El derecho a existir


 La tensa entrevista entre el periodista Tucker Carlson y el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, y varias cuestiones fundamentales que sólo parecen poder ser discutidas entre dos voceros de la ultraderecha.

Tucker Carlson: Ha apelado al Génesis. En Génesis 15 se habla de Abraham —antes de llamarse Abraham— recibiendo de Dios la noticia de que sus descendientes heredarán la tierra. Y usted me indicará, como teólogo, si me equivoco, pero dice allí desde el Éufrates hasta el Nilo. Creo que es correcto. Y eso incluiría básicamente todo el Medio Oriente. Sería el Levante: Israel, Jordania, Siria, Líbano. También grandes partes de Arabia Saudí e Irak. Sería un territorio enorme. Y aquí está la cuestión. Serían muchos lugares que ahora son países.

Mike Huckabee: Esta área específica de la que hablamos ahora, Israel, es una tierra que Dios le dio, a través de Abraham, a un pueblo que Él escogió. Era un pueblo, un lugar y un propósito. Podemos verlo así.

Tucker Carlson: Quiero volver al sionismo cristiano, porque con eso empezamos la conversación. No permitiré que usted escape de esta cuestión porque lo ha afirmado tres veces: que Dios le dio esta tierra a este pueblo. Así que es completamente lógico que yo pregunte a qué tierra se está refiriendo. Porque acabo de leer Génesis 15 y dice allí que esa tierra se extiende desde el Nilo hasta el Éufrates, lo cual es básicamente todo Medio Oriente. Entonces, ¿Dios le dio esa tierra a su pueblo, los judíos, o no lo hizo? Usted dice que sí. ¿Qué significa eso? ¿Tiene Israel derecho a esa tierra? Porque está apelando al Génesis. ¿Está diciendo que ese es el título de propiedad original?

Mike Huckabee: Estaría bien si se apropiaran de todo ese territorio.

Tan reveladora conversación, grabada el 18 de febrero de 2026, ha dado la vuelta al mundo y provocado protestas por parte de varios países árabes.

El periodista es Tucker Carlson, estadounidense de ultraderecha, nacionalista, católico, antiabortista y ferviente defensor de Donald Trump, con quien tenía hasta hace muy poco contacto directo. Hace un tiempo trabajaba para la cadena Fox (vocera de esa propagación deliberada de mentiras que promocionan como “verdad alternativa”), pero ahora tiene su propia plataforma.

El entrevistado es Mike Huckabee, compatriota suyo, sionista católico, antiabortista y embajador estadounidense en Israel.

Podría pensarse que entre ellos todo sería armonía, pero no es así. La derecha estadounidense está dividida, y el motivo fundamental de esa división es el apoyo sistemático de Estados Unidos a los planes bélicos de Israel. A fines de 2025 una encuesta promovida por un grupo proisraelí autodenominado “StopAntisemitism” le concedía a Tucker Carlson el título de “antisemita del año”.

Quizás hace una década ser consagrado con semejante galardón habría implicado para el receptor del premio una vergüenza pública, pero hoy en día las aguas están demasiado revueltas. El grupo “StopAntisemitism”, vinculado al lobby israelí AIPAC (Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel), es un abierto defensor del genocidio perpetrado en Gaza y en el listado de postulantes al “antisemita del año” de 2025 aparecían junto a Carlson figuras también críticas de Israel pero ligadas a la izquierda como la presentadora de programas infantiles Rachel Accurso (que había participado en campañas de ayuda a los niños de Gaza) o el periodista Cenk Uygur, mientras que entre los nominados de 2024 había figurado la activista sueca Greta Thunberg.

Eso da una idea tanto de la credibilidad de semejantes acusaciones como del uso falaz que se ha dado últimamente al término “antisemita”, cuya extensión se ha ampliado hasta abarcar a cualquiera que critique a Israel, sea cristiano, ateo, musulmán o, incluso, judío.

Si Tucker Carlson es o no realmente antisemita, dependerá por supuesto de la vara con la que se quiera medir esa palabra. Lo que queda claro, en todo caso, es que, si se le ha concedido semejante honor, es básicamente porque, siendo una voz influyente de la derecha y dados sus lazos directos con Trump, sus críticas a Israel han tenido mayor difusión que las de las voces de izquierda. En su descargo, Carlson ha afirmado: “Es perverso llamar a la gente —y a mí específicamente— nazi y antisemita cuando saben que no lo soy. Odio el castigo colectivo. Odio atacar a las personas basándose en su linaje o su sangre. Odio el antisemitismo, el racismo contra los blancos y todo esto; cualquier tipo de racismo, punto. Y lo he dicho muchas veces. Así me parece fuera de lugar usar ese tipo de lenguaje contra alguien que no es fundamentalmente tu enemigo. En mi caso simplemente quiero que los cristianos en las zonas controladas por Israel sean tratados con dignidad y tengan derechos, y que el gobierno de Estados Unidos no se involucre en una guerra de cambio de régimen con Irán. Esas son mis prioridades y las he dicho en voz alta. No tengo ninguna agenda secreta. Así que atacarme llamándome nazi por decir esas cosas sugiere una total falta de disposición para comprometerse. Por cierto, si lo fuera, simplemente lo admitiría. He dicho muchas veces que el antisemitismo es inmoral. Va en contra de mi religión, igual que odiar a cualquier grupo basándose en su linaje o sangre es inmoral.”

Si dicha entrevista tiene interés, es porque al ser dos personajes de extrema derecha, ambos vinculados al gobierno de Estados Unidos, ninguno de los dos podía levantase de forma intempestiva y marcharse.

La mención al “racismo contra los blancos” (y no contra negros, latinos o musulmanes) o su defensa de los derechos de los cristianos en Israel cuando los más discriminados y perjudicados han sido desde ya los palestinos, deja en claro que Carlson no es progresista bajo ningún prisma, pero eso no quita que, por los motivos ideológicos que sea, lleve la razón en muchos aspectos.

En un programa anterior, el periodista había criticado violentamente a los sionistas cristianos, y el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, integrante de esa fe, se sintió ofendido y le solicitó una entrevista de descargo. Según narraba Carlson en un segmento de vídeo que publicó a modo de prólogo a su charla con el embajador, Huckabee le pidió que el intercambio tuviese lugar en Israel. Dada la animadversión manifiesta del régimen israelí por Carlson, éste solicitó medidas de seguridad, que le fueron denegadas, de modo que contrató seguridad privada. Luego de filmada la entrevista en una sala del aeropuerto Ben Gurion, cerca de Tel Aviv, los miembros de su equipo, que nunca llegaron más allá de dicho aeropuerto, fueron retenidos durante varias horas por agentes israelíes. El propio Carlson fue interrogado pese a que, como él sostenía, todos conocían en detalle el contenido de la entrevista: “En Israel se graba todo. Es un estado policial. Un estado de vigilancia. Obviamente, cuando viajas a Israel, ponen software en tu teléfono.”

Ignoro hasta qué punto Tucker Carlson temía en verdad por su seguridad durante su estadía en Israel, pues su cercanía a Trump lo volvía más o menos intocable y él debía de ser bien consciente de ello, pero es cierto que semejantes argumentos le valieron de poco a Charlie Kirk. En cualquier caso, la entrevista resultó en momentos de gran tensión que resultan evidentes al ver sus más de dos horas de duración. Si dicha entrevista tiene interés, es porque al ser dos personajes de extrema derecha, ambos vinculados al gobierno de Estados Unidos, ninguno de los dos podía levantase de forma intempestiva y marcharse.

De haber sido un diálogo con un periodista de izquierdas, probablemente Huckabee no habría durado en su silla más de cinco minutos. Es más, en tales circunstancias con absoluta certeza la entrevista jamás se habría producido. Pero siendo dos católicos practicantes, antiabortistas, trumpistas, había entre ellos un código de honor, y entonces Carlson se permitió exponer sin tapujos cuestiones delicadas que, no sólo rara vez se airean, sino que el mero hecho de plantearlas parece un tabú.

Hablando en el mismo idioma de Huckabee, es decir, partiendo de la Biblia, en el segmento citado al principio de este artículo Carlson llevaba al embajador a admitir que le parecía bien si Israel se apoderaba prácticamente de todo Medio Oriente. Capturado con las manos en la masa, Huckabee intentaba entonces atenuar el eventual daño que pudiesen generar sus propias palabras: “Podría decirse que estaría bien si el Estado de Israel tomara todo el territorio, pero ellos no quieren tomarlo todo, no están pidiendo tomarlo todo.”

Carlson volvía entonces a la carga: “Está diciendo que la razón por la que Israel es legítimo y tiene ese derecho inherente a existir es, en parte, porque Dios se lo dio a su pueblo. Y yo estoy yendo a la misma Biblia que usted cita y veo que eso es una extensión de tierra mucho mayor que el Estado actual. Así que, si Dios les dio esa tierra, entonces tendrían derecho a tomarla ahora.”

Huckabee reculaba: “Fue más bien una afirmación hiperbólica. Estamos hablando de esta tierra donde ahora vive el Estado de Israel y donde quiere tener paz. No están intentando apoderarse de Jordania, Siria, Irak ni de ningún otro lugar, pero quieren proteger a su pueblo. Simplemente digo que las personas que viven en Israel tienen derecho a seguridad, tienen derecho a estar a salvo. Tienen derecho a vivir en esta tierra con la que tienen una conexión desde hace 3.000 años.”

Por supuesto que esta afirmación de Huckabee es falaz. Apoyado por Estados Unidos, Israel es un Estado imperialista y en tiempos recientes ha bombardeado a varios de sus vecinos y se ha ido apoderando de territorios en Siria, Líbano, Gaza y Cisjordania. En cualquier caso, Carlson veía abrirse otra veta para su argumentación, la conexión histórica de Israel con el territorio donde se encuentra. Le pedía entonces al embajador que definiera “sionista” y Huckabee ofrecía una respuesta standard: “Un sionista simplemente es una persona que cree que el pueblo judío tiene derecho a tener una patria donde tenga seguridad y protección. ¿Crees que los judíos tienen derecho a vivir en Israel? Eso sería ser sionista. Eso es todo lo que es un sionista, creer que Israel tiene derecho a existir.”

Carlson arremetía:

“Carlson: Quiero saber qué significa eso. Por ejemplo, ¿otros países tienen derecho a existir?

Huckabee: Bueno, existen.

Carlson: ¿Tienen derecho a existir? Afirma usted que Israel tiene derecho a existir, y quiero saber si los otros países también.

Huckabee: Tienen un derecho legal porque todos los organismos internacionales en los últimos cien años han dicho que el pueblo judío tiene derecho a su hogar indígena.

Carlson: Pero ese es un derecho legal. ¿Tienen un derecho bíblico?

Huckabee: Yo diría que sí, pero quizá usted diga que no.

Carlson: No lo sé. En realidad, me interesa sinceramente saber a qué se refiere con un derecho bíblico. Pero primero, sobre el derecho legal: ¿algún otro país del planeta tiene el mismo derecho que Israel a existir? ¿Tiene Jordania derecho a existir? Cuando era Transjordania y los británicos llegaron y dividieron Medio Oriente, dieron tierras a los jordanos, a los saudíes y a varios países de la región. Todo fue repartido, y los franceses dieron al Líbano su derecho a existir. ¿Tienen derecho a existir?

Huckabee: Bueno, ¿por qué no?

Carlson: Esa es mi pregunta. ¿Cada país…? ¿Estados Unidos tiene derecho a existir?

Huckabee: Sí. Estados Unidos tiene derecho a existir.

Carlson: Entonces, ¿cada país actual en el mapa tiene el mismo derecho a existir que Israel?”

Huckabee: Creo que lo que estamos diciendo es que cuando un país se ha establecido y sigue el derecho internacional, y numerosos organismos han determinado que es indígena a su patria, entonces ese es su hogar. En el caso de Israel se remonta a 3.800 años atrás, hasta la época de Abraham.

Aquí la argumentación obviamente se complica. Carlson cuestiona entonces si los irlandeses, cuya existencia genética en su territorio está comprobada desde los tiempos de Stonehenge, hace unos 5.000 años, tienen el mismo derecho a su territorio que Israel, y Huckabee duda qué responder. ¿Por qué Carlson habla de los irlandeses y no, por ejemplo, como sería más útil a su discurso, de los aborígenes estadounidenses?

Porque su ideario de ultraderecha apunta contra los modernos inmigrantes que viven en el Reino Unido, del mismo modo que apoya la política migratoria de Trump de expulsiones masivas de inmigrantes en Estados Unidos. En cualquier caso, la estrategia funciona y Huckabee se tambalea. ¿Acaso todos los pueblos, todas las naciones, no tienen el mismo derecho a existir? ¿Quién otorga ese derecho? ¿Sólo Dios? ¿Acaso no son las guerras y las conquistas las responsables de la conformación de la mayoría de las fronteras? Huckabee tartamudea.

En un interesante artículo del periódico “The Times of Israel”, publicado el 27 de diciembre de 2024, Jonathan Kohan explicaba: “El conflicto palestino-israelí se está abordando de manera incorrecta. Esto se debe a que los palestinos no son árabes, sino judíos/israelitas culturalmente arabizados”

Carlson aprovecha ese momento de debilidad para avanzar hacia un asunto todavía más delicado y que, bajo la amenaza de ser calificado de “antisemita” ya nadie parece querer abordar. Asumiendo por un momento el discurso sionista de que Dios le dio al pueblo judío esos inmensos territorios, Carlson inquiere quiénes integran y quiénes no el “pueblo judío”, es decir quiénes serían los depositarios legítimos de ese obsequio:

“Carlson: Mi pregunta es ¿cómo lo sabemos? Porque lo que está diciendo es que ciertas personas tienen un título sobre una región muy disputada. La poseen en algún sentido profundo. Así que creo que es justo preguntar quiénes son y cómo lo sabemos.

Tomemos como ejemplo al actual primer ministro, Benjamín Netanhayu: sus antepasados no provenían de estas tierras. Su familia provenía de Polonia, de Europa del Este. Entonces, ¿cómo sabemos que él tiene una conexión con el pueblo al que Dios le prometió la tierra, con los descendientes de Abraham? ¿Cómo lo sabemos?.

Huckabee: Bueno, si tomamos las genealogías incluidas no solo en el Antiguo Testamento sino también en el Nuevo Testamento, se ve que hay una conexión histórica a lo largo de ambos libros que detalla la conexión judía con esta tierra.

Carlson: ¿Eso incluye a la familia de Netanhayu? ¿Cómo sabemos eso si su familia se dispersó? ¿Cómo sabemos que es el mismo pueblo?.

Huckabee: ¿Por qué sería tan extraño? Si todos hablan el mismo idioma, adoran al mismo Dios, siguen la misma Biblia, las mismas culturas y tradiciones, rezan por la paz de Jerusalén y rezan mirando hacia Jerusalén, ¿eso no da al menos una pista de quiénes son?.

Carlson: Repasemos esas cosas, porque me gustaría tener una conversación racional. Una de las cosas que más admiro de Israel es que resucitaron un idioma muerto en 1948. Bien por ellos. Pero los padres de Netanyahu no hablaban hebreo. No vivían en esta región. Netanyahu y los fundadores de este país eran en su mayoría seculares, algunos eran ateos declarados. No estaban rezando por la paz de Jerusalén.

De hecho, ni siquiera rezaban, porque no creían en Dios. No hay ninguna genealogía que conecte a sus familias con la gente de esta tierra hace 3.000 años. Ninguna. Entonces, si no compartían un idioma, no compartían una religión, de hecho, no practicaban ninguna religión, ¿cómo sabemos que tenían derecho a venir aquí desde Europa del Este?.

Huckabee: Ellos estaban dispersos. Fueron dispersados hacia Europa del Este, por todo el mundo. Había muchos en Etiopía, en Rusia, en Polonia, por toda Asia. Los judíos estaban por todas partes. Pero seguían siendo judíos.

Carlson: De acuerdo, vayamos al punto central de la pregunta, porque nuevamente hay mucho en juego. Hay mucho dinero en juego. La tierra es muy valiosa. Israel tiene muchos recursos. Es una pregunta fundamental. ¿Está hablando de un grupo étnico o de un grupo religioso?.

Huckabee: Bueno, creo que para muchas personas es religioso. Hay gente que puede no tener una conexión religiosa profunda con el judaísmo, pero siguen siendo judíos.

Carlson: Entonces es una categoría étnica.

Huckabee: Sí, es étnica, pero también es religiosa. Está arraigada en la religión; no puede separarse de eso. ¿Cómo puede un ateo definirse como judío? Hay personas que dicen ser cristianas, pero nunca van a la iglesia, nunca rezan, nunca leen la Biblia, no diezman. Pero aun así se consideran cristianas porque se identifican así.

Carlson: Pero no obtienen ninguna ciudadanía por serlo, esa es la diferencia. Usted está diciendo que las personas que tienen la identificación judía cuentan con una escritura de propiedad sobre una enorme porción de tierra en el Mediterráneo. Así que si es un derecho como usted afirma, usted podría venir a mi casa y dicirme: ‘Tengo el título de propiedad de su casa’. Claro que yo podría preguntarle: ‘¿Puedo verlo? ¿De dónde lo ha sacado?” Y eso es exactamente lo que ocurrió aquí.

Vinieron personas de Europa, de Europa del Este, en muchos casos ateos, y expulsaron a mucha gente que vivía aquí. Así que mi pregunta es muy simple. ¿Ese derecho deriva de la afiliación religiosa o de la genética?.

Huckabee: Yo diría que de ambas.

Es evidente que la lógica sólo puede llevar a Huckabee a un callejón sin salida. Porque si se acepta a los judíos sólo como quienes siguen una religión, entonces millones de personas quedan fuera del “judaísmo” por más que porten apellidos judíos.

Como yo mismo, que jamás he tenido educación religiosa, como no la tuvieron mis padres, ni mis abuelos, provenientes todos de Europa del Este. Ahora, si se quiere abrazar la tesis genética, es otro embrollo. Por un lado, porque implica (aunque ahora se lo quiera vender como un beneficio y no como una desventaja) aceptar el concepto racial que habían intentado imponer los nazis. Pero, además, porque se choca con la mismísima ciencia, pues bajo ningún concepto existe una unidad genética entre todas las personas de apellido judío. Ni siquiera entre todas aquellas practicantes.

Y eso conduce a otro punto muerto, dado que del mismo modo en que puede determinarse genéticamente la correlación entre los irlandeses y los habitantes prehistóricos de su tierra, también puede relacionarse sin ningún espacio de duda a los palestinos con los habitantes originales tanto del territorio que hoy ocupa Israel como de las zonas que bombardea, invade y pretende anexionar.

En un interesante artículo del periódico “The Times of Israel”, publicado el 27 de diciembre de 2024, Jonathan Kohan explicaba: “El conflicto palestino-israelí se está abordando de manera incorrecta. Esto se debe a que los palestinos no son árabes, sino judíos/israelitas culturalmente arabizados. No soy la primera persona que sostiene esta postura. Tanto el presidente Yitzhak Ben-Zvi como el primer ministro David Ben-Gurion creían que los palestinos descendían de judíos. Ben-Gurion escribió varios libros y artículos sobre el tema e incluso creó un grupo de trabajo con Moshe Dayan para ‘judaizar’ a los beduinos.

A medida que continuaron la guerra y el conflicto, esta idea finalmente fue abandonada. En aquel momento no había manera real de saberlo. Sin embargo, la genética ha avanzado enormemente y ahora sabemos que Ben-Gurion estaba en gran medida en lo cierto. Los palestinos serían descendientes de los judíos (y más ampliamente de los israelitas) que sobrevivieron a la conquista romana.

Yo llegué a esta historia por accidente. Soy un judío persa y hace unos años decidí hacerme una prueba genética. Para mi sorpresa, el test indicaba que genéticamente soy libanés. Esto me confundió porque pensaba que los libaneses eran árabes. Como soy una persona naturalmente curiosa, empecé a investigar la genética de Oriente Medio. Durante este proceso descubrí que gran parte de Oriente Medio no es árabe, sino pueblos indígenas que fueron arabizados culturalmente.

En realidad, más allá de las comprobaciones genéticas, esto no debería de sorprender a nadie. Mientras que algunos grupos judíos muy religiosos se habrán dispersado por el mundo, lo más probable es que la gran mayoría se haya mezclado con su entorno y adoptado las religiones y costumbres predominantes en las épocas sucesivas. Es la naturaleza humana.

Algo similar a lo que sucedió con los judíos convertidos al cristianismo en España. Y no olvidemos que los apóstoles cristianos originales, y el propio Jesucristo, eran judíos, como judíos debieron de ser en su origen la mayoría de quienes conformaron las primeras sectas cristianas. Es de la lógica más absoluta que aquellos judíos que se dispersaron, habrán ido mezclándose con las poblaciones locales de cada territorio al que llegaban.

Algunos habrán mantenido sus apellidos y sus costumbres, otros no. Dudo que, al igual que sucede con Netanyahu (cuyo apellido familiar verdadero antes de que su padre se mudase a Palestina era Mileikowsky), haya en mi propia sangre ni un solo rasgo genético que me ligue a quienes habitaban Jerusalén hace 3.000 años.

Por mucho que se intenta vestir a los iraníes y a los palestinos en general como fanáticos religiosos irracionales, lo cierto es que muchos de los altos mandos israelíes que han desarrollado el genocidio en Gaza y ahora invaden a otros países, tal como señalaba Carlson

Pero dejemos caer las máscaras. En realidad, todos estos debates sólo pueden derivar en el absurdo y es imposible considerarlos, como pretendía Tucker Carlson (supongo que con ironía), de forma “racional”. Son invenciones, fantasías creadas para acometer ambiciones políticas y territoriales por parte de grupos de poder, mentiras deliberadas útiles para provocar guerras y masacres. Cuando Daniel Barenboim afirmaba que le era imposible distinguir a simple vista a los integrantes judíos de los palestinos en su orquesta West-Eastern Divan (co-fundada con el escritor estadounidense de origen palestino Edward Said), no decía más que la verdad.

Además de poner en evidencia estas falacias sobre las que se sustenten día a día los conflictos más sangrientos, el diálogo entre el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, y el periodista Tucker Carlson, evidencia una división profunda en la extrema derecha estadounidense.

Por un lado, están aquellos que defienden cualquier consigna que promuevan Israel y el lobby israelí. Según voces prominentes como el profesor de ciencia política en la Universidad de Chicago, John J. Mearsheimer, o el economista Jeffrey Sachs, entre muchos otros, la mayor parte del congreso de Estados Unidos está captado por estos intereses, sea como consecuencia de sobornos económicos o de otro tipo, por ejemplo, la amenaza de que sean revelados secretos presentes en los archivos de Epstein.

De hecho, el gobierno estadounidense, con su característica imbecilidad poética, ha denominado a su invasión a Irán “Epic Fury” (Furia épica), pero en varios círculos de la propia derecha se la menciona como “Epstein Fury” (Furia de Epstein).

En el otro extremo están voces como las de Carlson, que incluso compartiendo la ideología básica con los anteriores (la criminalización de los inmigrantes, el aborto, el uso masivo de armas, etc), ven con desagrado la intromisión israelí en el gobierno estadounidense. Carlson lo dejaba en claro en el prólogo a su entrevista con Huckabee: “Estamos tratando con personas que no son razonables, que son inflexibles, que de hecho son fanáticas. Y a eso hay que sumarle, por supuesto, que mis impuestos los están financiando. Realmente he tenido la sensación de que Huckabee hacía todo lo posible por repetir los puntos oficiales de conversación, pero con grandes limitaciones, como si fuese incapaz de decir ciertas cosas. No porque esas cosas pudieran perjudicar los intereses del gobierno de Estados Unidos, pues no tenía ningún inconveniente, por ejemplo, en atacar al ejército estadounidense afirmando que es más brutal que el israelí. Pero no estaba dispuesto a decir otras cosas porque podrían perjudicar al gobierno israelí. Y cuando piensas en esto por un segundo, te cuestionas: Espera, tú eres el embajador de Estados Unidos. Eres nuestro representante ante un país extranjero. ¿Por qué tu línea roja es criticar a ese país? ¿No deberías estar representándonos a nosotros? Y era muy obvio que él estaba representando a los israelíes.”

Por mucho que se intenta vestir a los iraníes y a los palestinos en general como fanáticos religiosos irracionales, lo cierto es que muchos de los altos mandos israelíes que han desarrollado el genocidio en Gaza y ahora invaden a otros países, tal como señalaba Carlson, siguen consignas religiosas no menos fanáticas. El mero hecho de creer en el “derecho bíblico” sobre un territorio (y aunque muchos utilicen este argumento como excusa para su expansionismo y colonialismo, no pocos dan semejante concepto por bueno) echa por tierra cualquier intento de análisis racional.

Y no olvidemos que la base ideológica del apoyo a Israel por parte de los sionistas cristianos más ortodoxos, como el propio Huckabee, es la idea del inminente regreso de Cristo. Estamos volviendo a la Edad Media.

Voces influyentes de la mismísima derecha estadounidense, hasta hace poco acérrimas defensoras de Trump, se han opuesto abiertamente a la guerra contra Irán.

La decisión unilateral de Donald Trump y su gabinete de iniciar una guerra contra Irán sin consultárselo previamente al Congreso de su país ha acabado de abrir la brecha en la derecha de ese país. Por supuesto que a los políticos republicanos les importan mucho más seis soldados estadounidenses muertos en un bombardeo que los más de mil iraníes asesinados en lo que va del conflicto (choca escucharlos hablar con dolor de sus propias bajas militares mientras las muertes de cientos de familias civiles “extranjeras” no les quitan el aliento).

Pero incluso siguiendo su perversa lógica, esos seis soldados muertos (y seguramente ya sean muchos más) hieren su concepto de patriotismo. Sobre todo, porque entienden que esta guerra es innecesaria y contraproducente para los intereses económicos y militares de Estados Unidos (y en esto probablemente no se equivoquen).

Tucker Carlson llegó a decir que los bombardeos contra Irán eran “totalmente repugnantes y malvados”, lo que a su vez motivó la respuesta del propio Trump, quien en su habitual estilo a la vez denigrante e infantiloide escribió en las redes sociales: “Tucker se ha descarriado. Lo sé hace mucho tiempo. Y él no es MAGA. MAGA está salvando a nuestro país. MAGA está haciendo que nuestro país vuelva a ser grande. MAGA es ‘Estados Unidos primero’, y Tucker no es ninguna de esas cosas. Tucker realmente no es lo suficientemente inteligente como para entender eso”.

Voces influyentes de la mismísima derecha estadounidense, hasta hace poco acérrimas defensoras de Trump, se han opuesto abiertamente a la guerra contra Irán. Partiendo de la base de que este conflicto nace (como lo admitió el propio Marco Rubio, aunque luego tuviese que desdecirse) de los planes e intereses de Israel más que de necesidades estadounidenses, no pocos han empezado a cuestionar también (algo hasta hace un tiempo impensable) la actuación israelí en Palestina.

Además de Tucker Carlson, estas figuras incluyen a los congresistas republicanos Rand Paul, Thomas Massie y Marjorie Taylor Greene; al excongresista Matt Gaetz; al antiguo estratega de Trump, Steve Bannon, y a la comentarista Candace Owens. Las últimas encuestas afirmaban que sólo un 20% de la población estadounidense apoyaban una guerra con Irán, y es de esperar que este porcentaje disminuya todavía más cuando empiecen a multiplicarse los cadáveres locales y el peso del conflicto se haga palpable en el bolsillo de los ciudadanos.

Más allá de la loable (pero esperable también) oposición de los grupos progresistas y del temeroso silencio y aprobación cobarde de la mayor parte de los líderes mundiales, quizás sea esta fractura interna en el propio nacionalismo republicano, de derechas, pero al menos con cierto grado de racionalidad dentro de su propio marco ideológico, la que contribuya a acelerar, al menos un poco, el fin de este conflicto. Un conflicto que, en este momento, parece estar comandado y alentado por fanáticos, irresponsables y dementes.

Martín Arias Goldestein

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