrando con
el sufrimiento de los cubanos. Ahora, bajo la máscara de la euforia puede verse
la mueca de la desesperación.
La intentona de la lancha nos
recuerda que siguen los mismos que hicieron estallar un avión civil en pleno
vuelo y asesinaron a 73 personas, los mismos que colocaron bombas en hoteles
cubanos, los mismos que introdujeron el dengue hemorrágico en la Isla: siguen
siendo unos terroristas.
Y ahora, además, terroristas y desesperados.
Iramis Rosique Cárdenas

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